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Pecado Clandestino

Pecado Clandestino

Status: En proceso
Genre:Romance / Posesivo
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Miliarias

Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
​Entonces conoce a Esther Molina.
​Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
​La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.

NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Volver a la realidad

El olor a café barato y el sonido del despertador me devolvieron a la tierra de un bofetón.

Me senté en la cama, pasándome las manos por el rostro. Me dolía el cuerpo, pero era un dolor delicioso, un recordatorio latente de las manos grandes de Julián apretando mis caderas y de la forma salvaje en que me había poseído contra esas sábanas oscuras. Al bajar la mirada, descubrí un par de marcas rojizas en la base de mi cuello y un cosquilleo eléctrico volvió a encenderse entre mis muslos. Dios, la química en esa cama había sido irreal. Me abracé a la almohada por un segundo, extrañando el calor de su piel, el roce áspero de su barba y esa forma tan posesiva que tenía de mirarme.

Pero la burbuja de cristal se rompió en cuanto escuché unos pasitos en el pasillo.

—¡Mamá, ya me desperté! ¿Me haces panqueques? —la voz de Sofía me obligó a ponerme de pie de inmediato.

Me calcé una playera alta para ocultar los estragos de la noche anterior y salí a la cocina con mi mejor sonrisa de mamá perfecta. Mientras batía la mezcla y preparaba el desayuno, mi mente traicionera no dejaba de viajar a la habitación 404. Tenía los dedos cosquilleando por tomar el teléfono, por enviarle un mensaje que rompiera el pacto, un simple *"¿Cómo estás?"*. Pero me obligué a tragarme las ganas. Teníamos reglas claras. Sin nombres fuera de ahí, sin pasado, sin presente. Solo éramos dos extraños que se devoraban en la oscuridad.

A la misma hora, a unos kilómetros de ahí, Julián Zaragoza lidiaba con su propio infierno personal.

—¡Me importa un demonio cómo pasó, quiero ese contenedor retenido ahora mismo! —el grito de Julián hizo temblar los cristales de su oficina ejecutiva.

Se pasó una mano por el cabello, frustrado. La aduana portuaria era un caos esa mañana: un cargamento sospechoso de contrabando de alta gama había burlado los primeros filtros y el papeleo internacional amenazaba con convertirse en un escándalo mediático. El estrés le tensaba los hombros, haciéndole doler la espalda. Sin embargo, cada vez que cerraba los ojos para respirar, el aroma a vainilla y piel húmeda de Esther le inundaba los sentidos.

Aún podía sentir la calidez de su interior apretándolo, sus gemidos desvergonzados rompiendo el silencio del hotel. Julián miró su teléfono celular sobre el escritorio de caoba. Tuvo la tentación de marcar su número, de exigirle que fuera a su oficina en ese mismo instante para encerrarla, subirle el vestido y descargar toda la furia del trabajo en su cuerpo. Pero se contuvo. Él mismo había puesto las malditas reglas. No iba a ser el primero en flaquear.

Para empeorar el día, la puerta de su oficina se abrió de golpe sin previo aviso.

—Necesito dinero, Julián. Voy a salir con las chicas hoy de compras y luego de fiesta —Victoria, su hija de dieciocho años, entró como un torbellino, vistiendo unos jeans ajustados y un top corto que a Julián le pareció un insulto a la decencia.

Julián suspiró, frotándose el puente de la nariz. El luto por su esposa fallecida aún flotaba como un fantasma entre ellos, y lidiar con la rebeldía adolescente de Victoria lo agotaba más que diez juntas aduaneras.

—Buenos días para ti también, Victoria. Y la respuesta es no. Anoche te escapaste de casa a pesar de que te lo prohibí. Estás castigada.

—¡Eres un dictador! —exclamó la joven, cruzándose de brazos con una mirada llena de desprecio—. Desde que mamá no está, solo te importa tu estúpida empresa. ¡Te odio!

El desplante le dolió en el pecho, pero Julián mantuvo el rostro impasible, esa máscara de frialdad corporativa que usaba para protegerse del mundo. Victoria dio media vuelta y salió azotando la puerta, dejándolo sumido en un silencio sepulcral.

Agotado, Julián se reclinó en su silla de piel. La cabeza le estallaba. Abrió el cajón de su escritorio y sacó el teléfono personal. Desbloqueó la pantalla y se quedó mirando el chat vacío con el número de Esther. La necesitaba. Necesitaba esa vía de escape donde no tenía que ser el director perfecto ni el padre frustrado; solo un hombre entregado al placer más puro y primitivo.

En su pequeño departamento, mientras lavaba los trastes, Esther también miraba su teléfono sobre la mesa. El deseo de escuchar su voz ronca era una punzada constante en el vientre. La atracción magnética seguía tirando de ambos a la distancia, como un hilo invisible que se tensaba más y más con cada hora que pasaba.

Ambos se extrañaban con una intensidad peligrosa, pero ambos se prohibieron textear. La realidad los reclamaba, pero el pecado clandestino ya había echado raíces, y la espera solo iba a hacer que el próximo encuentro fuera mil veces más explosivo.

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Rita Coba
cómo está es embarazo de aldo riesgo no pueden tener relaciones sexual 🤣
Rita Coba
ojalá ke se estén cuidando si embarazo en la puerta 🤣🤣
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