Roxana murió en su época original —el siglo XXI— en un accidente durante una expedición arqueológica, justo mientras estudiaba documentos antiguos sobre la Dinastía Tang. Su último pensamiento fue: “Ojalá hubiera podido ver cómo vivían realmente aquí”. Al abrir los ojos, se encontró en un jardín lleno de flores de loto, vestida con sedas finas y rodeada de personas que la llamaban “señorita Wén”. Había renacido, conservando todos sus recuerdos, conocimientos científicos, habilidades y su personalidad intacta: terca, inteligente, caprichosa y nada dispuesta a someterse a las normas estrictas de la antigüedad.
En esta nueva vida, creció rodeada de amor: sus padres le permitían estudiar, viajar y decir lo que pensaba; sus hermanos la seguían a todas partes como sus fieles escuderos. Pero al cumplir dieciséis años, fue invitada a la fiesta del Palacio Imperial, donde conoció al Emperador Li Longjun: un hombre hermoso, frío y poderoso, al que todos temían y respetaban.
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Capítulo 16: La Emperatriz Viuda: su gran aliada
La tarde caía suavemente sobre los jardines interiores del palacio imperial, tiñendo de dorado y rosa las hojas de los árboles antiguos y las aguas quietas de las fuentes. En el pabellón de descanso de la Emperatriz Viuda Zhāo, el aire era fresco, perfumado con flores de loto y hierbas aromáticas, y el silencio solo se rompía por el canto suave de algunos pájaros y el sonido lejano del agua.
Roxana estaba allí, sentada frente a la anciana señora, como ya era costumbre. Pero esta vez, la conversación no trataba de leyes, ni de agricultura, ni de historia. Esta vez, la Emperatriz Viuda había querido hablar de algo mucho más personal, algo que había estado observando desde el primer día, algo que tocaba el corazón de su hijo y el destino de la joven que tenía delante.
La anciana señora, con su porte majestuoso y sus ojos brillantes que parecían haber visto todo en sus largos años de vida, miró a Roxana con una sonrisa llena de ternura y sabiduría. Le sirvió té con sus propias manos, un gesto de gran honor que nadie más había recibido nunca, y empezó a hablar con voz suave pero profunda:
—Hace mucho tiempo que quería decirte esto, querida. Porque te veo, te observo, y sé lo que está pasando. Sé lo que siente mi hijo, y sé lo que tú piensas. Y quiero que sepas algo, antes que nada: tú eres la única persona que ha logrado despertar lo que él lleva dentro. Y créeme, eso no tiene precio.
Roxana tomó la taza con delicadeza, pero no bebió de inmediato. Miró a la anciana a los ojos, con esa franqueza que siempre la caracterizaba, y preguntó con calma:
—Majestad, él hace cosas increíbles por mí. Me da todo, me sigue a todas partes, se enfada si no me ve, se preocupa por cada detalle… pero yo sigo pensando: ¿es solo porque soy diferente? ¿Es porque le gusta lo que sabe? ¿O es algo más? Porque él es el Emperador. Todo el mundo lo quiere, todo el mundo lo adora. No entiendo por qué yo, y por qué así.
La Emperatriz Viuda soltó una risa suave, se inclinó un poco hacia delante y le respondió con seriedad:
—Escúchame bien, niña. Lo que tú ves ahora, lo que él hace, lo que él siente… nunca, jamás en su vida, lo ha hecho ni lo ha sentido por nadie. Antes de ti, Li Longjun no era así. Antes de ti, él era solo el Dragón: fuerte, frío, distante, poderoso, pero vacío.
Hizo una pausa, miró hacia la ventana como si estuviera viendo el pasado, y le contó secretos que nadie más conocía:
—Desde que era pequeño, le enseñaron que no podía mostrar debilidad. Le enseñaron que el Emperador no tiene corazón, que el Emperador no necesita a nadie, que el Emperador debe ser temido y respetado, pero nunca demasiado cercano. Creció solo, rodeado de gente que le sonreía por interés, que le hablaba por miedo, que le daba la razón aunque estuviera equivocado. Nunca tuvo un amigo de verdad. Nunca tuvo a nadie que lo mirara y lo viera solo como un hombre, no como un dios.
Se giró de nuevo hacia Roxana, y sus ojos brillaron con intensidad:
—Ha habido muchas mujeres en su vida, sí. Mujeres hermosas, mujeres inteligentes, mujeres de familias poderosas. Todas se le ofrecían, todas hacían lo posible por agradarle, todas querían ser elegidas. Pero para él, todas eran iguales. Eran bonitas, eran agradables… pero no le importaban. Se aburría pronto, las dejaba a un lado y seguía con su vida como si nada. Nunca dio un regalo que saliera de su corazón. Nunca cambió un plan por estar con alguien. Nunca se enfadó por no ver a nadie. Nunca tuvo celos, nunca tuvo prisa, nunca tuvo necesidad de nada ni de nadie. Hasta que llegaste tú.
Le tomó las manos entre las suyas, cálidas y suaves, y continuó con voz cargada de emoción:
—Tú fuiste la primera que no le prestó atención. La primera que lo miró y no se asustó, ni se sonrojó, ni se inclinó demasiado. La primera que le dijo que era aburrido. La primera que le habló de cosas que no conocía, que le enseñó cosas nuevas, que lo trató como si fuera su igual, o incluso como si fuera alguien que tenía mucho que aprender. Y eso… eso rompió todo lo que él creía que era el mundo.
—Él no sabe manejar lo que siente —le explicó con ternura—. Porque nunca ha sentido nada parecido. Por eso te da tantas cosas: porque cree que el amor se demuestra dando lo mejor que tiene. Por eso se enfada si no te ve: porque no sabe vivir sin ti, y eso le da miedo. Por eso tiene celos hasta de sus propios sobrinos: porque cree que cualquiera puede quitarte su cariño, porque no se cree suficiente para merecerte. Por eso se esfuerza tanto: porque sabe que tú eres la única que no se deja conquistar por su corona, y eso es lo que más lo hace querer quedarse a tu lado.
Roxana escuchaba todo en silencio, con el corazón un poco más tranquilo, pero también con más preguntas.
—Pero es tan intenso, Majestad —dijo ella suavemente—. A veces me asusta. Quiere saber todo de mí, quiere estar siempre aquí, quiere que todo lo que haga sea por él. Me exige que le corresponda, aunque yo le diga que me cuesta, que voy despacio. ¿Cómo puedo manejarlo? No quiero hacerle daño, pero tampoco quiero entregarme solo porque él me lo pide.
La Emperatriz Viuda asintió con comprensión, y entonces le dio los consejos que serían su mayor tesoro:
—Te entiendo, hija. Y te voy a decir lo que nadie más te dirá: tú tienes el poder sobre él. Todo el poder. Porque tú eres la dueña de su corazón, y eso es más fuerte que cualquier ley o cualquier ejército. Pero tienes que saber cómo usarlo, con inteligencia y con cariño.
Le dio consejos claros, uno por uno, sabios y precisos:
No cambies nunca: Lo que más le gusta de ti es que eres tú misma. Si te vuelves como las demás, si te vuelves sumisa, si dejas de pensar por ti misma… perderá el interés, y lo que es peor: perderá lo que más ama en el mundo. Sigue siendo libre, sigue siendo inteligente, sigue diciéndole lo que piensas, aunque a él no le guste. Eso lo mantiene atado a ti. Ten paciencia con su forma de querer. Él no sabe amar de otra forma que no sea dándolo todo, protegiéndolo todo, queriendo controlarlo todo. No lo hagas sentir mal por eso. Entiende que es su forma de demostrar que te ama, aunque te parezca exagerada. Poco a poco, le enseñarás que el amor también es confianza y libertad. Hazle ver que te necesita: Él está acostumbrado a creer que todo lo puede hacer solo. Pero tú eres la única que puede hacerle entender que también necesita ayuda, que también puede equivocarse, que también puede ser débil. Déjale que te ayude en cosas pequeñas, que te explique cosas que él sabe, que se sienta útil y necesario para ti. Eso le dará seguridad. No te rías de sus celos ni de sus miedos. Cuando se enfada o se pone nervioso, no lo trates como a un niño caprichoso. Escúchalo, dile que lo valoras, que lo respetas, que él es importante para ti. Pero déjale claro también que tú eres libre, y que te quedas a su lado porque quieres, no porque él te obligue. Eso le quitará el miedo a perderte. Y sobre todo… no te apresures: Él quiere todo ya, ahora, porque no tiene paciencia para nada. Pero tú mantén tu paso. Dile, como ya le has dicho, que tienes que ganarte su corazón. Eso lo hará esforzarse más, te dará tiempo a ti, y hará que cuando te entregues, sea algo mucho más grande y más verdadero. La anciana señora se inclinó más, y su voz se volvió más íntima y solemne:
—Y recuerda esto siempre: yo estoy contigo. Desde el primer momento en que te vi, supe que eras especial. Y ahora, sé que eres lo mejor que le ha pasado a mi hijo, y lo mejor que le ha pasado a este imperio. Tienes mi protección absoluta. Quien te ataque, me ataca a mí. Quien te hable mal, me habla mal a mí. Quien te estorbe, tendrá que vérselas conmigo.
Le apretó la mano con fuerza, para que entendiera la importancia de sus palabras:
—Tú no eres solo una joven inteligente, ni solo la mujer que ama al Emperador. Tú eres mi elegida. Mi aliada. Y ahora, mi nieta en el corazón. Nadie, absolutamente nadie, podrá hacerte daño mientras yo esté aquí. Y si algún día mi hijo se equivoca contigo, si te trata mal o no te entiende… yo misma iré a ponerlo en su lugar, porque tú te mereces todo lo bueno del mundo.
Roxana sintió cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, algo que casi nunca le pasaba. Hasta ahora, había tenido el amor de su familia y el amor intenso de Li Longjun. Pero ahora, tenía algo más: el apoyo incondicional de la mujer más respetada y poderosa de todo el imperio, alguien que la entendía, que la valoraba, que la protegía y que le enseñaba todo lo que necesitaba saber.
Se inclinó profundamente ante la Emperatriz Viuda, con todo el respeto y el cariño que sentía, y le dijo con voz sincera:
—Gracias, Majestad. Gracias por creer en mí, por enseñarme, por estar a mi lado. No sé si soy tan buena como usted dice, pero prometo que haré todo lo posible para merecer su confianza, y para hacer que su hijo sea un buen emperador… y un buen hombre.
La Emperatriz Viuda sonrió, satisfecha y feliz. Se puso de pie, le acarició la mejilla con ternura y le dijo:
—Ya lo estás haciendo, querida. Ya lo estás haciendo. Porque desde que tú llegaste, él ya no es el mismo. Ahora tiene corazón. Ahora tiene amor. Ahora tiene una razón para gobernar mejor, para ser mejor. Y eso… eso es lo más grande que podrías haberle dado a este imperio.
Cuando Roxana salió del pabellón, el sol ya se había puesto y las luces del palacio empezaban a encenderse. Pero ella caminaba con paso más firme, con el corazón más tranquilo y con una seguridad que antes no tenía.
Ahora sabía quién era realmente Li Longjun, entendía por qué hacía lo que hacía, sabía cómo tratarlo, cómo quererlo y cómo guiarlo. Y sobre todo, sabía que ya no estaba sola. Tenía a su familia, tenía al Emperador enamorado y obsesionado, y tenía a la Emperatriz Viuda, su gran aliada, su protectora poderosa, la mujer que podía mover todo el palacio y que estaba totalmente de su lado.
Y mientras caminaba hacia la salida, pensó en todo lo que le esperaba. Sabía que el camino seguiría siendo difícil, que habría envidias, que habría problemas, que habría que esforzarse mucho. Pero ahora sabía también que tenía las armas más fuertes de todas: la verdad, la inteligencia, el amor… y el apoyo de las personas que realmente importaban.
Y estaba lista. Lista para seguir siendo difícil de conquistar, lista para enseñarle a él lo que era el amor verdadero, lista para cambiar el destino del imperio… y lista para ocupar el lugar que le correspondía, al lado del hombre que gobernaba el mundo, pero que ya sabía que estaba totalmente gobernado por ella.