Ella renace en otra época, conoce su futuro y está decidida a cambiarlo.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Examen
El día del examen llegó con una quietud extraña.
No hubo caos.
No hubo prisas desordenadas.
Solo… un silencio contenido, como si todo en la casa supiera que ese momento era importante.
Rebecca ya estaba despierta antes del amanecer.
No porque necesitara repasar más.
Eso ya lo había hecho.
Una y otra vez.
Hasta que cada respuesta, cada concepto, cada estructura… estaba grabada en su mente con claridad.
Esa mañana no abrió ningún libro.
No repasó notas.
Solo se sentó frente a la ventana, con las manos apoyadas suavemente sobre su regazo, respirando con calma.
—Ya está —murmuró para sí misma.
Lo que tenía que aprender… lo había aprendido.
Ahora solo quedaba demostrarlo.
El sonido de ruedas sobre la tierra interrumpió el silencio.
El carruaje había llegado.
Su madre fue la primera en reaccionar, como siempre. Se acercó a la ventana y al ver el emblema en la puerta, sus ojos brillaron de inmediato.
—Rebecca… Es de la casa Sallow.
Había emoción en su voz.
Orgullo.
Una felicidad que iba más allá del momento en sí.
Para ella, ese carruaje no era solo transporte.
Era reconocimiento.
Era una señal.
Una validación tardía… pero esperada.
Rebecca se levantó con calma.
—Sí, lo sé.
No había desdén en su tono.
Pero tampoco emoción.
Para ella… era exactamente eso..
Un medio para llegar.
Nada más.
Aun así, cuando su madre la ayudó a acomodar su ropa, cuando la miró con los ojos húmedos y una sonrisa temblorosa…
Rebecca no dijo nada.
No discutió.
No intentó romper esa ilusión.
Porque entendía que esa felicidad… no le pertenecía a ella.
Le pertenecía a su madre.
Y no iba a arrebatársela.
Salió de la casa con pasos firmes.
El carruaje esperaba.
El escudo de la familia Sallow brillaba discretamente en la puerta.
El cochero inclinó la cabeza en señal de respeto y abrió la puerta para ella.
Rebecca subió sin dudar.
Sin mirar atrás.
Pero su madre sí lo hizo.
Se quedó de pie, observando cómo su hija partía en ese carruaje que, para ella, representaba todo lo que siempre había querido.
Casi como un sueño hecho realidad.
El trayecto fue… silencioso.
El sonido rítmico de los caballos, el leve balanceo del carruaje, el crujir de la madera… todo formaba una especie de música constante.
Rebecca apoyó la espalda, cerrando los ojos por un momento.
No había nervios desbordados.
No había miedo.
Solo una concentración tranquila.
[He hecho todo lo que podía]
Y eso… le bastaba.
Cuando el carruaje se detuvo, abrió los ojos.
Habían llegado.
La academia se alzaba frente a ella, imponente, elegante, exactamente como la recordaba… pero distinta al mismo tiempo.
Porque ahora… no la veía como antes.
Bajó del carruaje.
Y por un instante, una emoción sincera atravesó su pecho.
Era real.
Había vuelto.
Pero esa emoción no la desbordó.
No la descontroló.
Rebecca cerró los ojos un segundo, respiró profundo… y la contuvo.
—Concéntrate.
Cuando los abrió de nuevo, su mirada estaba clara.
Firme.
Sin titubeos.
No era el momento de emocionarse.
Era el momento de actuar.
Gracias a los recuerdos de su vida anterior, no dudó ni un instante. Sabía exactamente a dónde ir. Los pasillos, las puertas, la disposición del lugar… todo estaba grabado en su mente.
Caminó con seguridad.
Sin perderse.
Sin preguntar.
Llegó al salón del examen.
La puerta aún estaba abierta.
Algunos estudiantes ya estaban allí, otros llegaban poco a poco, con rostros tensos, susurros nerviosos, manos apretando libros o papeles por última vez.
Rebecca entró.
No llamó la atención.
No lo buscó.
Eligió su lugar.
Se sentó.
Y apoyó las manos sobre el escritorio.
Miró al frente.
Esperó.
Sin inquietud.
Sin ansiedad visible.
Como si todo ya estuviera en su lugar.
Porque en cierto modo… lo estaba.
El murmullo del salón crecía lentamente.
Pero ella permanecía en calma.
Lista.
No solo para entrar a la academia.
Sino para demostrar… que pertenecía ahí.
Y esta vez… no iba a ser invisible.
Cuando el examen llegó a sus manos, Rebecca no se apresuró.
Sintió el peso de las hojas al tomarlas, el leve roce del papel contra sus dedos… y por un instante, todo el murmullo del salón desapareció.
Solo estaban ella… y esas preguntas.
No escribió de inmediato.
Primero leyó.
Con calma.
Recorrió cada línea, cada consigna, cada detalle. Sus ojos se movían con precisión, sin saltarse nada, como si estuviera confirmando algo que ya sabía.
Y así era.
Las preguntas no la sorprendieron.
No hubo confusión.
No hubo duda.
A medida que avanzaba en la lectura, una sensación tranquila se asentó en su pecho.
[Tal como pensé… no varian mucho las preguntas]
Bajó la mirada hacia la hoja de respuestas.
Y entonces comenzó.
Su pluma se deslizó con seguridad, sin titubeos. No escribía rápido por ansiedad, sino con un ritmo constante, ordenado. Cada respuesta tenía estructura, claridad… intención.
No se apresuraba.
Pero tampoco se detenía innecesariamente.
Sabía lo que estaba haciendo.
Sabía cómo hacerlo.
El tiempo pasaba.
A su alrededor, algunos estudiantes fruncían el ceño, otros dudaban, algunos borraban y volvían a empezar. El sonido de las plumas, de las hojas moviéndose, de respiraciones contenidas… llenaba el ambiente.
Pero Rebecca estaba en otro ritmo.
En su propio ritmo.
Pregunta tras pregunta, avanzó sin encontrar ningún obstáculo real.
No porque fuera fácil.
Sino porque ella estaba preparada.
Cuando terminó la última respuesta, dejó la pluma sobre la mesa.
Miró el examen.
Y no se movió.
Podría haberlo entregado en ese instante.
De hecho, sabía que lo había hecho bien.
Pero no lo hizo.
Respiró hondo.
Y volvió a empezar.
No a responder.
A revisar.
Tomó la hoja nuevamente y leyó desde el principio, con la misma atención que al inicio. Buscando errores, detalles que mejorar, palabras que ajustar.
Corrigió pequeñas cosas.
Reordenó una frase.
Añadió una idea que podía hacer su respuesta más clara.
Nada desesperado.
Nada impulsivo.
Solo… precisión.
El tiempo siguió avanzando.
Uno a uno, algunos estudiantes comenzaron a levantarse. El sonido de las sillas arrastrándose rompía la concentración momentáneamente, seguido por pasos apresurados hacia el frente del salón.
Entregaban.
Se iban.
Algunos con alivio.
Otros con preocupación.
Rebecca los notaba… pero no se dejaba arrastrar por eso.
No tenía prisa.
No competía en velocidad.
Competía en calidad.
Cuando terminó de revisar por segunda vez, dejó el examen sobre la mesa.
Lo observó en silencio.
Y en ese instante… sintió algo distinto.
No ansiedad.
No duda.
Sino una certeza tranquila.
Había hecho todo lo que podía.
Y lo había hecho bien.
Esperó unos minutos más.
No por inseguridad.
Sino por decisión.
Hasta que el movimiento en el salón disminuyó, hasta que varias personas ya habían entregado… entonces, finalmente, se levantó.
Tomó el examen.
Caminó hacia el frente con pasos firmes, sin apuro, sin vacilación.
Cada paso era ligero… pero seguro.
Cuando lo dejó sobre el escritorio del examinador, no dijo nada.
No hacía falta.
Se dio la vuelta.
Y caminó hacia la salida.
Con la calma de alguien que no necesita mirar atrás para saber cómo le fue.
Porque en su interior… ya lo sabía.
Rebecca Sallow no había llegado hasta ahí por casualidad.
Había llegado preparada.
Consciente.
Responsable.
Y por primera vez en su vida… confiando plenamente en sí misma.