En una guerra de orgullo y desprecio, ¿quién caerá primero? ¿El hombre que lo tiene todo o la mujer que aprendió a brillar sin luz?
Puntos clave de la trama
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capitulo 17
La mención del mecánico fue como una descarga de agua helada que recorrió mi espalda, apagando el calor que el cuerpo de Alexander acababa de encender en mí. Mis ojos, todavía sensibles a la claridad de la suite, se clavaron en él. Lo vi pasar de ser el hombre vulnerable que me estrechaba contra su pecho al CEO implacable en menos de un segundo. La mandíbula se le tensó tanto que temí que sus dientes se quebraran, y sus ojos azules, que momentos antes me miraban con una devoción casi dolorosa, se tornaron en dos pozos de acero frío.
—No te muevas de aquí —ordenó Alexander, su voz recuperando ese tono de mando que no admitía réplicas.
—¡No puedes pedirme eso! —exclamé, poniéndome en pie. El mareo volvió a visitarme, una neblina gris que amenazaba con devolverme a la oscuridad, pero me aferré al brazo del sofá—. Ese hombre es la razón por la que viví un año en las sombras. Es el hombre que Marcus ha traído para destruirnos. Si él está aquí, yo tengo que estar presente.
Alexander se giró hacia mí. Sus manos me tomaron de los hombros, y por un momento, la sensualidad de su cercanía luchó contra la urgencia del peligro. Su olor a sándalo me envolvió, recordándome que, a pesar de sus secretos, él era el único que me había sostenido cuando el mundo se volvió negro.
—Elina, escúchame bien —susurró, acercando su rostro al mío hasta que nuestras frentes se tocaron—. Marcus no ha traído a ese mecánico para que diga la verdad. Lo ha traído para que firme una confesión que me señale a mí como el autor intelectual. Si bajas a ese vestíbulo o intentas hablar con los abogados ahora mismo, solo les estarás dando la debilidad que necesitan. Quédate. Por favor.
Fue ese "por favor" lo que me desarmó. No era una orden, era una súplica. Alexander Thorne nunca suplicaba. Lo vi salir de la habitación, su figura recortada contra la luz del pasillo, y escuché el clic seco de la cerradura. No me había encerrado, pero el mensaje era claro: este era mi refugio y mi prisión.
Me acerqué a la ventana. El lago Lemán se extendía ante mí, una mancha de plata bajo la luna suiza. Mis dedos acariciaron el cristal frío. Me resultaba fascinante poder ver las luces de la ciudad reflejadas en el agua, pero al mismo tiempo, sentía una nostalgia extraña por la seguridad que me brindaba la ceguera. Antes, el peligro era una sensación, un cambio en el tono de voz, un olor metálico en el aire. Ahora, el peligro tenía nombres, rostros y documentos con sellos rojos.
Pasó una hora. El silencio de la suite era opresivo, solo roto por el tictac de un reloj de pared que parecía contar los segundos de nuestra caída. De repente, el teléfono de la habitación sonó. No era la línea externa, sino la interna del hotel.
—¿Diga? —respondí, mi corazón martilleando contra mis costillas.
—Señora Thorne, es Julian. El señor ha bajado a la sala de conferencias del sótano. La situación se ha complicado. Marcus ha traído a la prensa local y están alegando que el señor Thorne la tiene sedada en la habitación para que no declare.
—Bajo ahora mismo, Julian.
—No, señora. El señor Thorne me mataría si permito que...
—Si no me abres esa puerta y me escoltas, Julian, saldré por mi cuenta y armaré un escándalo que hará que lo que dice Marcus parezca un cuento de hadas.
Julian suspiró al otro lado de la línea. Sabía que yo ya no era la mujer frágil a la que podía manipular. Cinco minutos después, la puerta se abrió y lo vi allí, con su rostro de piedra y un auricular pegado a la oreja. Me puse el abrigo de lana, ocultando el camisón de seda que aún llevaba debajo, y caminé con una determinación que no sabía que poseía.
Al llegar al sótano, el ambiente era eléctrico. Podía oler el sudor, el café barato de los periodistas y ese aroma a ozono que desprenden las cámaras de televisión. Alexander estaba de pie frente a una mesa de madera oscura, rodeado de abogados. Al otro lado, Marcus sonreía con una suficiencia que me revolvió el estómago. Junto a él, un hombre de aspecto desaliñado, con las manos manchadas de una grasa que parecía no querer irse nunca, evitaba la mirada de todos. El mecánico.
Cuando entré en la sala, el silencio cayó como una guillotina. Las cámaras giraron hacia mí, los flashes me cegaron momentáneamente, devolviéndome por un segundo a la negrura que tanto temía. Alexander se quedó petrificado. Su mirada pasó de la sorpresa a una furia protectora que me hizo estremecer.
—¿Qué haces aquí, Elina? —su voz fue un sigo helado que recorrió la sala.
—He venido a ver a los ojos al hombre que me robó un año de vida —dije, caminando con paso firme hacia la mesa, ignorando los murmullos de la prensa.
Me detuve frente al mecánico. El hombre temblaba. Olía a miedo y a tabaco rancio. Ya no necesitaba que Alexander me describiera el mundo; ahora podía ver la cobardía escrita en las arrugas de su frente.
—Míreme —le ordené. Mi voz no tembló—. Míreme y dígame quién le pagó para que cortara los frenos de mi coche.
El hombre levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre. Miró a Marcus, luego a Alexander, y finalmente regresó a mí.
—Fue... fue el señor Thorne —susurró, y un estallido de flashes iluminó la sala—. Él me dio el dinero en el garaje de la mansión. Dijo que necesitaba que la fusión se detuviera, que usted era un estorbo.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Me tambaleé, y fue Alexander quien me sostuvo. Sus manos se cerraron sobre mis brazos con una fuerza que buscaba darme equilibrio, pero yo lo miré a él, buscando la verdad en ese azul tormentoso que ahora parecía ocultar un abismo.
—¡Miente! —rugió Alexander, y su voz hizo vibrar los cristales de la sala—. ¡Este hombre no ha pisado mi garaje en su vida! Marcus, ¿cuánto te ha costado este teatro?
Marcus se levantó, ajustándose la corbata con una calma exasperante.
—Las pruebas hablan por sí solas, primo. Tenemos los registros de las transferencias desde una de tus cuentas en el extranjero. Y ahora, el testimonio de la víctima y del ejecutor. Elina, querida, lamento que tengas que descubrirlo así, pero Alexander siempre ha sido un coleccionista. Te quería ciega para que no pudieras ver lo que estaba haciendo con la empresa de tus padres.
Miré a Alexander. Él no se defendió con palabras ante Marcus. Me miraba a mí, con una intensidad que quemaba. Sus dedos se hundieron sutilmente en la tela de mi abrigo, y por un momento, la sensualidad de su contacto se volvió amarga.
—¿Es cierto? —le pregunté en un susurro que solo él pudo oír—. ¿Me querías entre sombras para poder manejar los hilos?
—Todo lo que hice, Elina, fue para salvar lo que quedaba de tu legado —respondió él, y su voz era una caricia desesperada—. Pero si crees a este hombre antes que a mí, entonces mi mayor pecado no fue ocultarte la verdad, sino creer que podías amarme a pesar de ella.
Alexander me soltó. Dio un paso atrás, permitiendo que la policía suiza se acercara. Marcus sonreía en las sombras. En ese momento, recordé algo. Un sonido. En mi mente, regresé al día del accidente. Recordé el garaje, el olor a gasolina y el sonido de unos pasos. No eran los pasos firmes y pesados de Alexander. Eran pasos ligeros, rítmicos, con un tintineo metálico.
Miré los pies de Marcus. Llevaba unos zapatos de diseño con punteras metálicas decorativas que hacían un sonido característico al caminar. *Clac, clac, clac.* El mismo sonido que escuché antes de subirme al coche aquel día.
—Él no fue —dije en voz alta, señalando a Alexander.
La sala volvió a quedar en silencio.
—Elina, estás confundida por la cirugía... —empezó Marcus, dando un paso hacia mí.
—No estoy confundida. Recuerdo el sonido de sus zapatos, Marcus. Recuerdo el perfume cítrico que inundó el garaje. Alexander usa sándalo. Tú usas esa colonia de mandarina que me daba náuseas incluso cuando no podía verte. Tú estuviste allí.
El rostro de Marcus se transformó. La máscara de caballerosidad se desmoronó, revelando al depredador que siempre había sido. Los periodistas empezaron a murmurar, y Alexander, dándose cuenta de que el viento había cambiado de dirección, avanzó hacia su primo con una lentitud letal.
—Julian, asegúrate de que nadie salga de esta sala —ordenó Alexander.
Se acercó a Marcus y lo tomó por la solapa, levantándolo casi del suelo. La tensión en la habitación era insoportable. La sensualidad del poder y el peligro se mezclaban en el aire. Alexander no lo golpeó, pero la forma en que lo miraba era mucho peor que cualquier golpe físico.
—Vas a decir la verdad ahora mismo, o te juro que lo último que verás antes de ir a la cárcel será cómo destruyo cada gramo de la vida que has intentado robarme —amenazó Alexander.
Marcus intentó zafarse, pero Alexander era un muro de piedra. El mecánico, al ver que su protector perdía el control, empezó a sollozar, confesando que Marcus lo había amenazado con matar a su familia si no señalaba al CEO.
En medio del caos, Alexander me miró. Por primera vez en todo este tiempo, vi una lágrima asomar en la esquina de su ojo. No era de tristeza, sino de un alivio tan profundo que me hizo comprender que él realmente habría ido a la cárcel con tal de que yo recuperara la vista.
Me acerqué a él y puse mi mano sobre su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón. El contacto fue eléctrico, una reclamación de todo lo que habíamos pasado. Alexander soltó a Marcus, que cayó en los brazos de la policía, y me rodeó con sus brazos, ocultando su rostro en mi cuello.
—Me has salvado —susurró, y sentí sus labios calientes contra mi piel, una caricia que prometía una noche de redención—. Ahora, Elina, es hora de que el mundo sepa quién es realmente la Reina de este imperio.
Salimos de la sala de conferencias mientras los flashes seguían disparándose, pero esta vez no me cegaron. Alexander me llevaba del brazo, guiándome con una sutileza que ya no era por necesidad, sino por adoración. Subimos al ascensor en silencio, y cuando las puertas se cerraron, me pegó contra la pared de espejo, besándome con una urgencia que me hizo olvidar dónde estábamos. Sus manos recorrieron mi cuerpo, deshaciendo los botones de mi abrigo con una maestría que me dejó temblando.
—Solo yo, Elina —murmuró contra mis labios—. Solo yo puedo tocarte. Solo yo puedo amarte.
La noche en Ginebra apenas comenzaba, y aunque Marcus estaba acabado, las sombras de nuestra historia aún tenían mucho que decir. Alexander me llevó de vuelta a la suite, y mientras la nieve seguía cayendo afuera, comprendí que ver la luz era solo el primer paso de un camino mucho más complejo al lado del hombre que había convertido su protección en mi única religión.