Darién, un joven orgulloso, prejuicioso, al lado de su grupo de amigos se ve envuelto en una saga de estrategias en donde su única ambición es acabar con el aburrimiento.
La élite, como se hacen llamar. inician el juego de sus vidas, uno que comenzó como un simple experimento pero que pondrá sus mundos de cabeza.
NovelToon tiene autorización de Tintared para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Acortando la distancia.
El viernes cayó sobre Heidelberg envuelto en una lluvia fina, persistente, de esas que no empapan de golpe, pero terminan calándose hasta los huesos.
Las gotas resbalaban por los cristales de los autos de lujo alineados frente a la facultad, distorsionando las luces, volviendo todo… ligeramente irreal.
Darién Herzog debería haber estado ahí. De pie. Impecable. Intocable.
Con una copa en la mano, escuchando discursos vacíos sobre poder, expansión y legado, mientras su apellido hacía todo el trabajo por él.
Pero no estaba, su mente no estaba ahí, estaba atrapada en otro lugar, más pequeño, más cálido, más… real. Entre el olor a harina, azúcar tostada…
y el recuerdo incómodo de unas palabras que no lograba sacudirse.
No era la primera vez que alguien lo enfrentaba.
Pero sí la primera que le importaba.
Se marchó sin despedirse. Ni una explicación.
Ni una mirada hacia Holga, que reía rodeada de admiradores como si el mundo entero fuera un espejo diseñado para reflejarla.
Tomó el auto y condujo. No rápido, no impulsivo, sino decidido.
Se repitió mentalmente que necesitaba comprobar lo de los cultivos.
Se juró que era estrategia.
Pero en el fondo… sabía que había algo más, algo que simplemente lo llamaba sin ninguna explicación, sin ninguna forma de negarse.
La campanilla de la pastelería sonó suave, demasiado suave para la tensión que trajo consigo.
Aranza estaba de espaldas, acomodando bandejas. Sus movimientos eran mecánicos, precisos… pero no relajados.
Cuando de repente vio su reflejo en el vidrio, se detuvo solo un segundo, lo suficiente para sentirse vulnerable.
—Llegas tarde, Herzog.—dijo con los hombros caídos. No se giró, continúo acomodando, su voz no tenía la rabia de siempre, más bien parecía decepcionada, visiblemente cansada.
Darién cerró la puerta con calma, dejando que el calor del lugar lo envolviera. El contraste con la lluvia en su abrigo lo hizo consciente de algo que no esperaba: alivio, confort, seguridad.
—¿Tarde? —replicó, quitándose los guantes con lentitud—. No recuerdo haber agendado nada contigo.
Aranza soltó el aire por la nariz, como conteniendo algo. Se giró, sus ojos lo encontraron, y por un instante… vacilaron.
No era debilidad, era algo más complejo.
—Dijiste que volverías, al día siguiente, y al siguiente.—Dijo mientras se limpiaba las manos en el delantal.
—Pasaron tres días. —Continúo con una sonrisa breve, amarga, cruzando su rostro. —Pero está bien… —añadió—. Olvidé por un momento cómo funcionan las cosas contigo.—Tu palabra no vale nada, esto es solo un estúpido juego de un niño caprichoso.
Aranza bajó la mirada, ahí estaba el golpe, directo, sin adornos.
Darién no respondió de inmediato, la observó de verdad, sus ojos verdes, su cabello atado en una coleta, incluso las ojeras y evidentes noches de llanto lo cautivaron.
Algo en su expresión cambió, por primera vez no se sintió atacado, se sintió… expuesto.
Una sonrisa distinta apareció en sus labios, más lenta, más honesta, en definitiva, peligrosa.
Se acercó sin prisa, invadiendo ese espacio que Aranza siempre defendía.
—Me disculpo —dijo en voz baja—. No pensé que te importara.
Darién se acercó un poco más a ella, acomodando un mechón de cabello detras de su oreja.
—No imaginé que la famosa “criminal” de Heidelberg estuviera esperando al idiota de la Élite.
Aranza sostuvo la mirada, no retrocedió, pero tampoco se quedó callada, debía borrar sus palabras anteriores.
—No esperaba nada —mintió. Sin embargo el ligero rubor en sus mejillas la traicionó.—Solo odio que me mientan.
Sus palabras tenían un cierto grado de verdad, odiaba las mentiras aunque también era cierto que una parte de ella se encontraba molesta por la promesa rota.
Darién la estudió un segundo más, como si estuviera aprendiendo algo nuevo.—Entonces no lo haré otra vez.—respondió sin ironía, sin juego.—Tienes mi palabra.—Agrego buscando su mirada.
Aranza cruzó los brazos, volviendo a su postura defensiva, pero menos firme.—Tu palabra no vale mucho fuera de tu mundo, Herzog.
Darién ladeó la cabeza.—Quiza, pero aquí no estoy en ese mundo.
El silencio que siguió fue distinto,más denso, más íntimo.
Aranza bajó ligeramente la guardia… Lo cual resultaba peligroso ante aquel lobo disfrazado de oveja.
—¿Qué quieres en realidad? —preguntó finalmente—. No me vendas la idea de que esto es casual.—Dijo clavando sus ojos en los de él, sin miedo.
—No soy tu tipo. No soy tu juego. No soy parte de tu mundo. —Continúo acortando aún más el espacio entre ambos—¿Entonces qué soy?
Darién apoyó una mano en el mostrador, pasó sus dedos por su cabello, nervioso pero ocultandolo.
—Un problema —respondió.
Las palabras cayeron como un balde de agua fría, pero misteriosamente no sonó como insulto, su tono mostraba interés.
Sus ojos azules no se apartaron de los de ella, un ligero temblor le recorrió el cuerpo.—¿Y sabes una cosa? En realidad me gustan los problemas.
Aranza sostuvo el aire. Y por primera vez…
sonrió. Una sonrisa que nacía desde el fondo de su alma. Aquellas palabras no parecían tener ningún rastro de burla, pero al mismo tiempo sentía el peligroso en el aire.
—Entonces te equivocaste de lugar.— Dijo finalmente, girandose, tomando una bandeja. —Aquí no resolvemos problemas.— Dijo mirándolo de reojo.—Los empeoramos.
Darién soltó una risa baja, real.
—Perfecto. Entonces dame algo dulce.
Aranza alzó una ceja.
—¿Después de desaparecer tres días?
Tomó una galleta dejándola frente a él.
—Eso es lo único que te mereces.
Darién miró la galleta, Luego a ella.
—¿Castigo?
—Consecuencia. —Respondió Aranza con un brillo en los ojos.
Sus miradas se sostuvieron, y en ese cruce… algo cambió. Algo que ninguno de los dos nombró. Pero ambos sintieron.
—Mañana —dijo él finalmente, enderezándose—. Volveré.
No era una promesa ligera esta vez, era una decisión.
Dio un mordisco a la galleta, el sabor era exquisito, la textura parecía la de un polvorón, Aranza tenía un don. Se colocó el abrigo, pero antes de salir se giro con una calma que desarmaba. —Y esta vez —añadió— no voy a llegar tarde.
Aranza no respondió, pero no apartó la mirada.
Y eso… ya era suficiente para alguien tan arrogante.
Afuera, la lluvia seguía cayendo, Darién no subió al auto de inmediato, se quedó mirando hacia adentro, a través del vidrio empañado.
La silueta de Aranza moviéndose entre luces cálidas, ajena… o fingiendo estarlo.
Y entonces lo entendió.
No era el desafío.
No era la conquista.
No era el juego.
Era ella.
Su forma de hablar, de sostenerse, de no rendirse.
Simplemente había algo en Aranza que no podía comprarse. Y eso… eso lo volvía adictivo.
Pero había un problema, uno real.
Mientras él empezaba a acercarse a la única persona que no debería importarle… el plan contra Idril seguía avanzando.
Implacable.
Frío.
Perfectamente diseñado.
Darién lo sabía. Sabía que tarde o temprano… todo terminaría, y cuando lo hiciera, no habría forma de salir intacto.