Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
NovelToon tiene autorización de Yingiola Macosay para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
sin promesas
La noche había avanzado sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Afuera, la ciudad seguía viva, iluminada por faroles y vitrinas, ajena a la tormenta silenciosa que se gestaba en el interior del restaurante. Amanda y Sebastián permanecían sentados uno frente al otro, con las copas casi intactas y los platos ya olvidados, como si el tiempo hubiera decidido concederles una tregua, para decir lo que durante años se habían negado.
El silencio entre ellos ya no era incómodo, pero tampoco era ligero. Estaba lleno de significados, de miradas que se sostenían más de lo debido, de gestos mínimos que delataban que, pese a todo, algo seguía latiendo.
Amanda fue la primera en mirar el reloj.
—Se hizo tarde. — dijo en voz baja, como si temiera romper algo frágil.
Sebastián asintió lentamente. Había pasado tanto tiempo esperando ese reencuentro, incluso sin saberlo, que ahora le resultaba imposible aceptar que estaba llegando a su fin.
—Sí… — Respondió.— No me di cuenta de la hora.
Amanda tomó su bolso y se levantó con calma. Sebastián hizo lo mismo casi al mismo tiempo, movido por un impulso que no quiso cuestionar. Caminaron juntos hacia la salida del restaurante, manteniendo una distancia prudente, pero consciente, como si ambos temieran que un roce accidental pudiera desatar lo que llevaban conteniendo desde hacía años.
Al cruzar la puerta, el aire nocturno los envolvió de inmediato. Era fresco, con ese olor particular de la ciudad después del anochecer: asfalto, flores lejanas y promesas incumplidas. Amanda se ajustó el abrigo y miró a su alrededor, buscando un taxi con la mirada.
Sebastián la observó durante unos segundos, debatiéndose internamente.
Sabía que podía despedirse ahí, con educación, con la falsa serenidad de dos personas que aparentan haber superado el pasado. Pero también sabía que, si la dejaba ir así, se arrepentiría.
—Amanda… — La llamó.
Ella se volvió hacia él.
—¿Sí?
Sebastián respiró hondo.
—Puedo llevarte a casa, si quieres. — Dijo. — Mi auto está aquí cerca. --
Amanda dudó.
La propuesta era simple, casi inocente, pero ambos sabían que no lo era. Aceptar significaba prolongar ese espacio íntimo que se había creado entre ellos, encerrarse juntos en un trayecto donde los recuerdos podrían volverse demasiado reales.
—No quiero molestarte —respondió Amanda con suavidad.
—No es ninguna molestia —replicó Sebastián de inmediato— De verdad. Además… es tarde.
Amanda lo miró a los ojos. Vio en ellos algo que no había cambiado: esa necesidad de cuidar, de proteger, que siempre había sido su lenguaje silencioso del amor.
—Está bien —dijo finalmente—. Gracias.
Caminaron hasta el auto sin hablar. Sebastián abrió la puerta para ella, como solía hacerlo antes, y Amanda se detuvo un segundo, sorprendida por el gesto. Una sonrisa leve, casi imperceptible, cruzó su rostro antes de subir.
El interior del vehículo estaba limpio, ordenado, con ese aroma familiar que mezclaba cuero y colonia discreta. Amanda se acomodó en el asiento del copiloto, mientras Sebastián rodeaba el auto y se sentaba al volante.
Cuando encendió el motor, el silencio volvió a instalarse, pero esta vez era distinto. Era un silencio íntimo, compartido, como el de las noches que alguna vez pasaron juntos, hablando de todo y de nada.
—¿Sigues viviendo en el mismo lugar? —preguntó Sebastián mientras avanzaban por la avenida.
Amanda negó con la cabeza.
—No. Me mudé hace tiempo —respondió—. Ahora vivo al otro lado de la ciudad. --
Sebastián asintió, memorizando mentalmente la dirección que ella le dio. Mientras conducía, no pudo evitar recordar cuántas veces había recorrido esas calles con ella a su lado, riendo, discutiendo, soñando, y hasta a veces soñando con un futuro incierto.
—Nunca pensé que volverías —confesó de pronto Sebastián.
Amanda apoyó la cabeza contra el respaldo y miró por la ventana.
—Yo tampoco pensé que volvería a verte Amanda. — Admitió—. Pero a veces… uno regresa al lugar donde se rompió para entender qué pasó.
Sebastián apretó ligeramente el volante.
—Yo me quedé —dijo—. Creí que quedarme era lo correcto. Pero ahora no estoy seguro de nada. --
Amanda lo miró entonces, con una mezcla de compasión y melancolía.
—Quedarse también puede ser una forma de huir —susurró.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos, cargadas de verdad.
El trayecto continuó entre conversaciones suaves, recuerdos que surgían sin esfuerzo y otros que se evitaban cuidadosamente. Hablaron del trabajo, de los años transcurridos, de las personas que habían conocido.
Pero lo que no decían pesaba más que cualquier confesión.
Finalmente, el auto se detuvo frente a un edificio discreto, iluminado por una luz amarillenta que proyectaba sombras largas sobre la acera.
—Es aquí —dijo Amanda, señalando la entrada.
Sebastián apagó el motor, pero no hizo ademán de bajar.
—Me alegra haberte visto —dijo, girándose hacia ella—. No sabía cuánto necesitaba esto. --
Amanda sostuvo su mirada.
—Yo también. — Respondió— Aunque duele un poco. --
—Las cosas importantes suelen doler —murmuró Sebastián.
Amanda sonrió con tristeza. Tomó su bolso y abrió la puerta, pero antes de bajar se detuvo.
—Sebastián… --
—¿Sí?
—Gracias por traerme. — dijo—. Y por… no fingir que no importó. --
Sebastián negó con la cabeza.
—Nunca dejó de importar. --
Amanda bajó del auto y cerró la puerta con cuidado. Dio unos pasos hacia la entrada del edificio, pero algo la hizo detenerse. Se volvió una última vez.
Sebastián seguía ahí, observándola desde el asiento, con una expresión de mezclaba, y nostalgia y esperanza contenida.
Se miraron en silencio durante unos segundos eternos.
—Buenas noches —dijo ella finalmente.
—Buenas noches, Amanda. --
Ella entró al edificio sin mirar atrás, aunque cada paso le pesaba como si se estuviera alejando de una parte de sí misma. Sebastián esperó hasta verla desaparecer antes de arrancar.
Mientras se alejaba, comprendió que ofrecerle llevarla a casa no había sido un simple gesto de cortesía. Había sido un intento silencioso de acortar la distancia que el tiempo había construido entre ellos.
No sabía si volverían a verse. No sabía si ese trayecto había sido un cierre o el comienzo de algo distinto. Pero por primera vez en muchos años, Sebastián sintió que el pasado ya no lo perseguía con la misma fuerza.
En algún lugar de la ciudad.
Amanda, apoyada contra la puerta de su departamento, entendía lo mismo.
A veces, el amor no regresa de golpe. A veces, solo se manifiesta en un auto detenido bajo la luz de un farol, en un ofrecimiento sencillo, en el silencio compartido de un camino nocturno.
Y eso, aunque no lo solucionara todo, era suficiente para volver a respirar.
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.