Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 6 : El hombre que gobierna los jardines
—Bueno... técnicamente estaba en un jardín.
Gabriel no dice nada.
Se limita a mirarme.
Al principio pienso que no me ha escuchado, pero cuanto más se alarga el silencio, más empiezo a sospechar que el problema no es mi voz, sino lo que acabo de decir.
—¿Gabriel?
Ni un parpadeo.
Frunzo ligeramente el ceño y doy un paso hacia él.
—Oye... ¿estás bien?
Entonces, por fin, reacciona. Exhala despacio, se pasa una mano por el rostro y cierra los ojos durante un instante, como si estuviera reuniendo toda la paciencia que existe en el universo antes de volver a hablar conmigo.
—Nirvana...
Hay personas capaces de convertir un nombre en un regaño. Gabriel, al parecer, es una de ellas.
—¿Sí?
—Acabas de llamar jardinero al hombre que gobierna los Siete Reinos.
Las palabras quedan suspendidas entre los dos.
Parpadeo.
Vuelvo la vista hacia el jardín, donde el hombre de negro continúa conversando con los soldados como si nada hubiera ocurrido. Después miro otra vez a Gabriel.
Lo pienso con absoluta seriedad.
Cinco segundos después termino encogiéndome de hombros.
—Bueno...
Gabriel levanta una mano antes de que pueda continuar.
—No.
—Pero déjame explicarte...
—No.
—Es que si lo piensas...
—No.
Cruzo los brazos, decidida a defender mi dignidad hasta el final.
—Escúchame primero. Si un hombre pasa la mañana en un jardín, rodeado de flores, diciéndole a la gente que no las toque... comprenderás que cualquiera podría llegar a una conclusión equivocada.
Gabriel me observa en un silencio tan largo que empiezo a preguntarme si está considerando abandonarme allí mismo.
Finalmente suspira.
—Cada vez que abres la boca, entiendo un poco mejor por qué Seraphine nunca te pierde de vista.
No puedo evitar sonreír.
—¿Ves? Eso significa que alguien confía en mí.
—No, Nirvana. Significa exactamente lo contrario.
—Gracias.
—Porque la otra opción sería aceptar que sobreviviste a la muerte solo para acabar ejecutada por imprudente.
Frunzo el ceño sin apartar la vista de él.
—¿Tan grave fue?
Gabriel me sostiene la mirada unos segundos. Tiene esa expresión de quien acaba de descubrir que alguien encendió una fogata en medio de una biblioteca y todavía espera que todo sea una broma.
—Ese hombre no es un emperador cualquiera, Nirvana. Es el Emperador. El primero. El único.
Hay algo en su voz que me obliga a volver la vista hacia el jardín.
Azrael continúa donde lo dejamos. Los guerreros siguen frente a él, inmóviles, aguardando una sola palabra para actuar. Nadie habla. Nadie se mueve. El silencio que los rodea no resulta incómodo; es el tipo de silencio que nace cuando nadie se atreve a romperlo.
Lo observo un momento más.
No parece alguien que necesite recordarles quién manda.
Simplemente... todos lo saben.
La idea me resulta extrañamente difícil de encajar con el hombre al que, hace apenas unos minutos, confundí con un jardinero.
—Pues... no parecía tan terrible.
Gabriel gira la cabeza hacia mí con una lentitud casi preocupante.
—Acabas de llamarlo jardinero.
—Lo sé.
—Y aun así dices que no parecía tan terrible.
Me encojo de hombros.
—¿Qué quieres que te diga? Si hubiera querido asustarme, habría tenido oportunidades de sobra. Podía echarme del jardín, podía regañarme delante de todos o, no sé... hacer algo propio de un emperador. En cambio, solo me pidió que no tocara las flores.
Gabriel me observa como si estuviera intentando entender cómo funciona mi cabeza.
—Ese es precisamente el problema, Nirvana.
—¿Cuál?
—Que no hizo nada.
Gabriel gira hacia mí.
—¿Cómo dices?
—No me gritó.
No me amenazó.
Ni me lanzó al vacío por entrar donde no debía.
Eso ya me parece bastante razonable.
Gabriel tarda unos segundos en responder.
—Eso es precisamente lo extraño.
Antes de que pueda preguntarle por qué...
una voz grave interrumpe la conversación.
—Gabriel.
Los dos nos giramos al mismo tiempo.
Azrael está allí.
No escuché sus pasos.
No vi que se acercara.
Simplemente...
está frente a nosotros.
Gabriel inclina la cabeza de inmediato.
—Majestad.
Yo lo imito.
O, al menos, lo intento.
Empiezo inclinando la cabeza.
Después recuerdo que quizá debía hacer algo con las manos.
Cambio de postura.
Pierdo el equilibrio por un segundo.
Al final termino haciendo una especie de reverencia tan extraña que ni yo misma sabría describirla.
Cuando levanto la vista, Azrael me observa en silencio.
Siento un calor incómodo subir hasta mis mejillas.
—Creo... que eso era una reverencia.
Azrael inclinó apenas la cabeza.
—Lo imaginé.
No pude evitar hacer una mueca.
—Era mi primera.
—También lo imaginé.
Entorné los ojos.
—No debió de salir muy bien.
—He visto peores.
Lo observé durante unos segundos antes de sonreír sin poder evitarlo.
—Eso ha sido una broma.
No era una gran broma. Ni siquiera especialmente ingeniosa. Pero había algo tan inesperado en escuchar aquel comentario salir de él que terminé soltando una pequeña risa.
A mi lado, Gabriel giró la cabeza hacia Azrael con una rapidez que me hizo pensar que acababa de presenciar un milagro.
Yo también lo miré.
Azrael seguía exactamente igual que antes. Solo la comisura de sus labios se había movido apenas un instante, tan poco que casi podía convencerme de que había sido una ilusión.
Decidí aprovechar aquel extraño momento antes de que el silencio volviera a imponerse.
—Entonces... ¿no eres jardinero?
Él bajó la vista hacia las flores blancas que crecían a nuestro alrededor.
—No.
—Pues las cuidas bastante.
—Ellas se cuidan solas.
Fruncí ligeramente el ceño.
—Entonces ¿qué haces aquí?
Esta vez no respondió enseguida. Sus dedos rozaron con cuidado uno de los pétalos, como si temiera romperlo.
—Las observo.
—Eso suena un poco aburrido.
Levantó la vista hacia mí.
—Depende de las flores.
No entendía por qué aquella respuesta me hacía gracia.
—Sigo pensando que alguien debería poner un cartel más grande.
—Había uno.
—Muy pequeño.
—Medía tres metros.
—Insuficientes.
Por un instante ninguno de los tres dijo nada. Sin embargo, el silencio no resultaba incómodo. Era... extraño. Familiar, incluso. Como si aquella conversación ya hubiera ocurrido en algún momento y yo hubiera olvidado cómo terminaba.
Sacudí la cabeza. Qué idea tan absurda.
—Por cierto... ¿siempre eres tan serio?
—No.
Esperé unos segundos.
Él también.
—¿Y cuándo no?
—Cuando duermo.
Lo miré. Después miré a Gabriel, que seguía completamente desconcertado, y volví a fijarme en Azrael.
—Qué hombre tan divertido.
—Eso dicen.
La risa se me escapó antes de poder contenerla.
Fue un sonido breve, espontáneo. Sin embargo, cuando levanté la vista descubrí que Azrael seguía observándome. No como un emperador mira a una desconocida, sino con una intensidad serena que me hizo sentir, por un instante, que intentaba guardar aquel momento en la memoria.
Gabriel carraspeó, devolviéndonos a la realidad.
—Majestad, Seraphine lleva un rato buscándola.
Azrael asintió sin dejar de mirarme.
—Lo sé.
—Entonces deberíamos regresar.
Tardó apenas un segundo en responder, aunque ese breve silencio me dio la impresión de que una parte de él se resistía a poner fin a aquella conversación.
—Sí.
Di media vuelta para marcharme.
—Nirvana.
Me detuve.
—¿Sí?
—No vuelvas sola a este jardín.
Sonreí de lado.
—¿Es una orden?
Él sostuvo mi mirada con la misma calma de siempre.
—Es un consejo.
—¿Y si no hago caso?
Hubo un destello casi imperceptible en sus ojos, algo que desapareció antes de que pudiera identificarlo.
—Entonces volveré a encontrarte aquí.
No entendía por qué aquella respuesta hacía que mi corazón latiera un poco más deprisa.
Sonreí para disimularlo.
—Qué confianza tienes en ti mismo.
Azrael negó muy despacio.
—No es confianza.
Hizo una pausa tan breve que casi pasó desapercibida.
—Es experiencia.
No supe qué responder.
Mientras Gabriel me guiaba de regreso, no pude evitar volver la vista una última vez hacia el jardín.
Azrael seguía allí, inmóvil entre las flores blancas.
Y, por primera vez desde que desperté en el Purgatorio, tuve la inquietante sensación de que aquel hombre no acababa de conocerme.
La parte más absurda era que una pequeña voz, muy al fondo de mi cabeza, insistía en que quizá... yo tampoco acababa de olvidarlo por completo.