Un refugio maldito, una obsesión mortal y un secreto de sangre a punto de estallar.
Huyendo de su familia, Bibiana toma la drástica decisión de mudarse con Adam a una cabaña aislada en mitad del espeso bosque finlandés. Ellos creen estar construyendo su propio nido de amor en una paz idílica, sin embargo, ambos viven en una mentira: ignoran por completo la existencia de un Pacto de sangre, la oscura deuda del pasado que ya ha marcado sus destinos. Pero el invierno no perdona, y la tragedia golpea con la fuerza de un témpano.
Segunda temporada de la novela Destinada a un amor inmortal
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T2 Capítulo 19 - El grito de la libertad
En el comedor de la casa Anderson, la cena se había convertido en un campo de batalla. Ignacio golpeó la mesa con autoridad, pero sus hijos ya no bajaron la cabeza.
—Yo no voy a irme, papá —sentenció Bibiana, con una frialdad que Ignacio no conocía.
—Ni yo —añadió Diego, cruzándose de brazos.
—Nos vamos a ir porque así lo decidí yo —rugió Ignacio, con el rostro enrojecido por la furia—. Les guste o no, vienen conmigo.
Bibiana se levantó lentamente, desafiando la mirada de su padre.
—Papá, ¿acaso olvidas que Diego y yo somos mayores de edad? No puedes obligarnos a nada que no queramos.
—Exacto —apoyó Diego—. No controlas nuestras vidas. Estamos cansados de mudarnos cada vez que tienes miedo. ¡Ya basta! Esta vez nos quedamos.
Ignacio, acorralado por la lógica de sus hijos, recurrió al último recurso de un padre desesperado.
—Ustedes dependen de mí. Viven bajo este techo que yo pago, y mientras sea así, harán lo que les ordene.
—¿De verdad nos estás sacando eso en cara? —preguntó Bibiana, sintiendo una mezcla de asco y decepción.
—No es sacarlo en cara, es recordarte quién manda aquí.
Diego no esperó más. Se levantó de la mesa con un movimiento brusco.
—Si es así, entonces prefiero irme de esta casa ahora mismo —sentenció antes de salir del comedor, dejando a su padre gritando su nombre en vano.
Bibiana se quedó frente a Ignacio, imperturbable.
—Hija, es por tu bien —suplicó él, cambiando el tono a uno más suave—. Quiero que olvides todo lo que viviste aquí con ese vampiro.
—Para mí es todo lo contrario, papá. No me quiero ir porque amo este lugar. Amo cada recuerdo que tuve con Adam.
—No puedes aferrarte a los recuerdos de un muerto.
—Ese es mi problema, papá. Y te lo dejo claro: no me voy a ir —dijo ella antes de retirarse a su habitación.
Elena, que había observado todo en silencio, soltó una risa amarga.
—Te lo dije, papá. Mis hermanos no van a querer irse.
—Van a venir con nosotros —murmuró Ignacio, aunque su voz ya no sonaba tan segura—. Quieran o no.
En su habitación, Bibiana comenzó a sacar su maleta debajo de la cama. Sus movimientos eran rápidos y decididos.
—Mañana me voy muy temprano —susurró para sí misma—. Me iré a la cabaña de Adam. Ese es el lugar al que pertenezco.
Mientras tanto, en Alaska, el ambiente en la Mansión Soler era igualmente tenso. Adam permanecía en la sala, con la mirada perdida en el fuego de la chimenea.
—¿Por qué estás tan pensativo, hermanito?
—preguntó Giselle al verlo.
—Presiento que nuestros padres ocultan algo —confesó Adam—. Algo relacionado conmigo.
—¿Qué podrían ocultarte?
—No lo sé. Pero mi padre trama algo, y mi madre lo está encubriendo. ¿Notaste algo sospechoso mientras yo no estaba?
Giselle negó con la cabeza, aunque una chispa de duda cruzó sus ojos.
—No, Adam. Tal vez son solo ideas tuyas.
—No son ideas mías —sentenció él con gravedad—. Solo espero que no haya descubierto lo que siento por Bibiana.
De vuelta en Finlandia, Bibiana buscó refugio en el apartamento de su mejor amiga.
—Estoy tan feliz de que vinieras, Bibi —dijo Melissa, sirviéndole un té.
—Eres la única con la que puedo hablar, Meli. Están pasando demasiadas cosas... Adam me visita en los sueños. Soy tan feliz con él.
Melissa la miró con una mezcla de ternura y tristeza.
—Bibi, sabes que los sueños no son reales.
—No me importa. Cada beso, cada caricia... lo siento tan real como si él estuviera vivo.
—Amiga... ¿qué tal si Adam de pronto estuviera vivo?
Bibiana bajó la mirada, negando lentamente.
—No lo creo. Él nunca me engañaría así. Si estuviera vivo, me buscaría en la realidad, no solo en mis sueños.
Melissa guardó silencio, sintiendo el peso del secreto que Diego le había confiado. Bibiana continuó:
—Mañana me voy de casa. Mi padre quiere mudarnos y no voy a permitirlo. Además, descubrí que Elena me odia; la vi besando a Matt solo para fastidiarme.
—Es envidia, Bibi. No es tu culpa.
—Lo sé. Por eso me iré a vivir a la cabaña de Adam. Allí tendré paz.
En la casa Anderson, Ignacio entró en la habitación de Diego, buscando una última oportunidad de convencerlo.
—Hijo, entiende que irnos es lo mejor.
—Es lo mejor para ti, papá. No para nosotros.
—Lo hago por el bien de tu hermana —insistió Ignacio—. ¿No quiero que ella este nuevamente en riesgo?
—¿Qué riesgo puede haber ahora sí ese vampiro esta muerto? —desafió Diego.
Ignacio suspiró, dejando caer la bomba que había guardado por tanto tiempo.
—Hay un riesgo porque ese joven vampiro... está vivo.
Diego se quedó mudo, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones.— ¿Qué estás diciendo papá?
—Lo que escuchaste —continuó Ignacio—. El hijo de ese vampiro sigue vivo, y el pacto que hice con su padre sigue vigente. Tenemos que irnos antes de que Marcelo descubra que estamos aquí y venga por tu hermana.
Diego permaneció inmóvil, procesando la verdad que cambiaría el destino de todos.