"En los libros de historia, Jeon Youngjae era un monstruo. En persona, es mi mayor tentación." Kang Yoona es una estudiante de historia que sabe cómo termina la vida del joven Rey Youngjae: traicionado, solo y ejecutado. Pero cuando un antiguo espejo la arrastra al año 1520, Yoona no cae en un libro de texto, sino en los brazos del hombre más peligroso de Corea. Él es un tirano que no confía en nadie; ella es una intrusa que conoce todos sus secretos y su trágico final. Para sobrevivir, Yoona deberá jugar un juego mortal: ¿Cambiará la historia para salvar al hombre que ama, aunque eso signifique borrar su propio futuro? En una era de acero y sangre, la verdad es el arma más peligrosa.
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Capítulo 17: El santuario de nuestro deseo
El silencio en el palacio Gyeongbokgung nunca es realmente silencioso. Es una entidad viva, compuesta por el susurro del viento entre los alerones de madera, el paso rítmico de los guardias en la distancia y el crujido casi imperceptible de las estructuras que han soportado siglos de secretos. Pero dentro de mi dormitorio, ese silencio se transformaba en algo distinto: una burbuja de tiempo donde el siglo XXI y la dinastía Joseon dejaban de pelear por mi alma.
Estaba sola, o al menos eso creía. Me encontraba recostada sobre un mar de cojines de seda carmesí, con un pequeño escritorio de ébano frente a mí. En mis manos no sostenía un libro impreso con láser, sino un cuaderno de papel hanji que yo misma había encuadernado. Con un pincel fino y carbón, estaba intentando hacer lo que mejor sabía hacer: documentar. Escribía sobre mi tía, sobre el olor a café de Seúl y sobre la extraña sensación de llevar un fénix bordado en el pecho mientras mis pies recordaban el tacto de las zapatillas deportivas.
La luz de las velas bailaba, creando sombras que subían por las paredes como si fueran espíritus curiosos. Vestía solo una túnica de dormir de lino blanco, tan liviana que apenas sentía su peso. Era mi pequeño acto de rebelión contra las pesadas capas de seda real que me asfixiaban durante el día bajo la mirada inquisidora de la Gran Reina Viuda. En este rincón, yo no era una "mujer milagrosa" ni una "bruja del futuro". Era solo Yoona, una chica que extrañaba a sus padres pero que había encontrado un hogar en los brazos de un hombre que el resto del mundo llamaba monstruo.
De repente, el roce de la puerta corredera interrumpió mis pensamientos. No hubo anuncio. No hubo protocolo. Solo una presencia que hizo que el vello de mi nuca se erizara de una forma que conocía demasiado bien.
—Te dije que no me esperaras despierta, Yoona —su voz llegó como un trueno bajo, cargada de una fatiga que me oprimió el pecho.
Levanté la vista y ahí estaba él. Youngjae. Se veía agotado, con el cabello oscuro cayendo desordenado sobre sus hombros y la camisa interior entreabierta, revelando la piel bronceada que aún conservaba el calor de las discusiones con el Consejo Real. Cerró la puerta y echó el pestillo con una lentitud deliberada, una señal silenciosa de que el mundo exterior estaba oficialmente bloqueado.
—El Consejo no sabe cuándo callar —murmuró, caminando hacia mí con esa elegancia felina que siempre me cortaba la respiración—. Creen que pueden gobernar mis deseos con leyes de papel. Pero mi mente no estaba con ellos. Estaba aquí. Contigo.
Se sentó detrás de mí, rodeándome con sus brazos. El aroma a sándalo, cuero y ese rastro metálico de poder que siempre lo acompañaba me envolvió por completo. Apoyé la cabeza en su hombro, cerrando los ojos mientras sentía la dureza de sus músculos contra mi espalda.
—Pareces cansado, mi Rey —susurré, dejando que mi cuerpo se fundiera con el suyo.
—Estoy necesitado —corregió él, su voz vibrando directamente contra mi oído, enviando una descarga eléctrica por mi columna—. Necesitado de tu paz. De recordarme que sigo siendo un hombre bajo esta corona.
Sus manos, esas manos que habían blandido espadas en el Valle de los Cedros para protegerme, comenzaron a recorrer mis brazos. Subieron por mis hombros hasta que sus dedos se enterraron en mi cabello. Sentí cómo me reclamaba en silencio. Sus palmas descendieron con una lentitud tortuosa hacia mi pecho, cubriendo mis senos a través del lino fino. Solté un gemido ahogado cuando apretó con suavidad, reconociendo mi cuerpo como su territorio más sagrado.
—¿Te molesta que te toque así, mi estrella? —preguntó, y pude sentir su sonrisa arrogante contra mi cuello mientras su pulgar rozaba mi pezón a través de la tela.
—Sabes que no —respondí, girándome en sus brazos para buscar sus labios.
El beso fue un incendio instantáneo. Sabía a necesidad y a una devoción que me mareaba. Youngjae me despojó de la túnica de lino con una destreza que me dejó desnuda ante la luz ámbar de las velas. Se apartó apenas unos milímetros, y en sus ojos vi algo que nunca aparecía en los libros de historia: una vulnerabilidad absoluta. Para él, yo era el mapa de su salvación.
—Eres perfecta —murmuró, bajando la cabeza para besar la marca de nacimiento en mi hombro—. La historia no tiene palabras para describir la luz que emana de tu piel.
Comenzó a besar mis pechos con una delicadeza que me hacía olvidar quién era yo. Su lengua trazaba círculos lentos, provocando oleadas de calor que se concentraban en mi vientre. Gemí, arqueando la espalda, hundiendo mis dedos en su cabello para atraerlo más. Cuando su boca rodeó mi pezón, succionando con un hambre que me hizo ver estrellas, supe que no había vuelta atrás. No quería volver al futuro. No quería otra realidad que no fuera esta cabaña de seda donde él era mi dueño y yo su guía.
—Youngjae… por favor —supliqué, sintiendo cómo mis propias manos recorrían sus hombros musculosos, desesperada por sentirlo todo.
Él no tenía prisa. Disfrutaba de mi reacción, amasando mis senos con sus palmas callosas mientras su boca seguía devorándome. Con un movimiento fluido, se deshizo de sus propias ropas. Al verlo completamente desnudo bajo la luz vacilante, sentí un nudo en la garganta. Era imponente, una obra maestra de cicatrices y fuerza. Se posicionó frente a mí, obligándome a sostenerle la mirada.
—Mírame, Yoona —dijo, su voz ronca de deseo—. Quiero que sientas lo que me haces. Este "Rey de Sangre" solo tiene un norte, y eres tú.
Me recostó sobre los cojines, separando mis piernas con una firmeza romántica que me hacía sentir protegida y reclamada a la vez. Sus dedos buscaron mi intimidad, encontrándola ya empapada por él. El contacto directo me hizo estremecer, y Youngjae se deleitó en mis espasmos, llevándome al borde del abismo con una paciencia cruel y hermosa.
—Te amo más de lo que la vida me permite —susurró antes de hundirse en mí con un empuje largo y profundo.
Solté un grito que se perdió en sus labios. La unión fue más que sexo; fue una colisión de dos eras. Cada estocada de Youngjae era una promesa de que no dejaría que el pasado se repitiera. Él se movía con una cadencia dura, sus músculos tensándose bajo mi tacto, mientras yo envolvía su cintura con las piernas, tratando de absorber cada gramo de su calor.
Nuestros cuerpos sudorosos brillaban, las sombras en la pared proyectaban la imagen de dos náufragos del tiempo que finalmente habían encontrado tierra firme. Me perdí en el ritmo, en su nombre que salía de mi boca como una plegaria constante.
—Eres mía —gruñó él, su ritmo volviéndose más rápido, más exigente, mientras el clímax nos acechaba como un animal hambriento—. En este siglo y en el que sea, eres mía.
—Siempre tuya —respondí, mi voz quebrada por el éxtasis.
Cuando la cumbre nos alcanzó, fue como si el palacio desapareciera. Youngjae se aferró a mí, su rostro oculto en mi hombro mientras su cuerpo vibraba con la última y poderosa entrega. Me arqueé bajo él, sintiendo una ola de placer que me dejó sin aliento, con la mente nublada por el amor y la satisfacción de saber que, en este rincón del mundo, éramos invencibles.
Minutos después, el silencio regresó, pero era un silencio cálido y compartido. Youngjae no se apartó; se quedó sobre mí, su peso era el ancla que me mantenía en la realidad. Sus manos, que antes habían sido tan exigentes, ahora acariciaban mis senos con una ternura infinita, trazando patrones invisibles sobre mi piel como si estuviera escribiendo su propio libro sobre mí.
—¿Estás bien, mi Reina? —preguntó, besando mi frente.
—Estoy en casa, Youngjae —respondí, sonriendo contra su pecho.
Él se acomodó a mi lado, atrayéndome hacia sí y cubriéndonos con una manta de seda pesada. La paz había regresado a nuestro santuario, pero era una paz armada. Sabíamos que afuera, la Reina Viuda y los ministros estaban afilando sus dagas verbales, pero aquí, en la oscuridad de nuestra piel, la única ley que importaba era la que acabábamos de firmar con nuestros cuerpos.
Cerré los ojos, escuchando el latido de su corazón. El cuaderno con mi historia seguía sobre la mesa, con sus páginas esperando, pero por esta noche, la única historia que valía la pena vivir era esta: la de una mujer que cruzó el tiempo para encontrar a un hombre, y la de un hombre que aprendió a ser humano a través de ella.
Si llegaste hasta aquí, ya sabes una cosa:
esta historia NO es un romance normal.
Aquí no hay príncipes…
hay un rey que destruye todo lo que toca.
Y Yoona…
ella sabe exactamente cómo termina su historia.
💔 Sabe cómo muere el hombre del que se está enamorando.
Ahora dime tú…
👇
¿Lo salvarías… o dejarías que el destino lo destruya?
👀 Lean con cuidado, porque lo que viene en los próximos capítulos…
no todos están listos para soportarlo.
— GIA 💞