NovelToon NovelToon
AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

AETHELGARD : EL LUJO DE LA CULPA

Status: En proceso
Genre:Terror / Venganza / Traiciones y engaños
Popularitas:170
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Ocho desconocidos. Una isla privada. Un secreto que no sobrevivió al silencio.

¿Hasta dónde llegarías para mantener tu secreto a salvo cuando el mundo entero te está mirando?

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 1

Mis dedos tambalean tanto que el frasco de ansiolíticos choca contra el mármol del lavabo, provocando un repiqueteo seco que retumba en el silencio sepulcral de mi baño. Es un sonido ridículo, rítmico, como si el destino se estuviera riendo de mí en la planta cuarenta y dos de este edificio de cristal. Me miro al espejo y no reconozco a la mujer que me devuelve la mirada. Mis ojos, antes brillantes, son ahora dos cuencas hundidas rodeadas por una sombra violácea que ninguna base de maquillaje puede ocultar. Solo tengo treinta y dos años, pero siento que mis hombros soportan el peso de un siglo de secretos mal guardados.

Trago una pastilla sin agua. Siento cómo el borde rugoso raspa mi garganta seca antes de bajar, instalándose en mi estómago como una piedra de plomo. Es mi ritual. Mi religión privada. Busco con la mirada el sobre negro que descansa sobre la encimera. No tiene remitente. Solo mi nombre, "Elena", escrito en una caligrafía dorada tan perfecta que parece grabada a láser. Dentro, una tarjeta con un relieve sutil: *Aethelgard. La paz que mereces. La verdad que te hará libre.* Junto a ella, un billete de avión en primera clase y las coordenadas de un helipuerto privado en la costa.

Una persona cuerda habría quemado ese sobre. Alguien que no despertara a las tres de la mañana con el sabor metálico de la sangre en la boca y el sonido ensordecedor de un impacto metálico resonando en sus oídos, habría llamado a la policía. Pero yo soy una yonqui de la redención. La culpa es un parásito que necesita alimentarse, y la promesa de "paz" es el cebo que me ha hecho morder el anzuelo. Diez años de silencio han sido una cárcel más efectiva que cualquier celda de hormigón.

El trayecto al helipuerto es un borrón de lujo impersonal. El coche que me recoge huele a cuero nuevo y a un perfume cítrico tan intenso que resulta clínico, casi quirúrgico. Al llegar, me doy cuenta de que no soy la única. Hay otros siete pasajeros. Estamos allí, esparcidos por la pista, manteniendo una distancia prudencial como partículas cargadas con la misma polaridad que se repelen al contacto. Nadie habla. Nadie se presenta. El ruido de las hélices corta cualquier intento de interacción humana, y pronto, la civilización se reduce a una red de luces lejanas que se hunden en el horizonte negro del océano.

Aethelgard aparece entre la bruma como una joya geométrica incrustada en una roca volcánica. No es una isla, es un manifiesto arquitectónico. Hormigón bruto, jardines verticales que parecen cascadas de esmeralda y ventanales que parecen ojos gigantes vigilando el mar. Al aterrizar, la temperatura baja de golpe. El aire tiene un sabor eléctrico, a ozono puro, como si estuviéramos dentro de una tormenta que aún no ha estallado.

—Bienvenidos a casa —dice una voz que parece brotar de las mismas paredes de piedra. No es humana, pero tiene una calidez sintética que me eriza el vello de la nuca.

Caminamos hacia la entrada principal. Una mole de cristal templado se desliza sin un solo roce. Siento mi corazón golpear mis costillas como un animal enjaulado. Al cruzar el umbral, el lujo es, tal como prometieron, cegador. Suelos de obsidiana pulida que reflejan mis pasos vacilantes, obras de arte que parecen respirar y una iluminación cenital que no deja una sola sombra donde esconderse.

—Soy Marcos —susurra un hombre a mi lado, rompiendo el pacto de silencio. Viste un traje que cuesta más que mi coche y tiene esa sonrisa de vendedor de seguros que sabe que te está estafando. Sus ojos se mueven inquietos, analizando cada moldura del techo—. ¿Tú también recibiste la invitación dorada?

Asiento sin mirarlo. Mi atención se centra en el hombre que encabeza el grupo. Es robusto, de manos grandes y cuello ancho, un tipo llamado Víctor que camina como si estuviera buscando la salida de emergencia más cercana incluso antes de entrar.

Nos conducen a un salón circular. Ocho sillas de diseño rodean una mesa de cristal negro. En el centro no hay comida, solo una pantalla táctil empotrada frente a cada asiento. Nos sentamos con una rigidez mecánica. Al fondo, a través del inmenso ventanal, el mar golpea las rocas con una furia inaudita, pero dentro el silencio es absoluto. El aislamiento acústico es tan perfecto que puedo oír mi propia sangre fluyendo por mis oídos.

—Por favor, pónganse cómodos —continúa la voz del anfitrión invisible—. El tratamiento de Aethelgard ha comenzado. Durante las próximas semanas, el mundo exterior dejará de existir. No hay cobertura, no hay satélites, no hay interferencias. Solo quedan ustedes y la verdad.

Esa palabra, "la verdad", resuena en mi cabeza como un disparo. Miro a los otros. Una mujer joven que no suelta su tablet, un anciano de aspecto aristocrático que mantiene la espalda tan recta que parece hecha de acero, un chico con tatuajes en el cuello que mira al suelo con un odio contenido. Todos tenemos algo en común. Lo veo en el fondo de sus retinas: ese pánico líquido que yo veo en el espejo cada mañana.

La cena se sirve sola. Brazos mecánicos, casi invisibles por su velocidad, colocan platos de una estética minimalista. Es comida exquisita, pero el olor me revuelve el estómago. El silencio se vuelve denso, una masa física que oprime mis pulmones.

—Esto es una locura —salta de pronto la mujer de la tablet, Clara—. He diseñado complejos de alta seguridad, y este lugar... este lugar no es un retiro. Los muros tienen sensores de presión. El aire está filtrado por sistemas de grado militar. ¿Quién diablos nos ha traído aquí?

Nadie responde. Marcos intenta mantener su fachada, tomando un sorbo de vino tinto que parece sangre bajo las luces LED.

—Sea quien sea, tiene buen gusto —bromea él, aunque su voz suena quebrada—. Disfrutemos del espectáculo. Seguro que mañana nos explican las reglas del juego.

Me levanto, incapaz de seguir sentada. Necesito aire, o al menos la ilusión de él. Me acerco al ventanal. La tormenta está empeorando afuera. Las olas saltan tan alto que la espuma golpea el cristal reforzado. En ese momento, me doy cuenta de algo que me hiela la sangre. Entre el reflejo del interior lujoso y la oscuridad del mar, veo un pequeño punto rojo parpadeando en la esquina superior del marco. Una cámara. Pero no una de seguridad normal; es una lente térmica que se mueve siguiendo el ritmo de mis latidos, enfocada directamente en mi carótida.

Me doy la vuelta para avisar a los demás, pero las luces del salón se atenuan de golpe. En las pantallas frente a cada silla aparece una imagen estática. Es una fotografía granulada, borrosa, tomada desde un ángulo alto. En ella se ve un cruce de carreteras bajo la lluvia, un coche volcado y una figura borrosa huyendo hacia la oscuridad del bosque.

El silencio que sigue es diferente. Ya no es incomodidad, es puro terror. Siento que el suelo de obsidiana desaparece bajo mis pies. Esa foto no debería existir. Yo me aseguré de que no hubiera cámaras aquel día. Me aseguré de que no hubiera testigos.

—Diez años —susurra la voz del anfitrión, ahora con un tono gélido—. Diez años es mucho tiempo para cargar con un cadáver en la conciencia, ¿verdad, Elena?

Todas las cabezas se giran hacia mí. Marcos suelta la copa de vino, que se hace añicos contra el suelo, tiñendo el mármol de un rojo oscuro y viscoso. Víctor se pone en pie con violencia, tirando su silla.

—¿De qué demonios habla esta máquina? —grita él, pero su voz tiembla—. Yo no conozco a esta mujer. Yo no tengo nada que ver con esto.

—Todos tienen que ver —replicó la voz—. Todos estaban allí. Cada uno de ustedes puso un ladrillo en el muro del silencio. Y ahora, Aethelgard va a derribar ese muro, ladrillo a ladrillo.

Mi pantalla cambia. Ya no es la foto del accidente. Ahora es un flujo de datos en tiempo real: mi ritmo cardíaco, mi nivel de cortisol, mi historial médico. Y debajo, en letras rojas que parpadean: *Estado: Culpable. Sentencia: En proceso.*

Un estruendo sordo sacude la isla. No es un trueno. Es el sonido metálico de las esclusas de seguridad sellándose. Las puertas de cristal por las que entramos son cubiertas por planchas de acero de diez centímetros de espesor. El aislamiento ya no es una invitación al lujo; es una sentencia de prisión. Corremos hacia el vestíbulo, pero los pasillos que antes parecían abiertos ahora son un laberinto de ángulos cerrados. El sistema de domótica empieza a emitir un zumbido de alta frecuencia que me provoca náuseas.

Víctor arremete contra una de las puertas con todo su peso, pero el impacto solo sirve para dislocarle el hombro. Su rugido de dolor rompe definitivamente la ilusión de civilización.

—¡Basta! —grito, con una autoridad que no sabía que poseía—. No va a abrirse así. Quien haya hecho esto quiere vernos pelear. Quiere que nos destruyamos entre nosotros antes de que él mueva un dedo.

Nos detenemos, jadeando. En las paredes, las pantallas digitales muestran nuestros nombres junto a fechas y lugares. Son las fechas de nuestros peores actos. De repente, un olor dulce y penetrante se filtra por la ventilación. No es gas venenoso, es algo que altera la percepción. Los colores se vuelven más intensos, las paredes parecen pulsar como un corazón orgánico.

—El juego ha comenzado —susurra la voz—. Bienvenidos a la primera noche del resto de sus vidas. Si es que logran que haya un mañana.

Siento que mis piernas fallan. Me apoyo en la pared, sintiendo el frío del metal oculto tras el papel tapiz de seda. Miró hacia el final del pasillo y veo a un hombre parado en las sombras. No es uno de los invitados. Es una figura alta, vestida de negro, con una máscara de espejo que me devuelve mi propia imagen distorsionada. La figura no se mueve, solo me observa.

Cuando parpadeo por el efecto del gas, la figura ha desaparecido. Pero en el suelo hay algo pequeño que brilla. Me arrastro hacia el objeto. Es un gemelo de camisa, de plata, con una inscripción grabada que conozco demasiado bien. Es el mismo gemelo que perdió el hombre que murió en el asfalto hace diez años.

El vacío en mi estómago es insoportable. Al levantar la vista, veo que los demás ya no están conmigo. El gas y la arquitectura cambiante de la casa nos han separado. Estoy sola en un pasillo infinito, rodeada de cámaras que no dejan de registrar cada uno de mis movimientos, cada una de mis lágrimas. El sistema de sonido empieza a reproducir una melodía suave, una canción de cuna que mi madre me cantaba. Pero la letra ha sido alterada, hablando de tumbas que se abren cuando la marea sube.

Me pongo en pie, apretando el gemelo contra mi palma hasta que el metal me corta la piel. La sangre gotea sobre el suelo blanco, un rastro vívido en la perfección aséptica de Aethelgard. Sé que cada gota está siendo analizada. No hay vuelta atrás. He aceptado la invitación al infierno pensando que sería un spa, y ahora el diablo quiere que baile al ritmo de mis propios pecados. Caminó hacia la oscuridad del siguiente bloque, sabiendo que en algún lugar de esta estructura de cristal y odio, los otros siete están haciendo lo mismo, cada uno enfrentándose a su propio fantasma mientras el verdugo invisible nos observa desde su trono de pantallas.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play