La primera vez que se encontraron, murieron.
La segunda vez, también.
Y aun así volvieron a buscarse.
A lo largo de tres vidas, tres épocas y tres historias distintas, dos almas destinadas a amarse desafiarán al tiempo, a la muerte y al destino para volver a encontrarse.
No recuerdan quiénes fueron.
No recuerdan cómo se perdieron.
Pero sus corazones sí.
Porque algunas conexiones son más fuertes que el olvido.
Más fuertes que la distancia.
Más fuertes incluso que la muerte.
ETERNOS es una historia sobre almas gemelas, segundas oportunidades y un amor capaz de atravesar siglos enteros.
Porque hay amores que terminan.
Y hay otros que duran para siempre.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Camino
Caleb
El sol atraviesa las ramas sobre mi cabeza mientras las nubes compiten con él.
Pronto volverá a llover. Es uno de esos veranos…
Estoy sentado contra un viejo roble, con una manta sobre las piernas y una taza de infusión caliente entre las manos.
Abigail me prohibió levantarme. Por supuesto. Porque Abigail disfruta dando órdenes. Y porque, según ella, todavía soy demasiado estúpido para entender que casi muero.
Yo sostengo que exagera. Ella sostiene que no.
Y, por desgracia, suele tener razón.
—¿Quién recuerda para qué sirve la corteza de sauce? —pregunta.
Cinco manos se levantan de inmediato.
Las niñas se empujan unas a otras intentando responder primero.
Abigail sonríe.
—Una a la vez —pide.
—Para el dolor.
—Muy bien.
—Y para bajar la fiebre.
—También.
—Y para hacer que Agatha deje de quejarse.
Las niñas estallan en carcajadas.
Agatha, que está sentada sobre una roca limpiando zanahorias, les lanza una mirada escandalizada.
—Eso es calumnia.
—Es verdad —dice una niña.
—Totalmente verdad —agrega otra.
Las risas vuelven a estallar. Yo también sonrío mientras me descubro observando a Abigail.
Otra vez.
Como llevo haciendo durante días.
Está arrodillada sobre la hierba. El viento mueve algunos rizos alrededor de su rostro. Sus ojos verdes brillan mientras explica algo sobre raíces, estaciones y ciclos de crecimiento.
Las niñas la escuchan como si estuvieran escuchando la historia más importante del mundo.
Y quizá lo sea.
Porque están aprendiendo. De verdad aprendiendo.
No memorizando.
No obedeciendo.
Aprendiendo.
Una de las más pequeñas levanta la mano.
—¿Cómo sabes tantas cosas?
Abigail sonríe.
Una sonrisa suave. Nostálgica.
—Agnes me enseñó.
La niña parece satisfecha con esa respuesta.
Pero yo no.
Porque durante los últimos días he escuchado ese nombre una y otra vez.
Agnes.
Agnes dijo esto.
Agnes hacía aquello.
Agnes creía esto otro.
Como si siguiera viviendo aquí. Como si aún caminara entre estos árboles.
Las niñas continúan preguntando y Abigail responde cada duda con paciencia infinita.
Sobre plantas.
Sobre animales.
Sobre el cielo.
Sobre las estrellas.
Sobre cómo orientarse observando la luna.
Sobre cómo predecir una tormenta observando el comportamiento de los pájaros.
No es magia… Nunca lo fue.
En el pueblo nos enseñaban a repetir. Aquí les enseñan a pensar.
Mi padre nunca temió a las brujas… Temía esto.
El conocimiento.
La libertad.
La posibilidad de que alguien hiciera preguntas. La posibilidad de que alguien descubriera que los hombres como él mentían.
Mi estómago se revuelve, porque, por primera vez, comprendo exactamente por qué las persiguen.
No porque sirvan al demonio… Porque no se arrodillan.
La tarde cae lentamente.
Las niñas regresan a sus tareas.
Agatha y Jud desaparecen hacia los cultivos y por primera vez en horas quedamos solos.
Abigail está recogiendo las vasijas de barro cuando hablo.
—¿Quién era Agnes?
Ella se queda quieta, solo un segundo, pero lo noto. Porque siempre noto todo lo relacionado con ella.
—La mejor persona que he conocido.
Su respuesta sale inmediata. Como si no necesitara pensarla.
Sonrío.
—Eso no responde mi pregunta.
—Sí la responde.
—No.
Ella suspira.
—Era una mujer sabia.
—Eso ya lo sé.
—Era paciente —susurra atesorando un recuerdo que vive en su memoria.
—También lo sé.
—Era terca —agrega con una sonrisa contagiosa.
—Como tú.
Abigail me lanza una zanahoria. La atrapo antes de que me golpee.
—Definitivamente como tú.
Esta vez se ríe. Y me gusta tanto escuchar esa risa que me descubro provocándola cada vez que puedo.
Su sonrisa se desvanece lentamente.
—Me encontró cuando tenía once años.
Mi cuerpo se tensa, porque hay algo distinto en su voz. Algo antiguo. Doloroso.
—Estaba sola. —Guarda silencio. Yo también—. No podía caminar bien. —Mi respiración se vuelve más lenta—. No podía dormir—. No me mira mientras habla. Sus ojos permanecen clavados en las llamas, reviviendo algo doloroso—. Tenía miedo de todo.
El aire abandona mis pulmones, porque ya lo sé. Todavía no conozco todos los detalles. Pero ya lo sé. Y el rostro de mi padre aparece en mi cabeza.
Nathaniel Hale.
Reverendo.
Juez.
Monstruo.
—Agnes me cuidó durante meses. —Su voz se suaviza—. Me enseñó a leer, leer de verdad. Ya leía antes, pero no sabía absorber todo lo que mis ojos veían hasta que ella me enseñó. Me enseñó a escribir, a curar heridas, a plantar, a escuchar… a pensar. —Sonríe. Y por un instante parece una niña recordando a su madre—. Me enseñó que algunas heridas tardan mucho en sanar.
Mi garganta se cierra, porque sé que ya no está hablando de su cuerpo. Está hablando de su alma. Y no sé qué decir, porque ninguna palabra parece suficiente. Así que simplemente tomo su mano.
Ella baja la vista, observando nuestros dedos entrelazados.
—Ojalá la hubiera conocido.
Abigail sonríe. Una sonrisa pequeña. Triste y hermosa.
—Te habría querido.
La respuesta llega sin vacilar. Como si estuviera completamente segura.
Y quizá lo esté.
—Creo que yo también la habría querido.
Sus ojos encuentran los míos. Y entonces ocurre.
El silencio cambia. No sé cómo explicarlo. Simplemente cambia.
El aire parece más cálido. Más pesado… Más íntimo.
Mi corazón golpea más rápido.
Ella también lo siente.
Lo sé por la forma en que su respiración se vuelve más lenta. Por la forma en que su mirada baja a mis labios. Por la forma en que no se aleja.
Ninguno se mueve.
Ninguno habla.
Pero los dos sabemos exactamente lo que está ocurriendo.
Y por primera vez desde que llegué a este bosque... No quiero huir de ello.
—¿Es esto…? —callo cuando la vergüenza cubre mi rostro.
Debería saber esto.
—¿Es esto qué? —pregunta tomando mi mano.
—¿Deseo? —pregunto en un susurro.
Los ojos de Abigail miran a nuestro alrededor y cuando está satisfecha, se sube en mi regazo.
Sus piernas abrazan mi cadera y sus brazos se cruzan en mi cuello.
—Sí —responde.
Calor inunda mi rostro cuando mi cuerpo se endurece.
La miro con vergüenza. Debe sentir mi masculinidad empujando contra su trasero.
Su mano acaricia mi mejilla, refrescándola.
Un suspiro abandona mis labios al sentir un alivio para el fuego en mi cara.
—No te avergüences. Me deseas, es normal. Yo también lo hago… Mucho —declara.
Inflo mis pulmones de aire, sintiendo que de pronto he crecido unos treinta centímetros.
Esta hermosa y cautivante mujer me desea.
Abigail acerca sus labios a los míos, y a pesar de que todo mi cuerpo se inclina al suyo, como una planta buscando el sol, no cedo a la tentación y me alejo.
—¿Qué pasa?
Afirmo mi frente en la suya.
—Si empiezo ahora, no voy a poder detenerme… No tengo la fuerza para ello.
Abi deja caer su frente contra mi cuello y respira profundamente.
—¿Cómo es que sabes tanto de constelaciones?
Sonrío. —Llevo años estudiando cosas que mi padre cree que son pecados.
—Bien por ti —dice Abi con esa sonrisa que quisiera morder.
—Necesito ir a casa.
Su ceño se arruga de inmediato.
—¿Te sientes mal?
—Algo así.
No es mentira, porque siento demasiadas cosas al mismo tiempo.
Deseo.
Paz.
Miedo.
Esperanza.
Y ninguna me resulta familiar.
Abigail me ayuda a incorporarme y por un instante quedamos tan cerca que puedo sentir el calor de su cuerpo atravesando la tela de nuestras ropas.
Mi corazón vuelve a golpear con fuerza.
Ella también lo escucha.
Lo sé, porque sonríe.
Esa sonrisa pequeña que parece reservada solo para mí.
Comenzamos a caminar hacia la cabaña. Despacio. Acompasando nuestros pasos.
Y mientras observo nuestras sombras alargarse sobre la hierba húmeda, comprendo algo que jamás pensé que llegaría a entender.
Toda mi vida creí que la libertad era mirar las estrellas. Leer libros prohibidos. Hacer preguntas… Pero estaba equivocado. Porque la verdadera libertad no era eso.
La verdadera libertad era caminar junto a alguien sin sentir miedo.
Sin esperar un golpe.
Sin prepararme para el dolor.
Solo caminar.
Es la primera vez en diecinueve años... que deseo que el camino nunca termine.