Despertar en época moderna
"Viví dieciocho años en una jaula de oro, creyendo que el desprecio de mi esposo era mi única realidad. Fui la esposa sumisa, la dama que lavaba los pies de su suegra y la mujer que ocultaba sus lágrimas tras un abanico."
Lorena Casas, la hija de una familia prestigiosa, lo sacrificó todo por un hombre que consideraba un erudito brillante. Pero mientras ella se consumía en la soledad de la mansión Vila, su esposo Marco tejía una red de mentiras, traiciones y malversaciones, planeando reemplazarla con su amante y hundir a su familia.
Todo habría sido perfecto para él... si no hubiera nacido Aurora.
Mi hija no es una bebé común. Con una mente que desafía la lógica y la capacidad de leer los secretos más oscuros de quienes nos rodean, ella es la única que sabe lo que Marco hace en las sombras.
Mientras Marco cree que estamos atrapadas en su red, Aurora está moviendo los hilos. Desde su cuna, esta bebé genio me guía, revelando los fraudes, exponiendo a los espía
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Capítulo 9: La Esfera del Primer Arquitecto
La atmósfera en la cámara privada era irrespirable tras la partida del Barón Kaelen. Su perfume, una mezcla de tabaco caro y ozono industrial, todavía flotaba en el aire, recordándole a Elena la fragilidad de su posición. Kaelen se había marchado con una elegancia fingida, dejando atrás un rastro de promesas vacías y la humillación de haber sido "mojado" por su propia hija.
«Pobre imbécil», pensó Vespera, sus ojos brillantes fijos en el lugar donde su padre había estado de pie segundos antes. «Cree que un poco de orina es el mayor insulto que recibirá hoy. Espera a que descubra quién es realmente su hija».
Elena, ajena al humor negro de la bebé, se sentía como si el suelo bajo sus pies se hubiera convertido en arenas movedizas. Cuando las criadas confirmaron que Kaelen se había dirigido a la Sala Virtuosa —el ala reservada para su madre, la Baronesa Madre—, el frío le caló los huesos.
La Sala Virtuosa albergaba un secreto. No era solo un lugar de rezo; era la bóveda de los tesoros de la familia Kaelen, los objetos heredados de los fundadores del Gremio del Acero. Y allí, en ese santuario, Kaelen había hecho algo imperdonable.
—¿Señora? —Tea entró en la habitación, con el rostro desencajado—. Las sirvientas de la Baronesa Madre han visto al Barón salir. Llevaba algo en las manos. La Esfera del Primer Arquitecto.
Elena sintió un latigazo en el pecho. La Esfera del Primer Arquitecto no era un simple adorno; era una pieza de ingeniería antigua, una llave maestra que otorgaba acceso a los protocolos de seguridad de la ciudad. Durante años, Elena había suplicado a la Baronesa Madre que le permitiera estudiar ese artefacto, convencida de que contenía las claves para sanar a Julian, su hijo mayor.
Julian, el primogénito, había sido un niño brillante, un prodigio de la mecánica hasta aquel "accidente" en el núcleo de la mansión hace años. Desde entonces, había quedado confinado a la oscuridad, con sus facultades cognitivas fracturadas, una sombra de lo que fue.
«¿Se la ha dado a ella?», la voz de Vespera resonó en la mente de Elena, cargada de una rabia gélida. «Se la ha dado a la amante. Kaelen ha tomado la reliquia de nuestra estirpe, la única herramienta que podría haber revertido el daño neurológico de Julian, y se la ha entregado a su 'segunda familia' como un regalo de aniversario».
La traición alcanzó una nueva dimensión. No era solo un asunto de alcoba; era un robo de patrimonio familiar y, peor aún, una condena de por vida para su hijo herido.
—Esa esfera era lo único que mantenía a Julian conectado a la realidad —murmuró Elena, con los nudillos blancos de tanto apretar las sábanas—. La Baronesa Madre siempre dijo que era un tabú, que estaba reservada para el heredero que "mereciera" el legado. Y él... él simplemente la ha regalado para comprar el afecto de una mujer que vive en el fango.
Tea bajó la mirada, temiendo la reacción de su ama.
—Señora, el Barón cree que nadie se atrevería a cuestionar sus movimientos en la Sala Virtuosa. Él piensa que usted está demasiado ocupada con Aurora y con su propia recuperación como para notar el faltante.
—Eso es lo que él cree —replicó Elena, levantándose. Su debilidad física parecía haberse desvanecido, reemplazada por un fuego interior que consumía cualquier rastro de miedo—. Tea, quiero que envíes un mensaje cifrado a los Inspectores del Gremio. No buscaremos el contrabando de armas esta vez. Vamos a reportar una violación de los protocolos de seguridad de la ciudad.
—¿Señora? Eso implicaría una auditoría total de la mansión...
—Exacto. La Esfera del Primer Arquitecto no puede salir de esta propiedad sin dejar un registro de firma energética. Si Kaelen la ha sacado, él mismo ha dejado la evidencia de que ha burlado la seguridad estatal. Queremos que los Inspectores registren el carruaje privado del Barón antes de que llegue al callejón donde esconde a su amante.
«Caza al zorro, madre», susurró Vespera. «Si el Gremio descubre que ha entregado un dispositivo de seguridad de Nivel 1 a una civil sin autorización, no lo destituirán. Lo ejecutarán por traición».
Elena miró a su bebé. La pequeña le dedicó una sonrisa, una mueca que no tenía nada de infantil y todo de estratega.
—Esta noche —dijo Elena, mirando hacia la ventana, hacia los muelles donde la amante de su marido esperaba—, el Barón Kaelen aprenderá que no se juega con la seguridad de la ciudad, y mucho menos con la madre de mis hijos.