Renace en un mundo mágico para cobrar venganza.
* Novela parte de un gran mundo mágico *
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Sueño 2
El sueño regresó, arrastrándola sin suavidad, como si no le diera opción.
Volvió a ver a la misma mujer del vestido celeste, aunque esta vez el color parecía más apagado, casi gris bajo una luz pesada y artificial. La escena era distinta, pero la tristeza era más profunda, más insoportable. Estaba de pie en un salón amplio, solemne, decorado con flores que no lograban ocultar la frialdad del lugar. Había gente alrededor, figuras borrosas, testigos mudos de algo que no debía celebrarse.
La mujer se estaba casando.
A su lado había un anciano. Su postura era rígida, su piel ajada, pero lo que más perturbaba era su mirada: oscura, posesiva, cargada de una intención que no tenía nada de amor. Sus labios se curvaban en una sonrisa desagradable, lenta, como si saboreara una victoria. La mano que apoyaba sobre el brazo de ella no era un gesto de apoyo, sino de dominio.
Ella, la novia, mantenía la cabeza baja. No había ilusión en su rostro, ni esperanza. Solo resignación.
Frente a ellos, el hombre mayor que en el sueño anterior parecía ser su padre observaba la escena con satisfacción. Sonreía. Una sonrisa amplia, orgullosa, como si aquel matrimonio fuera un logro, un buen negocio, un destino cumplido. No había duda ni culpa en su expresión.
La soñante sintió un nudo en el pecho, una rabia muda, una tristeza que no le pertenecía pero que la atravesaba como si fuera propia.
Entonces la visión se quebró.
El salón desapareció y fue reemplazado por una habitación oscura, cerrada, mucho más pequeña. La mujer del vestido celeste ya no llevaba el vestido. Ahora estaba sentada en el suelo, apoyada contra una pared desnuda. Su cuerpo estaba cubierto de moretones, marcas visibles en los brazos, en el cuello, en las piernas. Algunas heridas parecían recientes; otras, viejas, mal cicatrizadas, como si el dolor se hubiera vuelto rutina.
Su cabello estaba revuelto, sucio, cayendo sin cuidado sobre su rostro demacrado. Pero lo que más destacaba era su vientre: grande, pesado, inconfundible. Estaba embarazada.
Respiraba con dificultad, temblando, y frente a ella había una pequeña mesa improvisada. Sobre ella, un retrato. El retrato del joven de cabello castaño, el mismo que antes la había ayudado, el que se parecía a ella, el que irradiaba una bondad silenciosa. El marco era sencillo, gastado por el tiempo.
A un lado del retrato, una vela encendida proyectaba sombras temblorosas en la pared.
La mujer alzó la vista hacia la imagen y entonces comenzó a llorar. No con sollozos ruidosos, sino con un llanto contenido, roto, como si ya no tuviera fuerzas ni siquiera para el desespero. Las lágrimas caían una tras otra, silenciosas, mezclándose con el polvo del suelo.
Ella estiró una mano temblorosa hacia el retrato, sin tocarlo, como si temiera romper lo único puro que le quedaba. Sus labios se movieron, pero no se oyeron palabras. Solo el dolor.
Ella sintió que algo se desgarraba dentro de ella. Una certeza inexplicable, terrible: aquel sufrimiento no era simbólico. Era real. Había ocurrido. Había dejado huella.
Y justo antes de que el sueño se desvaneciera, comprendió que esa mujer no lloraba solo por sí misma, sino por todo lo que le habían arrebatado… y por el único amor que jamás pudo salvarla.
Cuando despertó, lo hizo de golpe, como si algo la hubiera empujado fuera del sueño. El corazón le latía con fuerza, desacompasado, y durante unos segundos no supo dónde estaba ni quién era exactamente. El aire le entró a los pulmones con dificultad, cargado de una sensación extraña, antigua, que no lograba sacudirse.
Se incorporó lentamente, apoyando las manos sobre el colchón. El mareo era leve, pero la confusión era absoluta. Miró alrededor, esperando que la habitación se transformara, que las paredes elegantes se disolvieran en azulejos blancos, que apareciera un monitor, una enfermera, cualquier cosa que le devolviera la lógica.
Nada cambió.
La habitación seguía ahí: antigua, sobria, silenciosa. Real. Demasiado real para ser un sueño prolongado.
Se levantó con cuidado y caminó despacio, como si temiera que el suelo desapareciera bajo sus pies. Cada paso resonaba suavemente en el piso de madera. Se acercó a un espejo alto, de marco trabajado, apoyado contra la pared, y alzó la vista sin demasiada expectativa, casi por inercia.
Entonces se detuvo.
El reflejo que la miraba no era el suyo.
O lo era… pero no como lo recordaba.
Ante ella estaba la mujer de sus sueños. El mismo rostro delicado, las mismas facciones suaves, la misma forma de los ojos. Pero no era la figura golpeada, agotada y rota que había visto llorar frente a una vela. Esta mujer estaba joven. Saludable. La piel limpia, sin moretones. El cabello ordenado, brillante, cayendo con naturalidad sobre los hombros. Los ojos, aunque cargados de una melancolía profunda, aún conservaban luz.
Ella llevó una mano temblorosa a su mejilla. El reflejo imitó el gesto.
El aire se le quedó atrapado en la garganta.
Negó despacio, incapaz de aceptar lo que estaba viendo. Buscó alguna señal que la diferenciara, algo que dijera no eres tú, pero no lo encontró. Era la misma mujer. La de los sueños. Solo que en un tiempo distinto, antes del sufrimiento, antes de la destrucción.
Una certeza helada se asentó en su pecho.
No estaba soñando.
Nunca lo había estado.
De algún modo imposible, inexplicable, ella era esa mujer. No como la recordaba el dolor, sino como había sido alguna vez: intacta, viva, aún no quebrada por el destino que ya había visto.
Y frente al espejo, con el silencio antiguo envolviéndola, comprendió que los sueños no eran advertencias ni fantasías… eran recuerdos.