NovelToon NovelToon
CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

CONTRATO DE MATRIMONIO CON EL CEO DEL INFIERNO

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / CEO / Demonios / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Para pagar la operación de su hermano, Lía firma un contrato matrimonial con un CEO millonario que nunca muestra su rostro en público. Lo que no sabe es que él es el líder de los demonios exiliados en la Tierra, y el contrato no era por un año... era por su alma.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: Caja 217

Banco del Sur – 15:42.

No parecía banco. Parecía juzgado de los 90: mármol amarillento, aire acondicionado que zumbaba, guardia con cara de jubilado. Lía dio la llave y el DNI falso que Damián sacó del bolsillo como si llevara uno siempre.

—Caja 217 —dijo el guardia—. Sala 3. Tiene diez minutos.

La sala 3 era un cubículo con una mesa de metal y una silla. Sin cámaras. O con cámaras que no se veían.

Damián cerró la puerta y se quedó de pie. No por caballerosidad. Porque sabía que si se sentaba, el sello iba a saltar: la marca en la espalda le ardía desde que entraron al edificio. Como si la caja los llamara.

Lía metió la llave.

Giró.

Click.

Adentro no había dinero. No había joyas. Había un sobre de manila viejo, cerrado con lacre negro, y un papel doblado aparte. El sobre olía a vainilla. Igual que el ambientador del auto de Elena.

Damián lo abrió.

Era un contrato. No en tinta plateada. En tinta negra común, sobre papel membretado de un estudio jurídico que ya no existía: “Varela & Asociados, 1999”.

Y abajo, dos firmas.

Elena Vargas.

Damián Moreau.

Lía leyó el nombre dos veces.

—¿Moreau?

Damián no contestó enseguida. Miraba su propia firma como si no la reconociera. La marca en su espalda se apagó de golpe.

—Antes del trono —dijo al fin—. Antes de Azazel. Antes de que mi padre me diera el nombre. Yo era eso. Abogado. Junior. Hijo de Belial, pero todavía con permiso de usar nombre humano.

Lía sintió el anillo frío.

—Vos le hiciste firmar el primer contrato.

—Sí. —Levantó la vista—. No por amor. Por trabajo. Belial me mandó a cerrar a una chica embarazada que “podía servir después”. Yo no sabía para qué. Ella firmó porque yo le dije que si lo hacía, el hospital le cubría el parto y los controles. No mentí. Solo no le dije el precio.

Lía dejó el contrato sobre la mesa. Las manos le temblaban.

—¿Y el segundo?

—Lo firmó con Belial dos semanas después, cuando se enteró de que el bebé venía marcado. Para sacarme del medio. —Se pasó la mano por la cara—. Por eso mi padre ordenó el accidente. No por venganza. Por contrato roto.

Silencio.

Lía agarró el otro papel. Carta. Letra de Elena, apurada.

“Lía, mi amor:

Si estás leyendo esto es porque él te encontró antes que ellos. Damián no es bueno. Pero no es el que me mató. Eso fui yo, por firmar dos veces creyendo que podía engañar a un diablo y a su hijo.

Él guardó el anillo ese día. No sé por qué. Tal vez porque era lo único que no me pidió.

No lo perdones por mí. Perdonálo si te mira como me miró a mí cuando firmé: como si no quisiera estar ahí.

Te amo más que cualquier trato.

Mamá.”

Lía no lloró. Respiró. Una vez. Dos.

Damián no se movió. No la tocó. Esperó.

—¿Por qué guardaste el anillo? —preguntó ella sin levantar la vista de la carta.

—Porque cuando la saqué del auto, lo tenía apretado en la mano. No en el dedo. En la mano. Como si me lo quisiera dar. —Hizo una pausa—. Y porque esa noche entendí que no quería el trono si el precio era firmar con gente que me miraba así.

Lía dobló la carta y la guardó en el bolsillo interno de la campera de Damián. No en el suyo.

—Entonces no me firmaste a mí por el trono.

—No. —La miró—. Te firmé porque eras la única salida que no me dejaba solo al final.

El anillo y la marca latieron al mismo tiempo. Una vez. No calor. Reconocimiento.

Lía se acercó y le puso la frente contra el pecho, sobre la camisa. Escuchó el corazón. Rápido. Real.

—No te perdono —susurró.

—Lo sé.

—Pero me quedo.

Damián le puso la mano en la nuca, el pulgar en la línea del pelo. No dijo nada. No hacía falta.

Salieron de la sala con el contrato y la carta. El guardia ni los miró.

Afuera, en la vereda, Lilith estaba apoyada en el auto con dos cafés de estación de servicio.

—Vivos y sin caja fuerte explotando. Mejoran. —Le dio uno a Lía—. ¿Qué había?

Lía le pasó la carta. Lilith la leyó en diagonal y silbó.

—Moreau. No escuchaba ese apellido hace siglos. —Miró a Damián—. Tu padre va a estar feliz.

—No le vamos a decir —dijo Damián.

—Obvio que no. —Lilith arrancó el auto—. Pero él ya lo sabe. Por eso mandó la dirección.

Penthouse – 18:00.

Quemaron el contrato en el cenicero de obsidiana. No ardió. Se deshizo en tinta. La firma de Damián fue la última en desaparecer.

Lía guardó la carta de Elena en el cajón, junto a la polaroid.

Damián se sentó en el borde de la cama y se quedó mirando sus manos como si no fueran suyas.

—Damián Moreau —dijo Lía, probando el nombre—. Te queda mejor que Azazel.

Él levantó la vista. Medio sonrió.

—No lo digas mucho. Se me pega.

—Damián —repitió ella, y se sentó a su lado. No encima. Al lado—. Gracias por esperar tres años.

Él giró la cabeza despacio.

—¿Tres años qué?

—Desde que firmé con tu padre hasta que apareciste en el café. —Le tocó la muñeca, donde la cicatriz ya era plateada—. Pudiste aparecer antes. No lo hiciste.

—Porque si aparecía antes, no elegías vos.

Lía se inclinó y lo besó. Sin sello empujando. Sin recuerdo metiéndose. Solo labios, calor y el sabor a café malo de estación.

Damián le devolvió el beso y por primera vez le puso las dos manos en la cara, como si la sostuviera para que no se fuera.

Se separaron porque sonó el teléfono de él.

Pantalla: Número privado.

Atendió y puso altavoz.

—Hijo —dijo Belial—. Venís mañana. Solo.

—No —contestó Damián.

—Entonces viene ella sola.

—Entonces no viene nadie —dijo Lía.

Silencio corto.

Belial se rió. Sin gracia.

—La Sala te gustó, ¿no, chica? Mañana te traigo la versión larga. Sin él para sacarte.

Colgó.

El anillo y la marca se encendieron al mismo tiempo, rojos un segundo, y se apagaron.

Lía miró a Damián.

—Mañana no voy.

—Bien.

—Vamos los dos. O no va nadie.

Damián asintió. Se levantó, fue hasta la ventana y miró la ciudad. La marca en la espalda brillaba apenas bajo la camisa.

—Lía —dijo sin girarse.

—¿Qué?

—Si mañana Belial me ofrece el trono a cambio de vos…

—Decí que no.

Se giró.

—Decilo vos.

Lía se levantó también. Caminó hasta quedar delante de él. Le puso la mano en el pecho, sobre el corazón.

—No.

Damián le cubrió la mano con la suya.

El sello no dijo nada. No hacía falta.

Esa noche durmieron en la cama. No separados por tres metros. Enredados, la cabeza de Lía en el hueco del hombro de él, la mano de Damián en su cintura por encima de la sábana. Sin más. Sin contrato.

Y cuando Lía se despertó a las 3:14, Damián no estaba dormido. La miraba.

—¿Qué? —susurró ella.

—Nada. —Le acomodó el pelo—. Solo que Moreau suena bien si lo decís vos.

Lía sonrió contra su pecho y volvió a dormirse.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play