Completa
Sofía Marchetti llegó a Puerto Sereno con dos maletas, un equipo de buceo y el corazón roto. Vino a estudiar los arrecifes de coral. A esconderse del mundo. A recordar quién era antes de que un hombre la convenciera de que no era suficiente.
Lo que no esperaba era a Andrés Villareal.
Alto, silencioso, con las manos curtidas por el mar y una mirada que no sabe mentir. Un hombre que no juega, no esconde, no promete lo que no puede cumplir. Todo lo contrario a lo que Sofía conocía.
Pero Sofía aprendió a desconfiar. Y las heridas que no se ven son las que más duelen.
Entre buceos al amanecer, noches con olor a sal y un océano que parece guardar secretos, dos personas que no buscaban nada terminarán encontrándose de la única manera que el mar permite:
Sin aviso. Sin red. Sin vuelta atrás.
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Capítulo 7 — Después del beso
El pueblo entero pareció notar que algo había cambiado.
O quizás solo lo notó Val.
Que era básicamente lo mismo.
Sofía estaba desayunando en la cocina de Doña Carmen cuando Val apareció por la puerta con esa energía suya de quien trae noticias y no puede contenerlas.
Se sentó frente a ella. La miró. Entornó los ojos.
—¿Qué pasó?
—Nada — dijo Sofía, mirando su taza.
—Sofía Marchetti.
—Val.
—Tienes una cara que no tenías ayer.
—Es la misma cara de siempre.
—Mentira. — Val se inclinó hacia adelante —. ¿Te besó?
Sofía levantó la vista. Y cometió el error de tardarse medio segundo en responder.
Val dio un golpe en la mesa que hizo saltar las tazas.
—¡Sabía! — exclamó, y Doña Carmen asomó la cabeza desde la sala con expresión alarmada —. ¡Perdón, Doña Carmen! — gritó Val, y luego bajó la voz hasta un susurro que no era susurro —. Cuéntame todo. Ahora. Sin omitir nada.
Sofía contó lo justo.
La tormenta. La ensenada. Las manos entrelazadas. El beso.
Val la escuchó con una atención que no le conocía para nada más en la vida. Cuando Sofía terminó, se quedó en silencio tres segundos completos — lo cual para Val era equivalente a una eternidad.
—Andrés Villareal te besó — dijo, como confirmando un hecho histórico —. Andrés. Villareal. El mismo que en siete años no le ha dado pie a ninguna mujer de este pueblo.
—¿Ninguna? — dijo Sofía, y odió lo mucho que le importaba la respuesta.
—Ninguna. — Val negó con la cabeza —. Mira, han intentado. Él es... — hizo un gesto vago que abarcaba todo — obvio. Pero siempre nada. Siempre distancia. — La miró fijo —. Contigo es diferente desde el primer día. Yo lo vi.
Sofía miró su café.
—No sé qué significa — dijo, honestamente.
—Significa que le importás — dijo Val, simple —. Para Andrés eso es más que suficiente declaración de intenciones.
En el muelle, esa mañana, todo fue igual que siempre.
Andrés estaba preparando la lancha cuando Sofía llegó. La saludó con un gesto. Ella acomodó su equipo. Salieron.
El mar estaba tranquilo y azul como si la tormenta de ayer hubiera sido un sueño.
Sofía estuvo tentada de pensar que el beso también.
Hasta que, cuando iban a medio camino del primer punto de estudio, Andrés dijo — sin mirarla, con la vista al frente:
—¿Dormiste bien?
—Sí — dijo ella —. ¿Y tú?
Una pausa.
—No mucho.
Sofía lo miró de perfil.
—¿Por qué?
Andrés giró la cabeza y la miró directo. Con esos ojos azules que a plena luz del día eran completamente injustos.
—¿Tú sí? — preguntó, en lugar de responder.
Sofía sostuvo su mirada.
—No — admitió.
Algo cruzó por la cara de Andrés que se parecía mucho a la satisfacción. Volvió a mirar al frente.
Pero esta vez, cuando puso el brazo sobre el borde de la lancha, lo hizo rozando el hombro de Sofía. Y ninguno de los dos se movió.
Esa tarde, de regreso, mientras recogían el equipo en el muelle, el teléfono de Andrés vibró.
Lo sacó. Lo miró. Y ocurrió algo que Sofía no había visto antes — su cara entera cambió. Se abrió. Como cuando el sol sale de golpe después de días nublados.
—¿Pasa algo? — preguntó Sofía.
Andrés le mostró la pantalla sin decir nada.
Era un video.
Valeria — porque no podía ser nadie más — con el pelo negro rizado en dos coletas desprolijas y los ojos azules enormes, sosteniendo un pez de plástico naranja frente a la cámara y gritando con una voz agudísima:
—¡Papá! ¡Mira lo que me regaló el abuelo! ¡Le puse Nemo! ¡Papá mira! ¡Papá! ¡PAPÁ!
Y luego un beso sonoro directo a la cámara.
Sofía sintió que el corazón se le derretía completamente.
Miró a Andrés. Tenía los ojos fijos en la pantalla con una expresión que ella nunca le había visto — suave, completamente abierta, sin ninguna de las paredes que cargaba todo el tiempo.
—¿Cuándo vuelve? — preguntó Sofía, en voz baja.
—El viernes — dijo él. Y en esa sola palabra había más emoción que en todo lo que le había dicho en semanas.
—¿Cuántos años tiene?
—Siete. — Guardó el teléfono y la miró —. Se llama Valeria.
Era la primera vez que se lo decía. Que lo ofrecía así, voluntariamente, sin que ella preguntara.
Sofía entendió el peso de eso.
—Es preciosa — dijo, simplemente.
Andrés la miró un momento.
—Sí — dijo —. Lo es.
El jueves por la noche Val organizó una cena en su casa.
Estaban ella, Sofía, Miguel y dos amigas más — Carmen Rosa, enfermera del pueblo, bajita y de risa contagiosa, y Luisa, maestra de la escuela, seria pero con un humor seco que aparecía justo cuando uno menos lo esperaba.
Andrés llegó tarde, con una botella de ron y sin dar explicaciones, como era su costumbre.
Se sentó frente a Sofía.
Durante toda la cena, cada vez que ella hablaba, él la miraba. No de manera obvia — no era un hombre obvio — pero Sofía lo sentía. Como se siente el sol en la piel aunque uno no lo esté mirando.
Miguel, que no era tonto, lo notó también.
—Andrés — dijo en un momento, con su sonrisa fácil —, ¿cuándo fue la última vez que saliste a pescar de noche?
—¿Por qué?
—Por nada. Es que te veo distraído últimamente. — Le lanzó una mirada brevísima a Sofía —. Debe ser el clima.
Andrés lo miró con una calma que era en sí misma una advertencia.
—El clima está bien — dijo.
Miguel sonrió en su vaso.
Val pateó a Sofía por debajo de la mesa. Sofía fingió que no pasaba nada.
Cuando la noche terminó y todos se fueron, Andrés caminó junto a Sofía de regreso a la casa de Doña Carmen.
Como siempre. Como si fuera lo más natural del mundo.
Llegaron a la puerta.
Se detuvieron.
Y esta vez no hubo la tensión de las otras noches — esa tensión de dos personas que quieren algo y no saben si cruzar la línea. Esta vez la línea ya estaba cruzada y los dos lo sabían.
Andrés se acercó. Lento. Le puso una mano en la mandíbula — con esa delicadeza suya que contrastaba con todo lo grande y firme que era — y la besó.
Despacio. Profundo. Sin prisa.
Como alguien que ya no tiene miedo de querer lo que quiere.
Sofía puso las manos en su pecho y se rindió completamente — porque con Andrés Villareal rendirse no se sentía como perder. Se sentía como llegar.
Cuando se separaron, él apoyó su frente contra la de ella.
—Mañana llega Valeria — dijo, en voz baja.
—Lo sé.
—Quiero que la conozcas.
Sofía abrió los ojos.
Lo miró. Él la miraba de frente — sin disimulo, sin retroceder. Ofreciéndole algo que Sofía entendió que no ofrecía fácilmente.
—¿Estás seguro? — preguntó ella, despacio.
—No soy un hombre que diga cosas que no está seguro — dijo Andrés.
Sofía sonrió. Despacio, desde adentro.
—Está bien — dijo —. Quiero conocerla.
Andrés asintió. Le rozó la mejilla con el pulgar una sola vez. Y se fue.
Esa noche Sofía no escribió en su cuaderno.
Se quedó sentada en la cama mirando la ventana y el mar oscuro detrás, con el corazón tan lleno que las palabras no alcanzaban.
Por primera vez en mucho tiempo no intentó entender lo que sentía.
Simplemente lo dejó estar.
Fin del Capítulo 7 ✨