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Coronas Y Destinos

Coronas Y Destinos

Status: Terminada
Genre:Edad media / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.

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19

El frío del balcón se le metió bajo la piel, pero fue el calor de la furia lo que la mantuvo despierta toda la noche. La visión de Alphonse saludándola desde las sombras no era una amenaza; era una promesa. Había cruzado una línea, pasando de ser un fantasma rural a un espectro urbano, un lobo que se había trepado a las murallas de la casa.

A la mañana siguiente, la calma se rompió. No con un grito, sino con el silencio ensordecedor que precede a la tormenta. Bastian entró en la cámara de Natalie, y por primera vez, su rostro no era solo sombrío. Era devastado. Llevaba la espada desenvainada, no por precaución, sino como si necesitara su peso para mantenerse erguido.

—Es Kael —dijo, y la voz le tembló ligeramente—. Lo encontraron en los establos.

Natalie sintió un vacío en el estómago. Kael. Uno de los primeros hombres en unirse a ella, un granjero de cabello rizado y sonrisa fácil cuya única ambición era proteger su tierra. Un hombre leal.

—¿Está...?

—Muerto —terminó Bastian—. No hay señales de lucha. No hay heridas de espada. Nada.

Lysandro apareció en la puerta detrás de él, como si las malas noticias tuvieran el poder de convocarlo. Su mirada pasó de Bastian a Natalie, afilándose.

—¿Qué es entonces?

Bastian se apartó, revelando lo que sostenía en la otra mano. No era una rosa negra. Era una pequeña mariposa de madera, blanca, con las alas talladas con una delicadeza aterradora. Estaba manchada con la sangre seca de Kael.

Natalie la reconoció al instante. La talla. La precisión.

—Elys —susurró el nombre como una maldición.

La mano derecha del Guardián. La mujer que los había guiado hasta Alphonse. No había muerto en la lucha. Se había desvanecido, como el humo.

—No está fuera —dijo Natalie, su mente conectando los puntos con una velocidad aterradora—. Está dentro. O ha estado dentro.

La seguridad del palacio, la red de lealtad de Bastian, se sentía ahora como una jaula de alambre con un agujero del tamaño de una mariposa.

—¿Cómo pudo haber entrado? —preguntó Bastian, su voz cargada de culpa y furia—. ¡Revisé a cada hombre! ¡Yo mismo...

—No entró, Bastian —dijo Lysandro, su voz gélida y analítica—. Ya estaba aquí. O tiene a alguien dentro. Siervo, escudero... cualquiera con acceso a los establos por la noche.

La desconfianza, un veneno que Alphonse había estado sembrando en el reino, ahora brotaba en el corazón mismo de su fortaleza. Natalie miró a Bastian, luego a Lysandro. La alianza que era su mayor fortaleza ahora sentía el peso de la paranoia.

—Nadie entra o sale sin tu palabra y la mía —recordó Natalie a Bastian, no como una acusación, sino como un hecho—. Eso significa que la traidora ya está dentro de estas murallas.

Bastian palideció. El fracaso era suyo, y lo sabía.

—Quiero una búsqueda —ordenó Natalie, su voz cortante como el hielo—. No de gente. De símbolos. Lysandro, quiero que tus hombres revisen cada rincón de este palacio. Cada bolsa de grano, cada jarrón de flores, cada libro. Busca cualquier cosa fuera de lugar. Cualquier cosa. Elys es una artista. Su firma está en todas partes.

Lysandro asintió, sus ojos ya escaneando la habitación en busca de pistas invisibles.

—Y tú, Bastian —dijo Natalie, su voz suavizándose casi imperceptiblemente—. Duplica la guardia en los aposentos reales. Pero no uses a los hombres de fuera. Trae a los veteranos de la guardia norte, los que lucharon bajo tu padre. Hombres que no han estado en el palacio en años. Hombres cuya lealtad no puede ser comprada ni corrompida porque está forjada en batallas, no en promesas.

Bastian asintió, con una nueva determinación en su rostro. Ella no le estaba quitando el poder; le estaba dando una solución.

Mientras salían para ejecutar sus órdenes, Natalie se quedó sola con la mariposa de madera en la mano. El peso de la paranoia era agotador. Cada sombra en la esquina de su ojo, cada susurro en el pasillo, se sentía como una amenaza. Sabía que este era el verdadero plan de Alphonse. No era solo matarla. Era aislarla, hacer que desconfiara de los únicos dos hombres en los que podía confiar, hasta que estuviera completamente sola.

Esa noche, el miedo se materializó. Un grito cortó el silencio del palacio, seguido por el sonido de metal contra metal.

Natalie estaba de pie en un instante, con la daga de Lysandro en la mano. La puerta de su cámara se abrió de golpe. No era un enemigo. Era un sirviente joven, con los ojos desorbitados por el pánico.

—¡Señora! ¡En la biblioteca! ¡El maestro Lysandro!

Natalie no esperó a la guardia. Corrió por los pasillos oscuros, con el sirviente jadeando a sus espaldas. Llegó a la gran biblioteca para encontrar un caos de libros volcados y lámparas rotas. En el centro, Lysandro estaba de pie, rodeado por tres figuras encapuchadas. Uno de ellos yacía a sus pies, con una espada negra clavada en su pecho. Otro estaba sangrando por un brazo, retrocediendo con miedo en los ojos.

Y el tercero...

El tercero era Elys.

No llevaba capucha. Su rostro era pálido y bello en la luz de la luna que se filtraba por la ventana rota. Movía su daga con una gracia mortal, no atacando a Lysandro, sino manteniéndolo a raya, jugando con él.

—Maestro Lysandro —dijo, su voz un susurro sedoso—. Siempre tan directo. Tan predecible. Deberías haberlo sabido. Un hombre que vive en las sombras siempre es vulnerable a la luz.

Lysandro no respondió. Su respiración era pesada, pero sus ojos estaban fijos en ella, calculando, esperando.

Entonces Elys hizo algo inesperado. En lugar de atacar a Lysandro, se giró hacia Natalie, que estaba en la puerta. Y sonrió. Era una sonrisa brillante, hermosa y llena de una venenosa victoria.

—Princesa —dijo—. He venido a traerte un regalo. La cabeza del serpiente. Pero veo que prefieres hacerlo tú misma.

Con un movimiento rápido, lanzó algo hacia Natalie. No fue una daga. Fue un rollo de pergamino atado con un cinta negra.

Natalie lo atrapó por instinto. En ese segundo de distracción, Elys se movió. No hacia Natalie, ni hacia Lysandro. Se lanzó hacia la ventana, usando el cuerpo de su compañero herido como trampolín. Con una agilidad sobrehumana, desapareció en la noche.

Lysandro corrió hacia la ventana, pero era demasiado tarde. Maldijo entre dientes y volvió a Natalie, su rostro una máscara de frustración.

—Se ha ido.

Natalie no lo escuchaba. Sus manos temblaban mientras desataba la cinta del pergamino. No era un mensaje. Era un dibujo. Un plano detallado de los aposentos reales. Su dormitorio, su baño, su salón privado.

Y en el centro del dibujo de su cama, había una pequeña mariposa blanca, dibujada con una precisión aterradora.

El mensaje era claro. Elys no había entrado para matar a Lysandro. Lo había hecho para entregar esto. Para demostrarle a Natalie que podía llegar a ella en cualquier momento, que conocía cada centímetro de su vida privada. La caza no era por el reino.

La caza era por ella. Y la arpónera acababa de mostrarle el anzuelo.

El pergamino temblaba en las manos de Natalie, un mapa no de lugares, sino de su propia vulnerabilidad. Lysandro se acercó, su sombra cayendo sobre ella, y su mirada se desvió del papel a su rostro. Vio el temblor, no de miedo, sino de una furia contenida que amenazaba con romperla en mil pedazos.

—Dámelo —dijo él, su voz suave pero firme.

Natalie no se movió. Levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de él. En sus profundidades oscuras, no vio piedad, sino un reconocimiento. Vio que él entendía el peso de la trampa, la sofocación de ser la pieza central en un juego diseñado para desgastarla.

—No —susurró ella, y la palabra fue su primer acto de desafío contra el pánico—. No me protegerá de esto.

—No —dijo él—. Pero te recordará que no estás sola en la lucha.

La guardia de Bastian llegó, con sus espadas desenvainadas y sus rostros ansiosos, pero Lysandro los detuvo con un gesto.

—Despejen la biblioteca. Quieran a los hombres heridos. Nadie entra o sale sin mi orden directa.

Sus hombres vacilaron, mirando a Natalie. Fue ella quien asintió, una inclinación de cabeza fría y regia.

—Hagan lo que dice. El palacio está en toque de queda.

Una vez que estuvieron solos, el silencio de la biblioteca se sintió pesado, denso. El olor a polvo, a papel viejo y a sangre fresca llenaba el aire. Lysandro dio un paso más cerca, cerrando la distancia entre ellos.

—Él te está rompiendo, Natalie —dijo él, usando su nombre por primera vez, no su título—. No con espadas, sino con mil cortes de papel.

—Y yo le estoy devolviendo el favor —replicó ella, su voz ganando fuerza—. Cada noble que avergüenza, cada rumor que desmiento, cada saco de grano que distribuyo... son puñaladas en su poder. Pero esto... —miró el plano—. Esto es personal.

—Entonces convierte lo personal en una arma —dijo Lysandro, su voz baja e intensa—. Usa su arrogancia contra él. Sabe dónde duermes. Perfecto. Enséñale lo que pasa cuando un ratón se mete en la cama de una serpiente.

Natalie sintió una risa sin alegría escapar de sus labios. Era una risa agotada, al borde de las lágrimas.

—¿Y cómo? ¿Poniendo trampas en mi propia cama? ¿Convirtiendo mi último refugio en un campo de batalla?

—Si es necesario —dijo Lysandro—. Porque si no lo haces, él lo hará por ti. Y entonces, ya no será tu refugio. Será su jaula.

La cruda verdad de sus palabras la golpeó. Se miró las manos, que habían dejado de temblar. Estaban vacías. Se sentía vacía. Toda la estrategia, la furia fría, el control... todo se desvaneció, dejando solo a una mujer joven que estaba al límite de sus fuerzas.

Lysandro vio el cambio. Vio la armadura agrietarse. No dijo nada. Simplemente alzó una mano y, con una delicadeza que contradecía cada fibra de su ser, le apartó un mechón de pelo de la cara. Sus dedos rozaron su piel, un contacto tan inesperado y cálido que Natalie sintió una sacudida recorrer su cuerpo.

Sus ojos se encontraron de nuevo. El tiempo se detuvo. En ese momento, no eran una reina y su espía. Eran dos personas atrapadas en la misma tormenta, buscando un ancla en medio del caos.

Él se inclinó lentamente, dándole tiempo de retroceder, de detenerlo. Ella no se movió. Y cuando sus labios se encontraron con los suyos, no fue un beso de pasión arrebatadora. Fue un beso de reconocimiento. Un beso que decía: *Te veo. Te veo luchando. Te veo cansada. Y yo estoy aquí.*

Fue un beso de sal y de promesa. Fue un bálsamo en las heridas que nadie más podía ver. Fue un momento de humanidad en un mundo que intentaba robarles la suya a cada segundo.

Cuando se separaron, el silencio ya no era pesado. Era tranquilo.

—No estás sola, Natalie —repitió él, su voz un murmullo grave.

Ella asintió, con los ojos cerrados, saboreando la certeza de sus palabras. Por primera vez desde que su padre murió, no se sentía como una pieza en el tablero, ni como la juguete de su hermano. Se sentía como una persona. Y esa persona acababa de encontrar una razón para luchar que no era el trono, ni el deber, ni la venganza.

Era esto. Era la conexión silenciosa con el hombre que compartía su oscuridad.

Abrió los ojos. La fragilidad había desaparecido, reemplazada por un acero forjado en fuego y en la certeza de que ya no estaba sola.

—Tienes razón —dijo, su voz firme y clara—. Es hora de que el ratón muerda.

Tomó el plano, lo dobló cuidadosamente y se lo guardó en el bolsillo.

—Bastian traerá a sus hombres del norte. Elys y Alphonse quieren que tema cada sombra. Muy bien. Les daré sombras de las que no puedan escapar.

Lysandro la observó, viendo la transformación. La reina había vuelto, pero esta vez, la reina tenía un secreto. Y ese secreto la hacía más fuerte que cualquier ejército.

—¿Cuál es el plan? —preguntó él.

—El plan —dijo Natalie, y una sonrisa peligrosa, genuina, tocó sus labios—. Es que le demos a Elys exactamente lo que quiere. Una oportunidad de entrar en mis aposentos. Y cuando lo haga, nos aseguraremos de que sea la última vez que se desliza por las sombras.

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Anonymus
jummm aquí la traducción fallo y la ilusión de la creatividad murió, bye
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