Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Dudas.
Diego no había dormido bien en días.
La casa se sentía vacía de una forma que nunca antes había notado. No era el silencio, era la ausencia de Luisa y su hijo.
Estaba en su oficina, sentado frente al escritorio, con un vaso de whisky intacto en la mano. Lo miraba como si en ese líquido pudiera encontrar alguna respuesta.
Pero no la había.
—Qué imbécil fui —murmuró, dejando el vaso sobre la mesa con un golpe —. Tuve todo y lo arruiné yo mismo.
Cerró los ojos un momento, apoyando los codos en el escritorio y pasando ambas manos por su rostro.
La imagen de Luisa no lo dejaba.
Su mirada el día que se fue.
Ese silencio que dolía más que cualquier grito.
—No me diste ni una oportunidad —susurró—. Pero tienes razón no la merecía.
Se quedó unos segundos en silencio, respirando hondo, intentando calmar esa presión en el pecho que no se iba.
Entonces tomó el teléfono.
—Necesito que hagas algo por mí —dijo cuando le contestaron—. Quiero que investigues a Estefany todo. Dónde va, con quién se ve, qué hace no quiero que se te escape nada. Y si puedes conseguir a alguien dentro de su entorno, alguien que hable, págale lo que sea necesario.
—¿Quiere saber si esta embaraza es verdad?
Diego apretó la mandíbula.
—Quiero saber si ese hijo es mío —respondió con frialdad—. Porque algo no me cuadra y no voy a cometer otro error por impulsivo.
Colgó sin decir más.
Se quedó mirando el vacío unos segundos, y luego volvió a hablar para sí mismo, en voz baja, casi como si se confesara.
—Si ese hijo no es mío juro que no voy a permitir que me siga manipulando ya no.
Pero incluso mientras decía eso, sabía que no era solo por Estefany.
Era por Luisa.
Por todo lo que había perdido.
—Me di cuenta tarde —susurró, con amargura—. Como un idiota tarde, me di cuenta que eres la mujer perfecta para mi vida.
Mientras tanto, en otra ciudad, la vida de Luisa empezaba a tomar un rumbo distinto.
No era fácil.Nada lo era.
Pero al menos todo lo que había conseguido era suyo.La oficina olía a café recién hecho, Luisa estaba sentada frente a su escritorio, revisando unos documentos con atención.
Ya no era la misma de antes.
—Señorita Luisa —la voz de Mateo la sacó de sus pensamientos.
Ella levantó la mirada.
—Dígame, señor Mateo.
Él se apoyó suavemente en el borde de su escritorio, observándola con una ligera sonrisa.
—He estado revisando su trabajo estas semanas… y debo decir que me ha sorprendido.
Luisa se tensó un poco.
—¿He cometido algún error?
Mateo negó con la cabeza.
—Al contrario. Ha hecho todo mejor de lo que esperaba. Es organizada, aprende rápido y no necesita que le repitan las cosas.
Ella bajó la mirada, algo incómoda.
No estaba acostumbrada a que la elogiaran.
—Solo estoy haciendo mi trabajo.
—No —respondió él. Está haciendo más que eso. Y por eso quiero proponerle algo.
Luisa levantó la vista otra vez, esta vez con curiosidad.
—Quiero que sea mi asistente personal.
—¿Yo? —preguntó, sin poder evitarlo.
Mateo asintió.
—Usted.
Luisa dudó.
—Pero apenas estoy empezando no sé si—
—Lo sé —la interrumpió él—. Y justamente por eso la elegí. Porque no tiene mañas, porque quiere aprender y porque es responsable. Eso no se enseña.
Ella se quedó callada, procesando todo.
—No tiene que responderme ahora —añadió Mateo—. Piénselo. Es más trabajo pero también es una oportunidad.
Luisa asintió lentamente.
—Gracias de verdad.
Mateo le dedicó una sonrisa breve antes de alejarse.
Y cuando se quedó sola soltó el aire.
—¿Asistente personal? —susurró para sí misma.
Nunca imaginó algo así.
Esa noche, en casa, Rosa estaba con el bebé en brazos, balanceándolo con cuidado.
—Mire nada más ese niño tan hermoso —decía con ternura—. Va a romper corazones cuando crezca.
Luisa sonrió levemente al verla.
—Ya bastante tiene con lo que le tocó vivir a mi hijo.
Rosa la miró con seriedad.
—No diga eso. Ese niño tiene a una madre que lo ama… y eso vale más que cualquier cosa.
Luisa bajó la mirada.
—A veces siento que no es suficiente
Rosa caminó hasta ella y le puso una mano en el hombro.
—Escúcheme bien, señorita. Usted salió de un lugar donde la hacían sentir menos, donde la ignoraban y aun así se levantó. Se fue, empezó de cero, está trabajando, está criando a su hijo sola ¿y todavía duda de usted misma?
—Es que duele —confesó—. A veces todavía duele.
Rosa suspiró.
—Claro que duele. No somos de piedra. Pero el dolor no puede ser su casa solo un lugar por el que pasó.
Luego, Rosa sacó un folleto de su bolso.
—Mire esto.
Luisa lo tomó y lo abrió.
Era información de una universidad.
—Hay clases nocturnas —continuó Rosa—. Usted puede trabajar en el día y estudiar en la noche. No será fácil pero vale la pena.
Luisa recorrió el folleto con la mirada.
—¿Tú crees que pueda?
Rosa sonrió.
—No. Estoy segura.
Luisa levantó la vista.
—Entonces… lo voy a hacer.
Rosa asintió con orgullo.
—Así se habla.
Días después, en la empresa, Luisa se acercó a la oficina de Mateo.
Tocó la puerta suavemente.
—Adelante.
Entró, algo nerviosa.
—Señor Mateo quería darle una respuesta.
Él levantó la mirada.
—La escucho.
Luisa respiró hondo.
—Acepto.
Mateo sonrió levemente.
—Sabía que diría eso.
Ella soltó una pequeña risa, más relajada.
—No estoy segura de saber en lo que me estoy metiendo pero quiero intentarlo.
—Y eso es suficiente —respondió él—. Lo demás se aprende.
Luisa asintió.
Mientras tanto, en otra ciudad.Diego miraba las fotos que aún tenía guardadas en su teléfono.Luisa.
Su hijo.Su familia.Lo que ya no tenía.
—Vas a volver a mi lado —murmuró . Aunque sea lo último que haga.