Renace en la novela que estaba leyendo.. el día de la boda con el conde mudo.. Pero ella cambiará su destino.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Verde y Dorado
El salón permanecía cargado de una tensión espesa.
Daniel no se había movido del centro de la habitación. El sonido de los pasos de Emma alejándose por la escalera aún parecía resonar en sus oídos.
Los Devlin no estaban dispuestos a dejarlo en silencio esta vez.
—¿Sabes cuánto se ilusionó? —exigió Damián, caminando de un lado a otro—. Era su primera obra como condesa, Daniel. La primera.
David asintió con el ceño fruncido.
—Planeó todo durante días. Revisó cada caja. Se aseguró de que nada faltara. Incluso pensó en cómo se vería el escudo para que tú te sintieras orgulloso.
Daniel apretó ligeramente la mandíbula.
Sabía todo eso ahora.
Pero demasiado tarde.
—Y la sorpresa… —continuó Damián—. No queríamos decírtelo, pero era para ti. Quería que vieras las cajas ya pintadas y entendieras que era un trabajo familiar.
El abuelo golpeó el suelo con el bastón, haciendo eco en las paredes.
—¡Pinté más de una decena de escudos con estas manos! —bramó—. ¿Sabes cuánto tiempo no hacía eso? ¿Sabes lo que significa para mí ese verde y ese dorado?
Daniel bajó la mirada apenas.
El anciano avanzó un paso.
—Ella no solo organizó una caridad. Nos unió. Nos hizo trabajar juntos. Eso no lo había logrado nadie desde hace años.
David agregó, más firme..
—Y encima vas con Vanessa.
El nombre cayó pesado.
—Sabías que ella habló mal de Emma en el mercado —dijo Damián—. Lo reconocieron hasta los Collins en su carta de disculpas. Admitieron que los rumores comenzaron por comentarios imprudentes de su hija.
Daniel cerró los ojos un segundo.
Recordaba esa carta.
La había leído con atención.
Había subrayado la frase donde Collins pedía disculpas por “comentarios desafortunados difundidos por miembros jóvenes de la familia”.
Vanessa.
—Y ahora —continuó David con incredulidad— ella se lleva el reconocimiento de entregar las donaciones que Emma misma ordenó y empaquetó.
—Frente al pueblo —añadió Damián—. Seguramente sonrió como si todo fuera idea suya.
Daniel sintió un peso en el pecho.
No había prestado atención a eso en el momento.
Solo había querido cumplir.
Pero en el silencio de la sala, comenzó a reconstruir la escena..
Vanessa caminando entre la gente.
Saludando.
Atribuyéndose presencia.
El abuelo lo miró con una mezcla de furia y decepción.
—Esta vez sí que te equivocaste, muchacho.
Los gemelos lo dijeron casi al mismo tiempo..
—Esta vez sí que te equivocaste, hermano.
—La cuñada no se merecía eso..
La palabra.. hermano.. dolió más que el reproche.
Daniel respiró profundo.
No intentó justificarse.
No tomó papel ni pluma para escribir una explicación apresurada.
Sabía que ninguna frase corta podría reparar lo que había hecho.
El abuelo volvió a hablar, más grave ahora.
—Una esposa no necesita que la “rescaten” de su propio trabajo. Necesita que confíen en ella.
Daniel levantó lentamente la mirada.
Confianza.
Eso era.
Había creído que la ayudaba.
Había supuesto que Emma estaba sobrepasada.
Había decidido por ella.
Y, peor aún, había permitido que otra mujer ocupara el lugar que le correspondía a su esposa.
El silencio que siguió ya no era furioso.
Era pesado.
Expectante.
Daniel giró la cabeza lentamente hacia la escalera por donde Emma había desaparecido.
Ya no escuchaba reproches.
Solo veía su sonrisa quebrada.
Sus manos manchadas de verde y dorado.
Y por primera vez desde que había asumido el título, el conde Devlin comprendió que gobernar tierras era sencillo comparado con cuidar el corazón de su esposa.
Esa misma tarde, después de que el salón quedara en silencio y cada Devlin se retirara aún molesto, Daniel no volvió a su despacho.
Se quedó solo unos minutos, inmóvil, con la mirada fija en el escudo pintado que aún podía verse desde la puerta del patio.
Verde y dorado.
Los colores que habían manchado las manos de Emma.
Sin decir una palabra, tomó papel y escribió una orden breve y precisa para el administrador de la casa..
“Un collar. Oro y piedras verdes. Lo mejor disponible. Hoy.”
El sirviente comprendió la urgencia en la caligrafía firme y salió de inmediato hacia el joyero más prestigioso del condado.
Daniel no era hombre de gestos pequeños cuando decidía hacer algo.
Si había herido a su esposa, quería ofrecerle algo digno de ella. Algo que llevara los colores de la casa Devlin. Algo que simbolizara que ella era la condesa, la legítima señora de ese verde y ese dorado.
La noche cayó sobre la mansión.
El collar llegó envuelto en terciopelo oscuro. Las piedras verdes brillaban profundas, casi como esmeraldas, engarzadas en delicadas filigranas de oro que reflejaban la luz de las lámparas.
Daniel lo sostuvo entre los dedos.
Era hermoso.
Pero no sentía alivio.
Subió las escaleras en silencio.
Cada paso parecía más pesado que el anterior.
Al abrir la puerta de su habitación, la luz tenue de las velas iluminaba apenas la estancia. Emma dormía de lado, el cabello extendido sobre la almohada.
Se acercó despacio.
Y entonces lo vio.
Sus ojos estaban hinchados incluso en el sueño. Las pestañas aún húmedas. La tela de la almohada tenía una mancha oscura donde las lágrimas habían sido absorbidas.
Emma había llorado.
Mucho.
Daniel sintió algo que no supo nombrar.
No era solo culpa.
Era una presión en el pecho que le dificultó respirar por un instante.
Se sentó al borde de la cama con cuidado de no despertarla.
Observó su rostro.
El leve fruncir de sus cejas incluso dormida.
La fragilidad que no había mostrado abajo, cuando fingió aquella sonrisa.
Recordó cómo había preferido mantener la compostura antes que reclamarle.
Cómo no gritó.
Cómo no lo acusó.
Y entendió algo doloroso.
Hubiera preferido que ella le gritara.
Que lo enfrentara con la misma furia que el abuelo y los gemelos.
Hubiera soportado mil reproches antes que esa tristeza silenciosa.
Porque los gritos.. Se enfrentan.
Pero las lágrimas que se derraman en soledad…
Esas pesan distinto.
Y él era el responsable de cada una.
Con cuidado, dejó la caja del collar sobre la mesa junto a la cama.
Extendió la mano, dudó un segundo… y finalmente apartó un mechón de cabello de la frente de Emma con infinita suavidad.
No podía pedirle perdón en voz alta.
No podía decirle cuánto lamentaba haberla herido.
Pero en ese momento, mirándola dormir con los ojos aún inflamados, Daniel comprendió que ningún collar.. por hermoso que fuera.. podría borrar lo que había causado.
Y por primera vez en mucho tiempo, el conde Devlin se sintió verdaderamente indefenso.
Maravilloso Daniel sigue asi👏