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SOMBRAS DE AETHELGARDEn el corazón de Aethelgard, los secretos pesan más que las coronas.
Isolde tiene solo diecisiete años, ojos del color del cielo y una fragilidad que parece quebrarse con el viento. Criada para obedecer, es entregada como un trofeo al hombre más temido del reino: Alaric "El Carnicero". Un gigante de casi dos metros con mirada de asesino y manos acostumbradas a la sangre. Todos dicen que es un monstruo, un mujeriego sin alma, y el miedo de Isolde es tan real como el frío de las paredes del castillo.
Pero tras los muros de su habitación, la realidad es otra. Mientras Isolde intenta demostrar que ya es una mujer y exige el lugar que le corresponde en su cama, Alaric la rechaza con una brutalidad que la deja sin aliento. La sujeta con manos de hierro, la maltrata con palabras cortantes y la mantiene a una distancia que ella no comprende. Él la ve como una niña; ella lo ve como su dueño.
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Capítulo 24: Calor en la Ventisca
El cielo sobre Aethelgard se derrumbó en una cortina de blanco absoluto. Lo que había comenzado como una nevada persistente se transformó, en menos de una hora, en una ventisca feroz que aullaba entre los picos como una manada de lobos hambrientos. El viento soplaba con tal violencia que la nieve golpeaba el rostro de Isolde como fragmentos de cristal, cortando su piel y cegándola. Cada paso era una batalla contra la gravedad y el cansancio; sus botas pesaban como si estuvieran hechas de plomo, y el frío había dejado de ser una sensación para convertirse en un dolor sordo y constante que le robaba la voluntad.
Delante de ella, la silueta de Alaric era lo único que la mantenía cuerda. Su esposo avanzaba con la cabeza agachada contra el viento, su capa de piel de oso ondeando como un estandarte de guerra. Parecía imperturbable ante los elementos, un titán de hierro que desafiaba al invierno mismo. Sin embargo, Isolde sabía que debajo de esa apariencia de invulnerabilidad, la herida de su hombro debía de estar gritando de dolor con cada movimiento brusco.
Alaric no le había dirigido la palabra desde que salieron del "Refugio del Cuervo". Su silencio era un muro de hielo más infranqueable que la propia tormenta. Cada vez que ella tropezaba, él la sujetaba por el brazo con una firmeza mecánica, la ponía en pie sin mirarla y seguía caminando. No había rastros del hombre que la había abrazado en el delirio; solo quedaba el Duque huraño que se arrepentía de su propia humanidad.
—¡No puedo más! —el grito de Genevieve se perdió casi por completo en el rugido de la tormenta.
La amiga de Isolde se había desplomado sobre las rodillas, con Cédric intentando levantarla desesperadamente. El grupo se detuvo en seco. Alaric se giró, y a través de la neblina de nieve, sus ojos café buscaron a Isolde. Vio que ella también estaba al límite, con los ojos azules entornados y el cuerpo temblando con una violencia que asustaba.
—¡Allí! —rugió Alaric, señalando una grieta estrecha en la base de un risco de granito—. ¡Entren todos! ¡Ahora!
El espacio era apenas una hendidura en la roca, lo suficientemente profunda para protegerlos del viento directo, pero demasiado pequeña para ofrecer comodidad. Cédric y Genevieve se acurrucaron en el fondo, envueltos en sus mantas, intentando recuperar el aliento.
Isolde se dejó caer cerca de la entrada, agotada. Sus manos estaban tan entumecidas que ni siquiera podía cerrar los dedos. El frío la estaba envolviendo en una somnolencia peligrosa, esa que precede al final.
Sintió unas manos grandes y pesadas agarrándola por los hombros. Alaric la arrastró hacia el rincón más alejado del viento, sentándola bruscamente contra la piedra. Él se sentó frente a ella, bloqueando con su inmensidad de casi dos metros cualquier ráfaga de aire que lograra filtrarse.
—Quítate las botas —ordenó Alaric. Su voz era áspera, desprovista de cualquier matiz de ternura.
—No... no puedo mover las manos —susurró Isolde, sus dientes castañeando tanto que apenas podía articular las palabras.
Alaric soltó un gruñido de fastidio, pero se inclinó hacia adelante. Con una eficiencia brutal, le quitó las botas y empezó a frotar sus pies helados con sus manos enormes. El calor de sus palmas, callosas y calientes, fue como un choque eléctrico para el cuerpo de Isolde. Ella soltó un pequeño gemido cuando la circulación empezó a volver, un dolor punzante que era, al mismo tiempo, un alivio.
—Te dije que este viaje te rompería —dijo él, sin levantar la vista de su tarea—. Eres demasiado frágil para este mundo, Isolde. Tu lugar estaba en un salón de baile, no en medio de una cacería humana.
—Mi lugar está donde yo decida —respondió ella, recuperando un poco de fuego en la mirada—. Y deja de hablar de mí como si fuera una muñeca de cristal. He sobrevivido al túnel, al asedio y a tu mal humor. Creo que puedo con un poco de nieve.
Alaric levantó la cabeza. Sus ojos café se clavaron en los de ella. La proximidad en ese espacio tan reducido era asfixiante. Isolde podía oler el aroma a cuero, acero y ese rastro de sangre que todavía emanaba de su vendaje. La tensión entre ellos, esa mezcla de deseo reprimido y hostilidad defensiva, se volvió tan física como el frío que los rodeaba.
Sin decir una palabra, Alaric la atrajo hacia su pecho. La sentó entre sus piernas, de espaldas a él, y la rodeó con sus brazos masivos. La cubrió con su capa de piel de oso, atrapándola en un capullo de calor humano. Isolde sintió la dureza de su pecho contra su espalda y la vibración de su respiración en su cuello.
—No te confundas, Isolde —susurró él contra su oreja, y su voz era ahora un ronquido bajo que la hizo temblar por razones muy distintas al frío—. Hago esto porque te necesito viva para mis planes. No creas que lo que pasó anoche ha cambiado algo. Sigo siendo el Carnicero.
—Y sigues siendo un mentiroso —respondió ella, aunque se acomodó más contra él, buscando su calor—. Me aprietas como si tuvieras miedo de que me desvanezca en la nieve. Un hombre que solo piensa en "planes" no abraza con tanta desesperación.
Alaric no respondió, pero sus manos bajaron de sus hombros a su cintura, apretándola con una fuerza que rozaba la posesividad más absoluta. Sus dedos se hundieron en la lana de su vestido, y por un momento, la ventisca afuera dejó de existir. Solo importaba el calor que compartían, la fricción de sus cuerpos y esa guerra silenciosa que libraban por no admitir que se necesitaban más que el aire mismo.
Isolde sintió cómo la cabeza de Alaric se apoyaba en su hombro, su barba rozándole la piel sensible. Él estaba exhausto, herido y furioso, pero en ese refugio de piedra, bajo el peso de la nieve, el monstruo de Aethelgard estaba usando todo su poder solo para mantener a su pequeña duquesa caliente.
—Si muero en esta tormenta, Alaric —susurró ella, cerrando los ojos—, prométeme que no dejarás que Valerius gane.
Alaric apretó los dientes, su mandíbula de granito rozando la sien de ella.
—No vas a morir —dijo él, y su voz fue una promesa de sangre—. No te daré ese placer. Tienes una vida entera por delante para que yo pueda seguir atormentándote.
Se quedaron así, fundidos en un solo bloque de calor y resistencia, mientras la tormenta rugía afuera. En la oscuridad de la grieta, Isolde se dio cuenta de que, aunque Alaric intentara alejarla con sus palabras de hielo, sus acciones siempre la traían de vuelta a su fuego. La cacería continuaría al amanecer, pero esa noche, el invierno había encontrado un rival que no podía vencer.