Después de amar obsesivamente y morir, Elijah Grant despierta con una segunda oportunidad y un juramento: esta vez no permitirá que el amor lo destruya. Decidido a huir del hombre al que amó unilateralmente durante años, planea una nueva vida lejos de él.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
El hombre que lo marcó se niega a dejarlo ir, y una amenaza inesperada vuelve a poner su vida en peligro.
Cuando el amor se confunde con posesión y el destino insiste en repetirse…
¿podrá Elijah escapar de su final o está condenado a revivirlo?
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Capítulo 06. Inicio de algo.
Crucé las piernas y apoyé las manos sobre sus hombros, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. Ladeé el rostro unos grados y, con una sonrisa cínica que más intentaba convencerme a mí que a él, hablé despacio, marcando cada sílaba como si fuera un conjuro para alejar lo que aún me ataba.
—No fue lo que esperaba. En realidad, estoy un tanto decepcionado —dije, y cada palabra llevaba un deje de burla contenida—. Quizá pensé que sería distinto, que encontrar en ti aquello que anhelé durante años sería la culminación de todo… y no lo fue. —Siempre soñé con el día en que él me buscaría a mí, que vendría a rescatarme de mi propia soledad; ahora que lo tengo tan cerca, la gratificación se siente extraña, hueca, menos poderosa de lo que imaginé—. Hay mejores —concluí con una sonrisa que pretendía ser despreocupada—. Pero no te desanimes: siempre habrá quien se conforme con… —Hice una pausa deliberada, reí con una carcajada corta y miré su entrepierna antes de devolverle la mirada— eso.
El rostro de Robert se incendió en ira como si hubiese encendido un fósforo sobre su piel. Por un instante temí el golpe; sentí la tensión en el aire, una electricidad peligrosa que hacía vibrar la habitación. No tardó en tomarme con brusquedad y arrojárme encima sobre la cama, el peso de su cuerpo acallando cualquier tontería que quisiera decir a continuación.
—Te creería si no recordará cómo gemías por más —susurró, con la seriedad más fría que le conocía. Su voz me atravesó y, de pronto, mis mejillas se tornaron encendidas; era la primera vez que lo oía nombrar así mi entrega, y el comentario me dejó desnudo y expuesto—. Pero espero que esta vez cumplas tu palabra y no sea una estrategia más —añadió, reteniendo en la mirada la sospecha y la fatiga de tantas promesas rotas.
Respiré hondo, sintiendo la fragilidad de la promesa que me pedía. Respondí con una verdad que necesitaba más para mí que para él:
—Tranquilo. Lo juro. No volveré a molestarte. —No era solo una frase dirigida a obtener su aprobación; era un pacto conmigo mismo. No volvería a mendigar afecto ni a sacrificar mi dignidad por migajas. Dentro de mí, pensé, quizá esté germinando algo distinto: un amor que no se sostiene de la obsesión ni del ruego, sino del cuidado y la protección; un amor por el hijo que ahora llevaba y por mí mismo, por la persona que debía aprender a ser.
Robert frunció el ceño, evaluando cada rincón de mi sinceridad, y tras un instante que se sintió interminable, asintió con lentitud.
—Bien —murmuró, seco. Me lanzó una última mirada que no supe descifrar: no era precisamente ternura; había distancia, quizá incertidumbre. Luego se levantó y salió de la habitación con pasos medidos, dejando atrás el rastro fresco de su gel de baño y una calma tensa que costaba sostener.
Solté un suspiro largo y profundo, como si hubiera exhalado con él parte del veneno que me consumía. «Dios», pensé, sintiendo al mismo tiempo alivio y una nostalgia punzante. Un segundo más en su presencia y habría sido fácil perder el control; lo odió y, sin embargo, no puedo negar los sentimientos que me han acompañado durante años era una contradicción que dolía. No sería sencillo borrarlo de mi mente, pero tampoco sería imposible.
«Me lo prometo: lo olvidaré, cueste lo que cueste».
Esa semana fue un auténtico tormento, aunque nadie lo habría imaginado al verme. Me esforcé por mantener mi mejor sonrisa, la postura impecable y esa educación refinada que mi padre tanto había insistido en inculcarme. Cada palabra, cada gesto, eran una máscara perfectamente colocada sobre un alma que se desmoronaba por dentro. Todos parecían sorprendidos con mi cambio repentino, como si no reconocieran al Elijah que solía ser impulsivo, sarcástico e insoportable.
Incluso Robert, que nunca perdía detalle, mantenía sus ojos sobre mí más de lo habitual. Podía sentir su mirada fija, como si quisiera descifrar qué pasaba dentro de mi cabeza. Esa sensación me atravesaba, helada y quemante al mismo tiempo.
Con Axel, en cambio, la relación fue... neutral. No había lugar para los enfrentamientos ni para las palabras cargadas de veneno. Evité provocarlo, evité mirarlo más de lo necesario. No le daría motivos para odiarme, no después de haber visto de lo que es capaz. Pero también me prometí que si algún día se atrevía a cruzar la línea, no me quedaría de brazos cruzados. Esta vez, nadie volvería a pisotearme.
Solté un suspiro pesado y cerré los ojos, dejando que el viento primaveral rozara mi rostro con su aroma a tierra húmeda y flores silvestres. Cabalgar siempre había sido una forma de calmarme, de poner distancia entre mis pensamientos y la realidad. El sonido rítmico de los cascos de Pegaso sobre el suelo era casi hipnótico, y por un momento, creí poder olvidarme de todo.
—Te voy a extrañar —murmuré, acariciando el cuello firme de mi caballo. Sus músculos se movían con elegancia bajo mi mano—. Te llevaré conmigo, pero tomará un poco de tiempo, ¿de acuerdo? —él soltó un resoplido suave, como si entendiera perfectamente mis palabras. Sonreí ante su respuesta.
Pegaso había llegado a mi vida cuando cumplí quince años, un regalo de mi padre.
Un pura sangre andaluz blanco, de mirada noble y temperamento inquieto. Lo vi crecer, domarse, aprender a reconocer mi voz y mis silencios. Era mi refugio, mi única compañía sincera dentro de una casa donde las apariencias valían más que los sentimientos.
El cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados y lilas, y comprendí que me había alejado más de lo habitual de la finca. A lo lejos, la casa principal era ya sólo una silueta borrosa. En un par de días, regresaríamos a la ciudad. Axel comenzaría a trabajar en la empresa, y yo tendría que encontrar la manera de desaparecer sin levantar sospechas. No podía irme todavía; debía cerrar un proyecto importante. Pero apenas lo hiciera, me marcharía del país, aunque fuera solo por un tiempo.
Necesitaba aire. Necesitaba olvidar.
Suspiré, cansado. Cerré los ojos un instante, solo para abrirlos de golpe cuando escuché un relincho agudo. A unos metros de mí, un imponente caballo percherón color castaño se alzó en dos patas, desbocado. Su jinete salió disparado hacia el suelo, rodando por la hierba. El animal relinchó una vez más antes de escapar a toda velocidad, dejando una estela de polvo tras de sí.
—Vamos, Pegaso —murmuré, presionando suavemente mis talones contra su costado. El caballo respondió con rapidez y nos acercamos al hombre caído. Las fincas estaban separadas apenas por muros bajos, sin vallas ni cercas, así que crucé sin pensarlo.
Descendí de un salto y corrí hacia él.
—¿Tienes alguna fractura? —pregunté, inclinándome sobre su figura.
El hombre levantó la vista hacia mí. Tenía el cabello rubio blanquecino y los ojos de un hermoso color gris, que parecían perderse en el atardecer.
—No, no, estoy bien —respondió con un ligero acento francés que delataba su procedencia. Supe de inmediato a que familia pertenecía.
—Déjame ayudarte —dije, cuando lo vi intentar ponerse de pie. Apenas apoyó el pie derecho, soltó un quejido ahogado y su cuerpo se dobló de dolor. Negué con la cabeza—. Al parecer, no estás tan bien como dices. Apóyate en mí, te llevaré de vuelta.
—No es necesario —replicó con una mezcla de orgullo y terquedad.
—Créeme, lo es. La finca de los Lafayette está a más de tres kilómetros, no llegarás cojeando —expliqué con calma. Los Lafayette eran una familia francesa que se había instalado en la zona hacía tres años; discretos, elegantes y amables, aunque poco dados a socializar.
—Pegaso, ven aquí, muchacho —le indiqué a mi caballo. Este trotó hacia mí y, tras tres palmadas en su lomo, obedeció la señal para agacharse un poco, facilitándonos subir.
El desconocido me observó con cierta sorpresa antes de sonreír ligeramente.
—Gracias por la ayuda —dijo, extendiendo su mano. La tomé y lo ayudé a subir. Luego monté delante de él y di la orden a Pegaso de avanzar con paso firme.
El silencio que siguió fue cómodo, como si ambos compartiéramos el mismo alivio. Hasta que rompí la quietud con una voz serena.
—¿Tu primera vez montando? —pregunté, más por cortesía que por curiosidad.
—Montando ese caballo, sí —respondió con una sonrisa ladeada y una risa baja que me pareció peligrosamente atractiva—. Me gusta dominar a los conflictivos.
—Al parecer, no eres tan bueno en eso —repliqué con una leve ironía, intentando disimular el pequeño estremecimiento que me provocó su tono.
—Un poco más, y lo tendré completamente domado —replicó con seguridad, sin perder esa sonrisa confiada.
Asentí sin responder. Continuamos el resto del camino en silencio, pero no fue un silencio incómodo; era uno de esos en los que las palabras sobran, donde la presencia del otro basta para llenar el aire. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que algo dentro de mí comenzaba a calmarse, aunque no tenía idea de que aquel encuentro marcaría el inicio de algo que cambiaría todo lo que creía tener bajo control.
Gracias por la actualización
yo si quisiera que quedarán juntos claro después que el sufriera bastante y cambiará completamente para poder recuperar a Eli, o por lo menos que fuera un trío para que el papucho de Dominick no quede por fuera
I hate you
Bastard