La primera vez que se encontraron, murieron.
La segunda vez, también.
Y aun así volvieron a buscarse.
A lo largo de tres vidas, tres épocas y tres historias distintas, dos almas destinadas a amarse desafiarán al tiempo, a la muerte y al destino para volver a encontrarse.
No recuerdan quiénes fueron.
No recuerdan cómo se perdieron.
Pero sus corazones sí.
Porque algunas conexiones son más fuertes que el olvido.
Más fuertes que la distancia.
Más fuertes incluso que la muerte.
ETERNOS es una historia sobre almas gemelas, segundas oportunidades y un amor capaz de atravesar siglos enteros.
Porque hay amores que terminan.
Y hay otros que duran para siempre.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Esposa feliz... vida feliz
William
Una semana. Llevamos una semana casados. Y, contra todo pronóstico, no ha sido terrible.
—Y entonces el caballo me mordió —dice.
—Un caballo no te mordió.
—Lo hizo.
—No te creo.
—Porque eres un snob de ciudad —replica levantando su barbilla.
—Nací en el campo.
—Pero eres un lord.
—Eso no significa nada.
Eleanor sonríe victoriosa.
—Significa todo.
Niego con la cabeza mientras ella se acomoda mejor sobre la almohada.
Desde la boda hemos pasado cada noche igual, hablando durante horas. Al principio porque necesitaba mantener la farsa. Ahora... Bueno. Ahora simplemente ocurre.
Eleanor tiene una forma extraña de ver el mundo. Pregunta cosas absurdas, cuenta historias sin sentido y se distrae a mitad de una conversación para hablar de una flor que vio en el jardín.
Y se ríe.
Dios.
Se ríe por todo.
Nunca había conocido a nadie así.
—¿En qué piensas?
Parpadeo.
—En nada.
—Mentiroso.
—No soy mentiroso.
—Lo eres.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque cada vez que mientes aprietas la mandíbula.
La miro.
—¿Llevas una semana estudiándome? —pregunto mientras ordeno un mechón de su hermoso cabello.
—Claro. Eres mi esposo —dice como si fuera la cosa más natural del mundo.
Algo se mueve incómodo en mi pecho. Porque para ella sí lo es. Soy su esposo. Su compañero. Su amigo. La persona con la que habla antes de dormir. La persona que espera encontrar cada noche.
Y yo... Yo soy un fraude.
—Te has quedado callado otra vez.
—Estoy pensando.
—Eso suele ser peligroso.
Resoplo una risa.
—Buenas noches, Eleanor.
Ella bosteza.
—Buenas noches, William.
Pasan apenas unos minutos antes de que sus ojos comiencen a cerrarse.
Lucha contra el sueño. Siempre lo hace. Como si temiera perderse algo.
—Ve a dormir —le ordeno.
—No tengo sueño.
Bosteza otra vez.
Sonrío.
—Mentira.
—Quizá un poco —admite con esa preciosa sonrisa que parece iluminar todo a nuestro alrededor.
Sus pestañas finalmente se rinden, poco a poco, hasta que su respiración se vuelve profunda y constante.
El silencio reina y la habitación queda inmóvil. Y entonces aparece la culpa. Como cada noche.
Sarah me está esperando. Probablemente sentada junto al fuego. Escuchando cada sonido del pasillo. Esperando mis pasos.
Esperándome a mí.
Cierro los ojos y recuerdo la primera noche después de mi boda.
Había llegado a su habitación pasada la medianoche. Desesperado, confundido y enojado. Ella estaba llorando.
Nunca olvidaré eso.
Nunca.
Porque Sarah rara vez llora.
—Sabía que vendrías —susurró en cuanto me vio y luego me abrazó con tanta fuerza que me costó respirar.
—Sabía que no podrías tocarla —sollozó con desesperación, como si aquello hubiera sido una prueba. Como si mi regreso demostrara algo.
Quizá lo hizo.
Quizá por eso he seguido regresando cada noche, porque volver con Sarah significa volver a lo conocido. A la vida que elegí. A la mujer que amo.
Entonces... ¿Por qué sigo aquí?
Abro los ojos y la respuesta está frente a mí.
Eleanor duerme de lado. Su cabello rojizo desparramado sobre la almohada y sus manos escondidas bajo la mejilla.
Tan pequeña que parece imposible que ocupe la mitad de la cama.
Una semana atrás estaba aterrada, convencida de que iba a golpearla. Ahora duerme tranquila y confiada, porque cree en cada palabra que le digo.
La idea me produce una punzada extraña.
No debería gustarme. No debería importarme. Y sin embargo... Importa.
Mucho más de lo que debería.
Mi mirada baja hasta su rostro. Incluso dormida parece estar pensando en algo. Como si su mente jamás descansara del todo.
Es ridículo.
Absolutamente ridículo.
Pero por primera vez desde mi boda no quiero levantarme.
No quiero cruzar los pasillos. No quiero abrir otra puerta. No quiero ir a ninguna parte. Quiero quedarme aquí.
Solo un poco más.
Observando a mi extraña e inocente esposa.
La muchacha que habla con flores. La muchacha que creyó que los matrimonios consistían en conversar. La muchacha que sonríe como si nunca hubiera tenido motivos para dejar de hacerlo.
Algo se aprieta dentro de mi pecho.
Una sensación incómoda y familiar. Como si estuviera olvidando algo importante… O recordándolo.
Y por primera vez en una semana me quedo donde estoy.
Sin moverme.
Sin marcharme.
Simplemente observándola dormir.