Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
NovelToon tiene autorización de valeria isabel leguizamon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 18
A la mañana siguiente, Ai preparó una sopa.
La llevó en un cuenco humeante hasta la habitación de Ren. Llamó suavemente. No hubo respuesta. Abrió la puerta con cuidado.
Lo encontró igual que lo había dejado la noche anterior. Sentado en la misma posición, la cabeza apoyada en la mesa, la carta arrugada en su mano. La habitación olía a sake rancio y a lágrimas secas.
—Ten —dijo Ai, dejando el cuenco frente a él—. Veo que pasaste una noche difícil. Te lo dejo.
Ren no se movió.
—Ahora tengo que irme —continuó Ai—. Debo... servir.
Se dio la vuelta para irse.
Pero una mano la sujetó del brazo.
Ren había levantado la cabeza. Tenía ojeras profundas, la cara hinchada de tanto llorar, el cabello desordenado y pegado a la frente. Parecía un fantasma.
—Sientes lástima por mí, ¿verdad? —dijo. Su mano temblaba.
Ai suspiró.
—No. Por supuesto que no. Esto no es mi asunto. Y yo no me involucro donde no es mi problema.
Ren la miró, con los ojos enrojecidos.
—¿A menos que...?
—¿A menos que qué? —preguntó él.
Ai sostuvo su mirada.
—A menos que me beneficie.
Ren parpadeó.
—Yo no creo en el amor, Ren —dijo Ai, y su voz era serena, sin autocompasión, solo hechos—. Soy una mujer de la calle. Una a la que han golpeado, humillado y violado.
Hizo una pausa.
—Pero soy leal. Mientras lo sean conmigo. Y si necesitas mi ayuda, te ayudaré. Siempre y cuando obtenga un beneficio.
Ren la miró fijamente.
—Pero te prometo algo —continuó Ai, y algo en su voz cambió. Se volvió más firme. Más verdadera—. Jamás, jamás te voy a traicionar. Conmigo es a matar o morir.
Ren no dijo nada.
Solo la miró.
Y entonces, como un hombre que se ahoga y encuentra una tabla en medio del océano, se levantó y cayó en sus brazos.
La abrazó con una desesperación que dolía. Con la fuerza de alguien que no tiene nada más.
—Necesito que me consueles —suplicó contra su hombro.
Ai sintió su cuerpo temblar. Sintió su calor. Sintió su dolor.
Levantó las manos lentamente. Lo rodeó con sus brazos.
—Siempre, cariño —susurró—. Siempre.
Y en esa habitación empapada de sake y lágrimas, dos almas rotas se sostuvieron mutuamente.
Él, por el amor que perdió.
Ella, por el amor que nunca tuvo.
Pero en ese abrazo, por un instante, ninguno estuvo solo.
Capítulo
Ai preparó un baño.
El agua humeaba en la gran tina de madera, perfumada con las hierbas que encontró en los aposentos de Ren. Lo ayudó a entrar, sosteniéndolo porque él apenas podía mantenerse en pie.
Lo bañó con sus propias manos.
Sin prisa. Sin palabras. Solo el agua cayendo, las manos limpiando, el silencio llenándolo todo.
Ren cerró los ojos. Por primera vez en días, su cuerpo dejó de temblar.
Cuando terminó, lo vistió con ropa limpia. Lo llevó al futón. Lo recostó con cuidado, como se hace con los niños enfermos.
Se quedó a su lado.
—No te vayas —suplicó él, con la voz rota.
Ella asintió.
Se acostó a su lado y lo abrazó. Él se acurrucó contra ella como un animal herido, buscando calor, buscando consuelo, buscando algo que no sabía nombrar.
Así se quedaron. Abrazados. Respirando juntos. Hasta que el sueño lo venció.
Cuando el sol ya había avanzado en el cielo, Ai se levantó con suavidad.
Salió de la habitación sin hacer ruido. Cerró la puerta tras de sí.
Y fue a atender a su señora.
La concubina la esperaba con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
—Llegas tarde —dijo,
—Mis disculpas, señora —respondió Ai, inclinando la cabeza—. Tuve que atender unos asuntos.
—Seguro que sí. —La concubina la recorrió con la mirada, buscando algo que pudiera usar en su contra—. Apestas a hombre.
Ai no respondió. Solo mantuvo la cabeza baja y la sonrisa perfecta.
La concubina resopló.
—Prepárame para la ceremonia de esta tarde. Y no quiero demoras.
—Sí, señora.
Mientras cepillaba el largo cabello negro de la mujer que la odiaba, Ai pensó en Ren. En su abrazo. En sus lágrimas. En su cuerpo temblando contra el suyo.
Pobre hombre, pensó. Tan poderoso y tan roto.
Como todos.
Como yo.
Pero a diferencia de él, ella no tenía el lujo de romperse. Ella tenía que seguir. Siempre seguir.
El cepillo pasaba una y otra vez por el cabello de seda.
La concubina miraba al frente, ajena a los pensamientos de la mujer a sus espaldas.
Ajena a que la "puta de quinta" que tanto despreciaba acababa de pasar la noche abrazada a su amante.
Ajena a que esa misma puta sabía todos sus secretos.
Ajena a que, muy pronto, el mundo que ella conocía empezaría a desmoronarse.
Ai sonrió.
Y siguió cepillando.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.