La tarea del príncipe elfo es sencilla; debe preparar una humana para sellar el pacto entre el mundo de ella y el de él. La conoce desde niña, y cuando descubre que el ritual es un sacrificio y lo empiezan a presionar para que la entregue, hará lo que sea necesario para salvarla.
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CAPÍTULO 16 La caída de Hassan
El cielo de Hassan ardía.
No era fuego lo que lo teñía de rojo, sino algo más antiguo, más oscuro: la magia de Malakor desgarrando la realidad. El sol violeta se ocultaba tras un manto de sombras vivientes, y las torres del palacio negro parecían encogerse bajo su mirada.
Angrod cabalgaba al frente de los olvidados.
Cincuenta jinetes. Cincuenta almas. Cincuenta corazones latiendo al ritmo de una sola esperanza.
Leila iba a su izquierda. No montaba a caballo —nunca había aprendido—, pero Círdan le había conseguido una yegua blanca de paso suave. Su cabello dorado ondeaba al viento como un estandarte.
—¿Miedo? —preguntó Angrod.
—Sí —respondió ella—. ¿Tú?
—Sí.
—Menos mal. Pensé que era la única.
—Nunca estás sola.
Ella sonrió. Era una sonrisa pequeña, tensa, pero real.
—Lo sé —dijo—. Por eso no huyo.
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Las puertas de Hassan estaban abiertas.
No era una invitación. Era una herida.
El ejército de Malakor había atravesado las murallas exteriores como papel mojado. Las sombras pululaban por las calles, devorando todo a su paso: soldados, civiles, niños. No hacían distinción.
—Dioses —susurró alguien detrás de Angrod.
—No —respondió él, con voz de acero—. Esto no es obra de dioses. Es obra de un hombre que olvidó cómo serlo.
Desenvainó la espada.
—¡Por Hassan! —gritó—. ¡Por los olvidados! ¡Por todos los que no pueden luchar!
—¡Por la luz! —respondió Leila, alzando las manos.
Y cargaron.
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La batalla fue un caos.
Angrod se movía entre las sombras como un bailarín entrenado en la muerte. Su espada cantaba, giraba, cortaba. Cada golpe derribaba una criatura, cada paso dejaba un rastro de cenizas.
Pero eran demasiadas.
—¡A la izquierda! —gritó Leila, y un haz de luz atravesó a tres sombras que se abalanzaban sobre un grupo de soldados.
—¡Detrás! —respondió él, y su espada decapitó a una criatura que intentaba flanquearla.
—¡Arriba!
—¡Abajo!
Se movían como un solo ser. Sus cuerpos habían aprendido el idioma del otro durante las noches de entrenamiento y amor, y ahora ese idioma se traducía en guerra.
—¡Angrod!
La voz de Círdan llegó desde algún lugar a su derecha.
—¡El rey! ¡Está en la torre! ¡Malakor va hacia él!
Angrod dudó un instante.
Su padre. El hombre que lo había odiado desde que nació. El hombre que había obligado a su madre a maldecirlo. El hombre que había ordenado su muerte más veces de las que podía recordar.
Déjalo morir, susurró una voz oscura dentro de él. Déjalo que reciba lo que merece.
Pero luego miró a Leila.
—Ve —dijo ella—. Yo me quedo aquí.
—No puedo dejarte sola.
—No estoy sola. Estoy con ellos.
Señaló a los olvidados, que luchaban con una ferocidad que nadie hubiera esperado de un puñado de marginados.
—Ve —repitió—. Haz lo que tengas que hacer. Pero vuelve.
Él asintió.
—Siempre vuelvo.
Y corrió hacia la torre.
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El rey Thranduil estaba solo.
Sentado en su trono de obsidiana, con la corona de Hassan todavía en la cabeza y las manos apoyadas en los reposabrazos. No llevaba armadura. No llevaba espada.
Solo llevaba la mirada perdida.
—Has venido —dijo cuando Angrod irrumpió en la sala.
—Malakor está aquí.
—Lo sé.
—Va a matarte.
—Lo sé.
—¿Y no vas a hacer nada?
El rey lo miró. Sus ojos, tan parecidos a los de Angrod y tan terriblemente vacíos, recorrieron su rostro como si lo viera por primera vez.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó—. ¿Que luche? ¿Que me arrastre? ¿Que te pida perdón?
—No quiero tu perdón.
—¿Entonces qué quieres?
Angrod apretó la mandíbula.
—Quiero saber por qué —dijo—. Por qué me odiaste. Por qué odiaste a mamá. Por qué convertiste este reino en una máquina de dolor.
Thranduil guardó silencio un largo momento.
—Porque tenía miedo —respondió al fin—. Miedo de Malakor. Miedo de los dioses. Miedo de perder lo poco que había conseguido.
—¿Y el amor? ¿El cariño? ¿La piedad?
—El amor es una debilidad. El cariño, una ilusión. La piedad, un lujo que los reyes no pueden permitirse.
—Entonces eres más pobre que cualquier mendigo de las calles.
El rey sonrió. Era una sonrisa amarga, derrotada.
—Sí —dijo—. Siempre lo fui.
Las puertas del salón se abrieron de par en par.
Malakor entró envuelto en sombras, sus ojos rojos brillando como ascuas.
—Aquí estás, pajarito negro —dijo, ignorando al rey como si no existiera—. Corriendo a salvar a papá. Qué conmovedor.
—No vengo a salvarlo —respondió Angrod.
—¿No? Entonces, ¿a qué vienes?
—A matarte.
Malakor rió. Era una risa antigua, podrida, que olía a tumbas.
—¿Tú? ¿El maldito? ¿El que ni siquiera puede controlar su propia oscuridad?
—Ya no estoy solo.
—¿Por la humanita? ¿Esa lucecita de juguete?
—Por ella. Siempre por ella.
Angrod levantó la espada.
Y entonces, desde detrás de él, una voz:
—No.
Thranduil se puso de pie. Lentamente, con el esfuerzo de un hombre que ha pasado décadas encorvado bajo el peso de sus propias decisiones.
—Si alguien va a matarte —dijo, dirigiéndose a Malakor—, seré yo.
—¿Tú? —Malakor parecía divertido—. Tú, que me vendiste tu reino a cambio de poder. Tú, que dejaste que maldijera a tu propio hijo. Tú, que nunca tuviste agallas para nada.
—Sí —dijo Thranduil—. Yo.
Y entonces ocurrió algo que Angrod no esperaba.
Su padre lo miró. Por primera vez en veinticinco años, lo miró como si realmente lo viera.
—Perdóname —dijo—. Por todo.
Y se lanzó contra Malakor.
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No fue una batalla.
Fue una ejecución.
Malakor apenas movió un dedo. Las sombras atravesaron el pecho de Thranduil como si su carne fuera mantequilla. El rey cayó de rodillas, la sangre brotando a borbotones de su túnica blanca.
—Patético —dijo Malakor—. Hasta el final, patético.
—Padre —susurró Angrod.
Thranduil levantó la vista. Sus ojos, por primera vez, no estaban vacíos.
—Lo siento —dijo—. Debí... debí quererte más.
Y murió.
Angrod se quedó inmóvil, la espada temblando en su mano. Mil emociones lo atravesaban al mismo tiempo: odio, dolor, alivio, culpa.
Pero sobre todo, una certeza.
No seré como él. Nunca seré como él.
—Ahora —dijo Malakor—. Tú y yo, pajarito negro. Tú y yo, solos al fin.
—No estoy solo —respondió Angrod.
Y entonces la luz entró.
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Leila irrumpió en la sala como un sol naciente.
Su cuerpo entero brillaba con la intensidad de mil estrellas. Su cabello dorado flotaba a su alrededor, electrizado por el poder. Sus ojos verdes eran dos esmeraldas incandescentes.
—Lo dejaste solo —dijo, furiosa—. Dijiste que volverías.
—Volví —respondió Angrod.
—Tarde.
—Pero volví.
Ella lo miró. Luego miró el cadáver del rey, la sangre aún fresca en el suelo.
—¿Él?
—Murió intentando redimirse.
—¿Lo logró?
—No lo sé. Pero lo intentó.
Leila asintió. Luego se volvió hacia Malakor.
—Tú —dijo—. Ya está bien.
—Humanita —sonrió el hechicero—. ¿Vienes a salvarlo otra vez?
—Vengo a terminar esto.
Levantó las manos.
Y la luz estalló.