La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Un beso lleno de calor
Sus labios se encontraron en un beso tan cálido que ambos vibraron. Primero fue un roce, luego el alfa buscó su lengua con la suya. El tacto fue tan intenso, sabía a jugo de arándanos, el jugo que ambos habían tomado antes. Hamlet dejó soltar un gemido al sentir su calidez, sus manos se apoyaron instintivamente al pecho enorme del chef. Sus piernas temblaron y sintió un caliente en su bajo vientre.
Ambos sentían como el beso iba profundizandose. Sus lenguas húmedas chocaban entre ellas. Sus cuerpos encajaron bajo la ropa, el alfa lo acorraló como una fiera contra una de las paredes del ascensor. Se olvidaron de la oscuridad, del ascensor, del mundo.
Entonces sonó el intercomunicador.
—¿Hay alguien ahí?
César se apartó agitado y respondió todo ronco. Miró el rostro del Omega deseó poder verlo con luz. Si sería igual que en sus sueños.
—Si. Dos personas.
—¿Están bien?
Hamlet respondió antes que él, agitado, excitado.
—Depende...
El operador afuera guardó silencio por unos segundos sin entender que dentro de ese ascensor habían dos hombres que acababan de probarse por primera vez.
—¿Depende de qué?
—¿Cuánto tardarán?
—Unos treinta minutos.
Hamlet dejó caer la cabeza contra el pecho agitado del alfa frente a él. Deseó poder ver la expresión del alfa. No sabía en que pensar, si aquel beso solo fue para tranquilízarlo o si realmente quiso tomar eso como excusa.
—Treinta...
César levantó la vista al techo tratando de controlar su erección. Si fuera por él lo tomaría allí mismo. Lo haría todo suyo. Quitaría sus miedos y sus ganas.
—Bueno...
—¿Bueno?
—Al menos no son treinta horas. Porque no respondería por lo que quisiera hacerte ahora mismo.
Hamlet lo miró sin poder ver su expresión.
—Eso no ayuda.
—Estoy intentando calmarme— lo abraza.
El Omega se dió cuenta de lo duro que estaba.
Varios minutos después...
—¿Ya pasaron los treinta?
—Han pasado dos.
—¿Solo dos?
—Sí.
—Este reloj está dañado.
César no pudo contener la risa.
—Definitivamente. No te muevas o no respondo. Voy a tranquilizarte de nuevo. Y no será solo un maldito beso.
Pasaron otros minutos.
Para distraerlo, César comenzó a contar una historia.
—¿Sabes cuál fue mi primer desastre en una cocina cuando era niño y descubrí que quería ser cuando grande?
Hamlet negó con curiosidad.
—Quemé una olla con agua.
Hubo un silencio.
—¿En serio?
—Si. Solo la dejé secar. Mi Nana casi le da algo. Mis padres me regañaron cuando lo supieron y yo solo les dije que quería ser un chef.
Hamlet terminó riéndose. Cesar aprovechó para darle un besito de piquito.
—Eso es imposible.
—Mi maestro dijo exactamente lo mismo.
—¿Y qué pasó?
— Mírame aquí, con mi sub chef. Valió la pena pasar por todo hasta llegar a este momento. Me siento como esa agua, caliente a punto de evaporarse por tu calor. Y aún no dejas salir tus feromonas... Sé que estás en ese tratamiento... Pero me gustaría sentir tus feromonas algún día.
Hamlet se echó a reír.
—No estoy seguro que algún día puedas olerme.
—Estoy dispuesto a esperarte.
Poco a poco, la conversación fue alejando el miedo.
Hasta que...
¡Tac!
El ascensor volvió a moverse unos centímetros.
—¡Ay! —exclamó Hamlet dando un pequeño salto.
Sin pensarlo, sujetó la camisa de César en el pecho arrigandosela.
Los dos quedaron inmóviles.
Hamlet soltó la tela inmediatamente.
—Perdón...
—No pasa nada. Puedes arrancarmela si quieres.
En ese instante se escuchó una voz desde afuera.
—¡Ya casi está!
—¡Gracias! —respondió César.
—¿Quién diseñó este ascensor? —murmuró Hamlet.
—Seguro alguien que odiaba los lunes. O fue el destino.
Hamlet volvió a reír.
Unos segundos después las puertas comenzaron a abrirse lentamente.
Del otro lado había tres técnicos y dos guardias de seguridad.
Uno de los técnicos sonrió al verlos.
—Ya pueden salir.
Otro los observó de arriba abajo al sentir las feromonas alfas.
—Vaya... pensé que encontraríamos gente gritando.
César señaló a Hamlet con una sonrisa.
—Él hizo todo el trabajo.
—¡Oiga! Yo solo pregunté cada dos minutos cuánto faltaba.
—Cada minuto y medio —corrigió César.
El técnico soltó una carcajada.
—Bueno, al menos no se aburrieron.
Hamlet salió primero todo rojo.
Al pisar el pasillo respiró profundamente.
—Jamás había estado tan feliz de ver un piso de hospital.
César caminó a su lado.
—¿Escaleras la próxima vez? Te perderás de mis labios... aunque unas escaleras no estarían mal para besarte de nuevo.
Hamlet lo miró divertido.
—Doce pisos... No serían suficiente para usted.
—Tienes razón.
Los dos comenzaron a caminar mientras, detrás de ellos, uno de los técnicos comentaba en voz baja a su compañero:
—Al final el ascensor hizo nuevos amantes.
—Sí... pero mañana le hacemos mantenimiento igual.
Los cuatro terminaron riéndose, incluso Hamlet, que por primera vez sintió que un momento que normalmente habría recordado con miedo terminaba convertido en una anécdota divertida. No sabe que pasará con ellos, pero al menos le encantó ese beso que estaba dispuesto a repetir ya sea en otro ascensor, escaleras o pasillos.