Tu nombre en mi pasado
En la ciudad de Vareth, donde el poder se mueve en silencio y la lealtad se paga con sangre, Adrián Voss vive atrapado en un pasado que nunca logró enterrar.
Años después de la muerte de su padre, una sola pista aparece de la nada: un nombre que no debería existir… Elena Rivas.
Ella es todo lo que no encaja en su mundo: tranquila, normal, aparentemente ajena a la oscuridad que domina la ciudad. Pero en Vareth, nadie es inocente… y nadie aparece por casualidad.
Mientras Adrián se acerca a ella buscando respuestas, lo que encuentra es algo mucho más peligroso: una conexión que no entiende, una atracción que no puede controlar… y un secreto que podría destruirlos a los dos.
Porque alguien más ya los está observando.
Y esta vez…
el pasado no viene a recordarse.
Viene a cobrarse.
NovelToon tiene autorización de Leo Rg para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que estás dispuesto a perder
La puerta no volvió a sonar.
Pero eso no significaba que se hubieran ido.
Adrián seguía inmóvil frente a ella, como si pudiera ver a través de la madera vieja, como si esperara otro movimiento, otro error, otra señal.
Nada.
Solo silencio.
Ese tipo de silencio que no tranquiliza… que aprieta.
Elena fue la primera en moverse.
—Tenemos que irnos —dijo, con la voz más firme de lo que se sentía por dentro.
Adrián no respondió de inmediato.
Seguía pensando.
Midiendo.
—No —dijo finalmente.
Elena lo miró, incrédula.
—¿Cómo que no?
—Si salimos ahora, nos están esperando abajo.
Silencio.
Eso tenía sentido.
Demasiado.
Elena apretó los labios.
—Entonces nos quedamos aquí… ¿a esperar?
Adrián negó suavemente.
—No.
Giró, caminando hacia la ventana.
Apartó apenas la cortina.
Miró hacia la calle.
Oscura.
Tranquila.
Pero demasiado perfecta.
—Nunca vienen solo por una entrada —murmuró.
Elena lo entendió al instante.
—Hay más.
—Siempre hay más.
El apartamento ya no se sentía seguro.
Las paredes parecían más estrechas, el aire más pesado, cada rincón una posible trampa.
Adrián caminó hacia la mesa, tomó el teléfono que había aparecido y lo observó unos segundos antes de guardarlo en el bolsillo.
—Nos están hablando claro —dijo.
—Sí —respondió Elena—. Y eso es lo que más me preocupa.
Adrián la miró.
—No quieren matarnos todavía.
—No.
—Quieren que tomemos decisiones.
Silencio.
Elena cruzó los brazos.
—Ya tomaste una.
Esa frase no necesitaba explicación.
Adrián la sostuvo con la mirada.
—No me arrepiento.
Elena desvió la vista.
Eso le dolió más de lo que esperaba.
—Eso no cambia lo que viene.
—Lo sé.
—Entonces actúa como si lo supieras.
Silencio.
Tenso.
Real.
Un leve sonido en la parte trasera del apartamento hizo que ambos se giraran.
No era fuerte.
Pero tampoco casual.
Adrián reaccionó de inmediato.
Se movió en silencio hacia el pasillo interior, haciendo un gesto a Elena para que no hiciera ruido.
El corazón de ella empezó a latir más rápido.
No por miedo solamente…
Sino por la certeza.
Ya estaban dentro.
Adrián avanzó despacio.
Cada paso calculado.
Cada respiración controlada.
El sonido volvió.
Más claro ahora.
Una ventana.
Moviéndose.
Alguien intentando entrar.
Adrián llegó hasta la esquina.
Se detuvo.
Esperó.
Un segundo.
Dos.
Y entonces—
La ventana se abrió de golpe.
Una figura entró rápido.
Ágil.
Entrenada.
Pero no lo suficientemente rápida.
Adrián reaccionó primero.
Lo sujetó por el brazo, lo giró con fuerza contra la pared, inmovilizándolo antes de que pudiera sacar el arma.
El golpe fue seco.
Controlado.
—No te muevas —dijo Adrián, bajo pero firme.
El hombre no respondió.
Pero tampoco luchó.
Eso fue lo primero raro.
Elena apareció detrás.
—¿Quién es?
El hombre soltó una pequeña risa.
Eso fue lo segundo raro.
—Llegaron más rápido de lo que pensé —dijo.
Adrián apretó más el agarre.
—Habla.
—Si me sueltas… hablamos mejor.
—No.
Silencio.
El hombre giró apenas la cabeza.
Lo suficiente para que Adrián pudiera verle el rostro.
Joven.
Pero no inexperto.
Mirada tranquila.
Demasiado.
—No vine a matarlos —dijo.
Adrián no reaccionó.
—Eso ya lo sabemos —intervino Elena—. Si no, ya estaríamos muertos.
El hombre la miró.
Y por un instante…
algo cambió en su expresión.
Interés.
—Así que tú eres Elena.
Adrián tensó la mandíbula.
—No la mires.
El hombre sonrió levemente.
—Demasiado tarde para eso.
Silencio.
—¿Quién te envía? —preguntó Adrián.
—Nadie que puedas enfrentar solo.
Esa respuesta no ayudaba.
—Entonces habla claro.
El hombre exhaló despacio.
—No soy tu enemigo.
Adrián lo empujó un poco más contra la pared.
—Eso lo decides yo.
El hombre no perdió la calma.
—Entonces escúchame antes de hacer algo que no puedas deshacer.
Silencio.
Pesado.
Elena dio un paso más cerca.
—Déjalo hablar.
Adrián dudó.
Un segundo.
Pero suficiente.
Aflojó un poco el agarre.
No lo soltó del todo.
—Tienes treinta segundos.
El hombre asintió.
—Los que están afuera no trabajan para una sola persona.
Adrián frunció el ceño.
—Explícate.
—Son varios grupos.
—¿Por qué?
El hombre lo miró directo.
—Porque lo que tu padre descubrió… no le pertenecía a uno solo.
Elena sintió un escalofrío.
—La red… —murmuró.
El hombre asintió.
—Exacto.
Silencio.
Adrián procesaba rápido.
—¿Y nosotros?
El hombre lo miró.
—Ustedes son la llave.
Esa palabra quedó suspendida en el aire.
Adrián pensó en la llave que llevaba consigo.
Todo empezó a encajar.
—No es casualidad —dijo.
—Nunca lo fue.
Elena negó ligeramente.
—Entonces esto ya estaba decidido desde antes.
—Sí.
—¿Y nosotros?
El hombre la miró otra vez.
—Ustedes eran variables.
Silencio.
—Ya no.
Esa frase cayó más fuerte que cualquier disparo.
De repente…
un ruido fuerte en la puerta principal.
Un golpe.
Luego otro.
Más agresivo.
—Se acabó el tiempo —dijo el hombre.
Adrián lo soltó por completo, pero no bajó la guardia.
—¿Estás con nosotros o contra nosotros?
El hombre dudó.
Solo un instante.
—Depende de si quieres salir vivo… o seguir buscando respuestas.
Adrián lo miró fijo.
—Las dos cosas.
El hombre sonrió apenas.
—Entonces vamos a tener problemas.
Elena dio un paso al frente.
—No tenemos opción.
El golpe en la puerta fue más fuerte esta vez.
La madera crujió.
—Decide —dijo ella.
Adrián los miró a ambos.
Y en ese momento…
tomó una decisión.
No como parte del juego.
No como estrategia.
Sino como algo más personal.
—Nos movemos juntos.
Silencio.
El hombre asintió.
—Entonces muévanse ya.
Otro golpe.
La puerta empezó a ceder.
Elena miró a Adrián.
Por un segundo…
todo volvió a ese momento en el café.
A ese instante donde nada de esto importaba.
Pero ahora sí importaba.
Todo.
—No te vayas a morir ahora —murmuró ella.
Adrián sostuvo su mirada.
—No tengo planes de hacerlo.
Pero ambos sabían la verdad.
En Vareth…
los planes no valían nada.
Y esta vez…
no solo estaban huyendo.
Estaban entrando más profundo.