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INERCIA

INERCIA

Status: Terminada
Genre:Amante arrepentido / Padre soltero / Autosuperación / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: SherlyBlanco

INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día

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Capítulo 9: El Espejo de las Ausencias

​Mientras Juliana lidiaba con ese vacío en la academia, en las oficinas de la constructora Fontane la atmósfera era muy diferente. Andrés se encontraba guardando unos planos en su maletín, con la mente agotada tras una jornada intensa. Su orgullo seguía ganando la partida; se repetía a sí mismo que mantener la distancia era la única forma de no seguir saliendo lastimado por el hielo de Juli.

​La puerta de su oficina se abrió tras un suave toque. Viviana, su secretaria desde hacía varios años, entró con una carpeta de informes y una sonrisa perfectamente ensayada. Tenía exactamente treinta y cuatro años, la misma edad que Andrés cumplía ese mismísimo día, y desde el momento en que ingresó a la compañía, le había puesto el ojo encima a su imponente jefe. Viviana había sido la espectadora silenciosa de todas sus tormentas y de su eterno estira y afloja con Juliana, esperando pacientemente a que la armadura del hombre mostrara una grieta definitiva.

​—Andrés, ya todo el personal se retiró —dijo Viviana con voz pausada, acercándose al escritorio—. Me enteré de que hoy es tu cumpleaños. ¿De verdad vas a pasar una fecha así encerrado entre estos muros?

​Andrés levantó la mirada, sorprendido de que ella lo recordara. Sus padres le habían insistido por la mañana en organizar una cena íntima en la casa principal junto a los niños, pero él, sumido en un humor sombrío y queriendo evadir cualquier cuestionamiento, les había pedido tajantemente que no le prepararan nada, asegurando que tenía compromisos importantes de trabajo. Miró a Viviana; vestía un traje elegante que resaltaba su silueta y sus ojos brillaban con una invitación clara. Cansado de la eterna espera, de sentirse rechazado por Juliana y arrastrado por una inercia que solo le traía frustración, Andrés tomó una decisión impulsiva para demostrarse que podía avanzar.

​—Tienes razón, Viviana —respondió, abotonándose la chaqueta del traje—. No hay motivo para pasar la noche solo. Vamos a cenar.

​La secretaria sonrió con fuerza, saboreando una oportunidad que llevaba años persiguiendo, y sugirió un restaurante italiano nuevo y exclusivo en el norte de la ciudad.

​El restaurante La Lanterna estaba envuelto en una luz tenue, con música de piano de fondo y un ambiente sumamente íntimo. Sentados en una mesa apartada, Andrés y Viviana compartían una botella de vino tinto. Ella se esmeraba por ser la compañía perfecta: reía de sus comentarios, tocaba sutilmente su antebrazo y lo miraba con una devoción que Andrés, en su ego herido, aceptaba como un bálsamo para calmar su tormenta interna.

​A pocas mesas de distancia, la puerta principal del lugar se abrió.

​Juliana entró al establecimiento vistiendo un abrigo largo color crema. A su lado caminaban sus padres, Julia y Joaquín, quienes la habían convencido a regañadientes de salir a cenar para despejar su mente tras el amargo trago de la tarde. Joaquín llevaba de la mano a la pequeña Athenea, de nueve años, quien miraba las velas del lugar con curiosidad. Su padre había elegido ese sitio precisamente para consentirlas, buscando aliviar la tristeza que veía en los ojos de su hija.

​Caminaban detrás de la anfitriona hacia su mesa cuando Athenea paseó la vista por el elegante salón. De pronto, sus ojos se detuvieron en una figura familiar de espaldas anchas que conversaba animadamente.

​—¡Es mi papá! —exclamó la niña con emoción.

​Antes de que Joaquín o Julia pudieran reaccionar para detenerla, la pequeña soltó la mano de su abuelo y corrió entre las mesas, con sus zapatos resonando en el suelo de mármol.

​—¡Athenea, no! —alcanzó a murmurar Juliana, sintiendo que el corazón se le detenía en seco.

​Andrés escuchó el llamado de su hija y se giró de inmediato, justo a tiempo para recibir a la niña que se lanzó a sus brazos con alegría. La sorpresa en el rostro del hombre fue absoluta, pero al levantar la vista para buscar de dónde venía, sus ojos oscuros chocaron directamente con la figura de Juliana.

​Juliana se había quedado estática a unos metros, con sus padres a los lados, quienes observaban la escena con expresiones de profunda desaprobación.

​La mirada de Juli viajó rápidamente desde los ojos de Andrés hacia la mujer que estaba sentada frente a él. Reconoció a Viviana al instante; sabía perfectamente quién era la secretaria que siempre había mirado a Andrés con segundas intenciones. Observó las copas de vino, la vela encendida en el centro y la cercanía de las sillas.

​En ese preciso instante, una decepción pura, fría y devastadora inundó por completo el alma de Juliana.

​No sintió rabia, sino una certeza dolorosa: el hombre que juraba haberla esperado con paciencia durante cinco años, el que esa misma mañana le había reclamado con el rostro endurecido que estaba harto de sus dudas, ya estaba buscando refugio en otra mujer. El mismo hombre que le había negado la compañía de Andreis Julián esa tarde bajo el pretexto de marcar límites, se encontraba celebrando sus treinta y cuatro años en una cita romántica, demostrando que su supuesto sufrimiento no era más que un berrinche de orgullo.

​Andrés leyó la absoluta desilusión en las pupilas de Juliana y el pánico real lo golpeó por primera vez. Intentó ponerse en pie, apartando suavemente a Athenea, con la boca abierta para intentar articular una explicación que apagara el desastre.

​Pero Juliana no le dio el espacio.

​Con una dignidad imponente que pareció congelar el aire a su alrededor, Juliana enderezó la espalda y tragó el nudo de su garganta. Miró a su hija y le habló con una voz alarmantemente serena.

​—Athenea, mi amor, regresa con tus abuelos. Nos equivocamos de lugar.

​Dedicó una última mirada a Andrés, una mirada completamente vacía, desprovista de cualquier rastro de la inercia que los había unido días atrás. Dio la vuelta con perfecta elegancia y caminó hacia la salida junto a Julia y Joaquín, quienes lanzaron una última mirada fulminante antes de retirarse. Juliana abandonó el lugar hacia la noche lluviosa, dejando a Andrés completamente destrozado en su mesa, atrapado en las consecuencias de su propio orgullo.

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