Mi vida nunca fue mía. Primero fueron los golpes de mi padre y sus gritos recordándome que no valía nada, hasta que finalmente decidió ponerme un precio. Me vendió como si fuera un objeto para pagar su maldita deuda.
Ahora mi dueño es Dante.
Él es frío, letal y no tiene piedad con nadie, pero me necesita para llevar las cuentas de su imperio. Pensé que pasaría de un infierno a otro, pero en sus ojos oscuros encuentro algo que nunca conocí. Ahora estoy atrapada entre los números de la mafia y el deseo por el hombre que me compró.
¿Se puede amar a quien te posee?
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Capítulo 17: Fragmentos de Vidrio Roto
POV: Dante
La biblioteca se ha convertido en nuestro pequeño universo privado, un santuario de madera vieja y cuero donde el tiempo parece haber capitulado ante nosotros. He ordenado a la guardia que nadie suba, que el mundo exterior —con sus traiciones y sus balas— se detenga en la puerta de roble. No quiero informes, no quiero noticias de los muelles; solo quiero este momento.
La cena está servida cerca de la chimenea, donde el fuego danza con una energía hipnótica. El vino brilla en las copas de cristal como rubíes líquidos, y el rostro de Alessia, iluminado por el resplandor de las llamas, es lo más hermoso y puro que he visto en mis treinta años de vida. Hay algo en su perfil, una mezcla de fragilidad y acero, que me hace querer arrodillarme y, al mismo tiempo, quemar el mundo para mantenerla a salvo.
—Dime algo real, Dante —dice ella de repente, dejando el tenedor a un lado y rompiendo el hechizo del silencio—. No me hables de estrategias de expansión, ni de los balances de Catania, ni de quién le debe respeto a quién. Dime quién serías si no tuvieras que llevar esa arma de fuego pesando en tu cintura cada hora del día.
Confieso que la pregunta me toma desprevenido. La verdad me quema la garganta porque es una que rara vez me permito formularme a mí mismo.
—Sería un hombre libre, Alessia —admito, y mi voz suena extraña en mis propios oídos, despojada de su habitual autoridad—. Probablemente viviría en las colinas de Corleone, lejos del asfalto y la pólvora. Cultivaría vides, cuidaría de la tierra y leería historia antigua hasta que mis ojos se cansaran. Me gustaría despertar una mañana, solo una, sin tener que revisar mentalmente las cámaras de seguridad o contar cuántos hombres tengo apostados en el perímetro. ¿Y tú? Si pudieras borrar el apellido que llevas y la deuda que te trajo aquí, ¿hacia dónde correrías?
POV: Alessia
Sus palabras me ablandan el corazón de una manera que me asusta. El "monstruo" que el mundo teme, el hombre que decide quién vive y quién muere, sueña con olivos, libros viejos y paz. Es una confesión tan humana que me hace sentir que estoy viendo su alma sin armadura.
—Yo escribiría —susurro, sintiendo que mis mejillas se calientan no solo por el vino, sino por la desnudez de mi propia confesión—. Siempre he tenido historias en la cabeza, Dante. Me gustaría crear mundos donde las niñas no tengan que ser valientes por obligación, donde no haya contratos de venta firmados por padres desesperados. Y si tuviera que trabajar con números, sería una contadora de las que ayudan a los negocios pequeños a prosperar, no de las que deben ocultar el rastro de un dinero manchado por la tragedia.
Dante estira su mano sobre la mesa y toma la mía. Sus dedos son grandes, fuertes, marcados por la vida que lleva, pero me acaricia con una ternura tan devastadora que por un instante olvido el papel de cuero negro del despacho. Por un momento, no soy un "activo" y él no es un Capo; somos solo dos jóvenes compartiendo sueños prohibidos en una noche de invierno.
—Escribirás ese libro, Alessia. Te lo prometo —dice él, y su voz tiene un peso de juramento, una vibración profunda que me recorre la columna—. No permitiré que tu talento se pierda entre columnas de gastos ilícitos para siempre.
POV: Dante
La atmósfera es perfecta, casi idílica, pero noto que ella empieza a inquietarse. Sus dedos juguetean con un pequeño relicario de plata que siempre lleva oculto bajo la blusa, como si fuera un amuleto contra la felicidad. Sus ojos se pierden en las llamas y una sombra de dolor antiguo, una negrura que no pertenece a esta habitación, cruza su rostro.
—¿Qué pasa por esa mente tuya, pequeña? —pregunto en voz baja, sin soltar su mano.
—Mi madre, Dante —responde, y su voz suena como si viniera de un lugar muy lejano—. El mundo piensa que murió de una enfermedad pulmonar, una complicación trágica y natural. Mi padre se encargó de enterrar la verdad junto con ella, sellando los labios de los médicos y los vecinos. Pero yo estaba allí. Yo no leí la historia; yo la respiré.
Siento que mi instinto de protección, ese animal que vive en mi pecho, se tensa y enseña los dientes. Me inclino hacia ella, dándole toda mi atención, sintiendo que estamos a punto de entrar en un territorio minado.
POV: Alessia
El recuerdo me golpea como una ráfaga de viento helado que apaga el calor de la chimenea. De repente, ya no estoy en la Villa Vitale; tengo ocho años y el aire huele a metal y a miedo rancio.
—Tenía ocho años —comienzo, y mi voz tiembla a pesar de mis esfuerzos por controlarla—. Mi padre había perdido una cantidad estúpida de dinero en las mesas de juego, y esa noche... esa noche vinieron a cobrar. No con abogados, sino con plomo. Mi madre me escuchó antes de que entraran; me escondió en la despensa, tras una rejilla de madera que apenas me dejaba respirar. Me dijo que no hiciera ruido, que era un juego.
Dante rodea la mesa y se arrodilla frente a mi silla, tomando mis dos manos entre las suyas para anclarme a la realidad, para evitar que me hunda en ese sótano de mi memoria.
—Yo no vi sus caras, Dante. El ángulo de la rejilla era pequeño. Solo vi sus manos y sus zapatos. Zapatos caros, de piel de cocodrilo negra, brillantes bajo la luz de la cocina. Uno de ellos, el que parecía dar las órdenes, tenía un anillo de oro macizo con una piedra roja, como una gota de sangre petrificada, en el dedo meñique. Mi madre suplicó. Se puso de rodillas y prometió que pagarían cada céntimo. Pero el hombre del anillo no quiso esperar. Dijo que los ejemplos eran más valiosos que las promesas. Escuché el disparo... y luego ese silencio horrible que se te mete en los oídos y no sale nunca.
Empiezo a temblar violentamente. Dante me aprieta las manos con fuerza, dándome su calor.
—Mi padre se quedó en un rincón de la sala, llorando como un cobarde, sin siquiera intentar ayudarla mientras ellos se marchaban con la elegancia de los que se saben impunes. Nunca me dijo quiénes eran. Me juró que si hablaba, vendrían a terminar el trabajo conmigo. He pasado más de diez años tratando de borrar la imagen de ese anillo rojo, pero cada vez que cierro los ojos, lo veo allí, brillando sobre la piel de mi madre.
POV: Dante
Un frío glacial, más gélido que el invierno siciliano, me recorre la columna vertebral. Un anillo de oro con una piedra roja en el dedo meñique. Un sello familiar que representa la sangre de los Vitale de la vieja escuela.
Solo hay un hombre en esta villa, y en toda la organización, que usa un anillo así. Una reliquia de familia que mi abuelo le entregó a su hijo primogénito antes de morir. Marcello Vitale. Mi tío. Mi propia sangre.
Siento una náusea violenta seguida de una claridad cegadora. Mi tío no solo ha estado robando a la organización y conspirando en las sombras; es el carnicero que dejó huérfana a la mujer que ahora tengo frente a mí. Miro a Alessia y siento que mi corazón se rompe en mil pedazos de hielo. Ella no sabe que el asesino de su madre se sienta a cenar con nosotros a veces, que bromea sobre la familia mientras oculta la mano que apretó el gatillo. No sabe que el contrato que firmó su padre fue, en realidad, el precio ensangrentado por el silencio de Marcello sobre el asesinato de su esposa. Ricardo no la vendió solo por deuda; la vendió para comprar su propia vida frente al hombre que mató a su mujer.
—Dante, ¿estás bien? —pregunta ella, sacándome de mis pensamientos. Acaricia mi mejilla con preocupación—. Te has puesto pálido... tus ojos dan miedo.
Tengo que controlarme. Mi mandíbula duele de tanto apretarla. Si le digo la verdad ahora, si le digo que el monstruo de su infancia duerme bajo este mismo techo, la destruiré. O peor, intentará matarlo ella misma y Marcello, con toda su crueldad, la destrozará antes de que pueda acercarse.
—Estoy bien, piccola —miento, y la mentira tiene un sabor amargo a ceniza y bilis. La atraigo hacia mi pecho, abrazándola con una fuerza casi desesperada, escondiendo mi rostro en su cuello para que no vea la furia asesina que me deforma las facciones—. Te juro por mi vida, Alessia, que ese hombre pagará. No importa quién sea, ni qué posición ocupe, ni cuánto poder crea que tiene para protegerse. El destino siempre cobra sus deudas con intereses, y yo seré el cobrador.
Alessia se apoya en mí, soltando un suspiro de alivio, creyendo que sus palabras han encontrado refugio en un hombre justo. No sabe que acaba de entregarme la pieza final del rompecabezas que me permitirá destruir a mi tío. Marcello cree que tiene el control, que puede jugar conmigo como si yo fuera un niño, pero no sabe que ahora esto es personal. Esto ya no es por el poder de la mafia ni por los libros contables. Es por la niña de ocho años que miraba a través de una rejilla de madera mientras le robaban su mundo.
—Gracias por decírmelo —susurra ella, relajándose en mis brazos—. Me siento más ligera ahora que tú llevas una parte de este peso conmigo.
La beso en la frente con una devoción solemne, sintiendo una furia negra y absoluta creciendo en mi interior, una determinación que no conoce la piedad. Esta noche, mientras ella duerma en mis brazos bajo el calor de las mantas, yo bajaré al sótano de mi conciencia para planear el fin sistemático y doloroso de Marcello Vitale. Porque nadie toca lo que es mío y vive para contarlo. Y Marcello está a punto de descubrir que la muerte es el menor de los castigos que le tengo preparados.