Bella Swan, una omega humana con un aroma que vuelve locos a vampiros y lobos, descubre que su destino no es el Edward Cullen que conocemos, sino Alice, una vampira alfa que la ha visto en sus visiones durante décadas. Edward, por su parte, encuentra en Jacob Black (un lobo omega rebelde) una pareja que desafía todas las reglas del universo sobrenatural.
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Capítulo 16: Cacería real
En la reserva Quileute de esto de las cuatro de la tarde Billy Black olfateó el aire desde el porche de su casa y supo que algo iba mal. No era solo el olor a vampiro que llevaba días impregnando el bosque. Era algo más profundo. Como un desplazamiento. Como si el territorio de sus ancestros estuviera siendo violado por unas manos invisibles.
—Seth —llamó, sin girarse—. Ven aquí.
El chico apareció casi al instante. Seth Clearwater tenía dieciséis años, el pelo negro revuelto y una sonrisa que no se borraba ni cuando las cosas se ponían feas. Pero ahora no sonreía.
—Siento la presencia de ella, Billy. La vampira de pelo blanco. Está en nuestro territorio.
—Lo sé. Y también siento a tu hermana.
—¿Leah? ¿Qué hace Leah con ella?
—No con ella. Esta cerca de ella. Hay una diferencia muy grande.
Billy se puso de pie con esfuerzo. Su silla de ruedas de madera crujió. Los años y la diabetes lo habían dejado débil, pero sus ojos seguían siendo los de un alfa. Dos de sus hijos lo habían dejado: Jacob, por su rebeldía; y Rachel, que se había ido a la universidad. Solo le quedaba Rebecca, y ella apenas visitaba.
Pero Seth no era su hijo. Era el hijo de Harry Clearwater. Y Harry había muerto protegiendo la reserva de un vampiro rebelde. Billy sentía que debía cuidar a sus hijos como si fueran propios.
—Seth, ve a buscar a Jacob. Dile que su padre necesita hablar con él urgentemente
—¿Y si el no quiere venir a verla a usted?
—Entonces dile que su madre lo habría querido que el él estuviera aquí.
Seth asintió. Se quitó la camiseta (los lobos siempre se quitaban la ropa antes de transformarse, porque luego no quedaba nada entero) y en menos de un segundo, un lobo gris de ojos ambarinos se adentró en el bosque.
Billy se quedó solo en el porche. El viento trajo el olor a fermonas ese olor de jazmín
—Edward Cullen —murmuró—. ¿Qué le has hecho a mi hijo?
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Mientras tanto en la madriguera de los lobos Jacob y Edward estaban sentados junto a la hoguera cuando Seth irrumpió en forma humana. El lobo gris se transformó en chico en un abrir y cerrar de ojos, y quedó desnudo (los lobos no tienen pudor, pero Edward apartó la mirada).
—Vístete —dijo Edward.
—Los vampiros no tienen derecho a decirme qué hacer —respondió Seth, sin inmutarse. Cogió un pantalón de deporte que había en una roca y se lo puso—. Billy quiere verte, Jacob.
—¿Para qué?
—Para decirte que vuelvas a casa. O para desheredarte. No lo sé. Pero dijo algo de tu madre. Que ella quería que estuvieras allá
Jacob apretó los puños.
—Mi madre está muerta. No puede querer nada.
—Fue una metáfora, idiota.
Seth se acercó a la hoguera y extendió las manos. Su torso estaba lleno de cicatrices recientes, como si hubiera peleado hacía poco.
—¿Quién te hizo eso? —preguntó Edward.
—Un vampiro de la Cofradía de la Luna Roja. Atacó la reserva anoche. Leah y yo lo matamos, pero nos costó.
—¿La Cofradía está en Forks?
—Ya llevan semanas. No sabías?
Edward y Jacob se miraron.
—Selene debe haberlos traído —dijo Edward—. Quiere rodearnos.
—Pues que lo intente —gruñó Jacob, levantándose—. No le tengo miedo a una vampira con un brazo roto.
—Deberías —dijo Seth, con una seriedad impropia de su edad—. Selene ha matado a más de cien lobos. Y a mil vampiros. Es una leyenda.
—Las leyendas se desmienten.
Jacob agarró a Edward de la mano y salió de la madriguera. Seth los siguió, convertido otra vez en lobo.
El bosque olía a peligro.
Mientras tanto en la mansión de los Cullen Bella estaba en la biblioteca con Alice cuando Charlie entró con una escopeta en cada mano.
—No te va a hacer falta eso —dijo Alice.
—Y tú no eres mi madre. —Charlie dejó una escopeta en el sofá y la otra en la mesa—. Selene está a cinco kilómetros. Viene con el híbrido y al menos una docena de vampiros más.
—¿Una docena? —Bella palideció.
—La Cofradía de la Luna Roja. Quieren a los lobos muertos. Y a ti, Bella, te quieren viva.
—No me rendiré.
—No te pedí que te rindieras. Te pedí que te prepararas.
Alice se puso de pie. Sus ojos se volvieron rojos, el color de sangre igual cuando tenía las visiones. —He visto cómo entra Selene por la puerta principal. Si no hacemos algo, moriremos todos.
—¿Qué hay que hacer? —preguntó Charlie.
—Llevar a Bella a un lugar seguro. Ahora.
—¿Dónde?
—En la madriguera de Jacob. Está recubierta de plata. Los vampiros no pueden entrar.
—Pero los lobos sí —dijo Charlie—. Y los lobos de la Cofradía también.
—Entonces tendremos que proteger la entrada.
Alice miró a Bella. Sus ojos rojos se volvieron dorados otra vez.—Vas a ir con Edward. Él te llevará más rápido que yo.
—¿Y tú?
—Yo voy a recibir a Selene.
—No. —Bella se levantó, con el corazón en un puño—. No voy a dejarte sola.
—No estaré sola. Estaré con Emmett, Rosalie y Carlisle. Y con Jacob, si llega a tiempo.
—Y conmigo —dijo Charlie, cargando las escopetas—. Las balas son de plata. A los vampiros no les gusta.
—A los vampiros nos queman —corrigió Alice—. Pero no nos matan. Solo nos retrasan.
—Entonces os retrasaré todo lo que pueda.
Bella quiso protestar, pero Edward apareció en la puerta, con Jacob a su lado.
—Vamos —dijo Edward, extendiéndole la mano—. No hay tiempo que perder.
Bella la cogió. La mano de Edward era tan fría como la de Alice, pero no le transmitía el mismo calor. No le transmitía nada en Enrealidad.
—Cuídala —dijo Alice, y su voz se quebró—. Cuídala como si fuera yo.
—Lo haré —respondió Edward.
Y salieron corriendo.
En el bosque de Forks Edward corría tan rápido que los árboles se volvían manchas borrosas. Bella iba agarrada a su espalda, con los ojos cerrados para no marearse. El viento le silbaba en los oídos.
—¿Cuánto falta? —gritó.
—Cinco minutos.
—¿Y Alice?
—Luchará. Es lo que mejor sabe hacer.
—No, lo que mejor sabe hacer es sobrevivir.
Edward no respondió. Pero apretó el paso.
Cuando llegaron a la madriguera, Jacob ya estaba allí. Había encendido la hoguera y estaba preparando vendas con sangre de lobo.
—Las últimas —dijo, mostrando un bote de cristal—. Con esto tendréis para dos días.
—¿Y tú? —preguntó Bella.
—Yo voy a pelear.
—¿Estás loco? Selene casi te mata la otra vez.
—Por eso mismo. Tengo una cuenta pendiente.
Jacob les sonrió. Era una sonrisa triste, de alguien que sabe que puede no volver.
—Cuida de Edward —le dijo a Bella.
—Tú cuida de Alice.
Se abrazaron. Fue un abrazo breve, casi torpe, pero significó más que mil palabras.Y Bella entendió algo en ese momento.
Ese abrazo…podría ser el último. Luego Jacob se transformó en lobo y salió disparado.
Bella se quedó sola en la madriguera, con la hoguera crepitando y el olor a canela pegada a la piel.
Cuando Jacob se fue, el silencio se volvió insoportable.
Edward no la miró.—Deberías quedarte atrás —dijo él.
Bella frunció el ceño.—¿Por qué?
Edward tardó en responder.—Porque no sé si podré protegerte… y pelear al mismo tiempo.
Eso era lo que realmente le aterraba.
No era perder.Sino no ser suficiente.—Que los dioses nos ayuden —murmuró.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Mientras tanto en la mansión Cullen Selene llegó con el sol poniéndose. Su brazo roto ya estaba curado, aunque aún le dolía. A su lado, Kaelen olfateaba el aire con su nariz de híbrido.
—Huelo a lobos —dijo—. Y a vampiros. Y a ella.
—La omega está cerca. —Selene sonrió—. Esta noche la tendré.
La mansión Cullen estaba a oscuras. Pero las ventanas estaban abiertas, y en el jardín delantero, cinco figuras esperaban.
Alice, con su camiseta negra y sus puños ensangrentados. Emmett, con un hacha de bombero en cada mano. Rosalie, con una espada de plata que brillaba bajo la luz mortecina. Carlisle, con sus manos de cirujano (las más letales de todos). Y Charlie, con sus escopetas cargadas y una expresión de "ya estoy harto de vampiros".
—Son cinco —dijo Selene, riendo—. Y nosotros somos trece.
—Los trece estáis muertos —respondió Alice—. Solo que algunos no lo sabéis todavía.
Selene atacó.
No fue una batalla. Fue una masacre.
Emmett derribó a tres vampiros de un solo hachazo. Rosalie partió en dos a otro con su espada. Carlisle desarmó a dos más con movimientos que parecían bailes. Charlie disparó una y otra vez, las balas de plata quemaban la piel de los vampiros pero no los mataban.
Y Alice… Alice luchaba como una furia. Sus puños golpeaban a Selene una y otra vez, en la cara, en el pecho, en el brazo que ya había roto.
—¡Ríndete! —gritó Alice.
—¡Nunca! —respondió Selene.
Pero entonces llegó Jacob.
El lobo saltó sobre Selene y la derribó. Sus colmillos buscaron el cuello de la vampira, y por un segundo, todos creyeron que la mataría.
Pero Kaelen se interpuso. El híbrido agarró a Jacob por la nuca y lo estrelló contra el suelo. La plata del jardín (Esme había plantado acebo alrededor de las rosas) quemó la piel del lobo.
—¡Jacob! —gritó Edward, que acababa de llegar.
El vampiro rubio se lanzó contra Kaelen. Sus puños golpearon la cara gris del híbrido, pero Kaelen no sangraba. No sentía.
—Soy más fuerte que tú, Cullen —dijo Kaelen, y le devolvió el golpe.
Edward voló por los aires y se estrelló contra un árbol. Oyó cómo sus costillas se rompían otra vez.
—Edward —susurró Jacob, arrastrándose hacia él—. No te muevas.
—Tú no te muevas —respondió Edward, con la boca llena de sangre negra.
Pero Jacob ya se estaba transformando. Su lobo interior rugió, y por un momento, su piel brilló con un color dorado.
—Es un omega puro también—dijo Selene, con los ojos brillando—. Kaelen, tráemelo vivo.
—Con gusto.
Kaelen agarró a Jacob por el cuello y lo levantó en el aire. El lobo pataleaba, pero no podía soltarse.
—Suéltalo —dijo una voz.
Era Seth. El lobo gris mordió el brazo de Kaelen con tal fuerza que el hueso crujió. El híbrido gritó y soltó a Jacob.
—¡Pequeño insecto! —Kaelen golpeó a Seth con el puño sano, y el lobo cayó al suelo, inconsciente.
—¡Seth! —gritó Leah, que acababa de llegar con Rosalie.
La loba se transformó al instante y saltó sobre Kaelen. Sus garras le arrancaron un trozo de mejilla, pero el híbrido no caía.
—¿Por qué no te mueres? —preguntó Leah.
—Porque eres débil—dijo con una burlona..
Kaelen la apartó de un manotazo y corrió hacia la mansión. Selene lo siguió.
—La omega —dijo Selene—. Está ahí dentro.
—No —dijo Alice, interponiéndose—. No está.
—Mientes. Huelo su sangre.
—Hueles la venda de Jacob. Bella está lejos. Muy lejos de ti.
Selene enloqueció. Sus garras de obsidiana atacaron a Alice con una furia ciega. Pero Alice era más rápida. Esquivó, giró, y con un movimiento preciso, cortó.El brazo de Selene cayó al suelo con un ruido sordo.
Esta vez… Selene no gritó.Solo miró su brazo.
Y luego a Alice.Con algo nuevo en sus ojos.
No rabia sino una promesa silenciosa.
—Esto no ha terminado —dijo, agarrando su brazo seccionado.
—Ha terminado por hoy —respondió Alice—. Lárgate.
Selene y Kaelen desaparecieron. Los vampiros de la Cofradía los siguieron, dejando atrás a cinco de los suyos, muertos en el jardín.
El campo de batalla quedó en silencio.
Charlie se dejó caer al suelo, con las escopetas humeantes.
—He matado a dos —dijo, con una mezcla de orgullo y horror.
—Has matado a dos vampiros —corrigió Carlisle—. No son personas. Son monstruos.
—Todos somos monstruos aquí —dijo Jacob, en forma humana, con el cuerpo lleno de quemaduras.
Edward se arrastró hasta él y lo abrazó.
—No eres un monstruo —susurró—. Eres mi lobo.
Jacob sonrió, y por un momento, todo estuvo bien.
Pero Selene había desaparecido. Y volvería.
En la madriguera de los lobos ya de noche Bella escuchó los pasos antes de verlo. Era Edward, con Jacob apoyado en su hombro. Detrás de ellos, Seth, Leah y el resto del grupo.
—Ganamos —dijo Edward, con una sonrisa débil.
—¿Ganamos? —preguntó Bella.
—Selene desapareció. Le cortamos el brazo.
—¿Alice?
—Está bien. Viene detrás.
Y entonces apareció Alice. Pequeña, manchada de sangre (la suya y la ajena), pero con una sonrisa en el rostro.
—Te dije que sobreviviríamos.
Bella corrió hacia ella y la abrazó con todas sus fuerzas. La piel fría de Alice le heló los huesos, pero no le importó.
—No me asustes así nunca más.
—No lo haré —mintió Alice.
Y todas las noches siguientes, Bella supo que esa mentira era la más dulce de todas.
Continuará 🔥