De Rusia a México
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5
El puente invisible que unía a Misha y Camila no solo transportaba emociones, sino también fragmentos de mundos que ninguno de los dos debería conocer. Era una transferencia de sentidos que desafiaba la lógica y que, poco a poco, comenzó a dejar huellas físicas en sus respectivas tierras.
En la mansión Petrov, el pequeño Mikhail se había convertido en un cartógrafo de lo imposible. Mientras Ivan padre intentaba descifrar mapas de rutas de suministro, Misha dibujaba en los márgenes de sus cuadernos flores que no crecían en Rusia. Sus trazos eran de un color naranja vibrante y pétalos aterciopelados.
—¿A quién buscas, Misha? —le preguntaba Luna, viéndolo extender sus manos hacia el aire vacío del despacho, como si intentara tocar una mejilla invisible.
—No sé, mamá. Pero ella está llorando ahora porque se le rompió un juguete, y tengo miedo de que piense que está sola —respondía él con una seriedad que erizaba la piel.
Luna sentía el pulso de su hijo y, por un segundo, ella también percibía un aroma a tierra mojada y jazmín que no tenía sentido en el invierno moscovita. Misha no solo buscaba; él protegía. Sentía cuando "ella" tenía una pesadilla y se quedaba despierto, sentado en su cama de seda, enviándole pensamientos de una templanza glacial para que los monstruos del sur no se le acercaran.
Al otro lado del mundo, Camila se manifestaba como la narradora de un reino de nieve. Sus dibujos no eran de castillos de cuentos de hadas; pintaba abedules —árboles blancos y altos de cortezas peladas— que nunca había visto en México. Dibujaba niños con abrigos tan pesados que parecían armaduras de lana.
—¿Quién es él, Cami? —preguntó su madre, Elena, señalando a un niño de ojos tristes y profundos que Camila había retratado con una precisión asombrosa.
—Es mi amigo del frío, mami —contestó ella con naturalidad mientras coloreaba el cielo de un gris plomizo—. Hoy está curioso. Quiere saber cómo huelen las flores de aquí, así que le estoy enseñando las gardenias de la abuela.
Esa curiosidad compartida era el oxígeno de ambos. Si Camila se detenía fascinada a observar el vuelo de una mariposa monarca, Misha, en ese mismo instante en Moscú, cerraba sus libros de estrategia y sentía un cosquilleo de asombro en el estómago. Percibía el aleteo, el color naranja quemado y el calor del sol mexicano en su propia piel, aunque afuera la nieve cubriera todo hasta las rodillas.
Era una simbiosis perfecta: ella le regalaba la capacidad de maravillarse, de salir de su introspección sombría para ver el color; él le enviaba a ella una seguridad silenciosa, una fuerza de roca que la hacía caminar con una chispa imponente, sabiendo que, pasara lo que pasara, había alguien velando por ella desde el otro lado de la existencia.
Sin embargo, el hilo invisible se tensaba cada vez más. Los padres de ambos niños empezaron a notar que la "felicidad" de sus hijos dependía de factores externos que no podían controlar. Si Misha se despertaba deprimido, Camila pasaba el día en México con un nudo en la garganta, llorando por una ausencia que no sabía nombrar. Se pertenecían tanto que el mapa del mundo empezaba a estorbarles. El destino estaba cansado de las distancias y los susurros en el viento; el alma compartida reclamaba un mismo punto cardinal para finalmente poder respirar.