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El Lado Oscuro De La Pasión

El Lado Oscuro De La Pasión

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amante arrepentido / Reencuentro
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Alejandro Briñones

Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...

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Capítulo 20

¡Desde luego que la carta fue enviada! Una nueva ola de desprecio la sacudió. El padre de Jay lo confirmó cuando la mandó llamar a la mansión y empezó a insultarla una semana después, afirmando que su hijo negaba cualquier responsabilidad en ese embarazo y que si intentaba chantajear a Jay para que se casara con ella, se arrepentiría... pues ningún hijo suyo se casaría con una pequeña prostituta, que tenía fama de entregarse a cualquier chico de la zona que se lo pidiese.

- ¡Claro que la envié! -repuso, mordaz-. Y tú la recibiste.

- ¿Cómo puedes estar segura de eso? -la retó.

-Lo sé, es todo -insistió, necia, porque no quería inmiscuir a un muerto en ese asunto.

-De acuerdo... -contuvo su ira con esfuerzo-. Supongamos que existió una carta, que la enviaste, como afirmas, y ¿que se te ha ocurrido alguna vez que quizá no la recibí?

-No -apretó la boca y Jay la miró cómo si no creyera lo que es taba sucediendo.

-Piensa, Rebecca -la urgió, con paciencia-. ¿Cuándo, en todos los años que nos conocimos, te fallé?

Tú eres mi caballero andante, mi campeón, y yo tu dama en aprietos, el eco de su voz le llegó a los oídos y las lágrimas le humedecieron los ojos al verse como una adolescente feliz, que él bajaba de un muro de piedra, demasiado alto para librar de un salto.

¿Cuándo dejarás de asustarme, Rebecca? ¿No sabes lo vital que eres para mi propia existencia?

Todo fue una equivocación... volverse amantes, la consecuencia de ese amor que trajo más problemas y desilusiones de los que Rebecca hubiera sufrido en su corta vida.

Pero ella no debió huir. Lo sabía con una certeza que ahora aceptaba con la madurez de la experiencia. Y Jay se habría enfrentado a sus responsabilidades en lugar de permitir que su padre lo sacara de ese lío.

-Ahora ya no importa lo que te responda -se puso de pie, endureciendo su corazón contra ese hombre-, porque ya pasó el momento de enderezar entuertos -enfatizó, cansada-. Quizá creamos un hijo, Jay, pero realmente no eres su padre. En cuanto a Kit se refiere, ha vivido feliz sin ti. Y sobrevivirá sin conocerte.

-Oh, así lo crees, ¿verdad? -Ágil, como un gato tras su presa, se enderezó de un salto-. Entonces, permíteme aclararte, malvada egoísta, que mi hijo conocerá a su padre -la asió, acercándola a su cara de modo que no le quedó más remedio que presenciar la fuerza de su decisión grabada en sus pupilas-. Me debes diez años de su vida. ¡Diez años! ¡Y los recuperaré, maldita sea, los recuperaré a toda costa! Y mi hijo vivirá aquí, lo tendré viviendo aquí, conmigo, en menos de una semana. Y tú puedes irte al infierno, para lo que me importa.

Si esa amenaza no fue suficiente para lanzarla a un remolino de pánico ciego, el beso que le plantó con crueldad en los labios, lo logró. Aplastó su delgado cuerpo contra él, rodeándola con sus brazos, igual a dos tenazas, y sus manos se hundieron en la mata de su cabello, impidiéndole mover la cabeza con la violencia del beso.

-No... -Gimió cuando él apartó la boca por un breve momento-. Por favor, no...

- ¿Por qué no? -la retó-. Solías maravillarte con mis besos, entregarme en ellos toda la pasión que poseías -le rozó con suavidad los labios, despertando sus sentidos-. Lo nuestro no pudo morir de repente; no lo creo.

La besó de nuevo, con dureza y furia; exigiendo- la respuesta que adivinaba estaba allí, escondida entre las cenizas de oscuras represiones. Y casi de inmediato aquellas brasas empezaron a encenderse, a arder mientras movía la boca hacia atrás y hacia adelante, hacia atrás y hacia adelante, alentando el fuego, provocándolo, urgiéndolo a surgir con la llama de la vida, al tiempo que sus manos le masajeaban las sienes.

Se meció, su cuerpo se arqueó apretándose contra la dureza de ese hombre y Jay gimió en el fondo de su garganta, las mejillas le ardieron y de pronto, temblando, ahondó el beso y la llevó, protestando, a través del tiempo al momento en que esas caricias se vivieron.

-Por favor, Jay -le rogó, cuando él le pasó sus labios húmedos por la mejilla, hasta encontrar el lóbulo de la oreja-, no vuelvas a hacerlo.

- ¿Piensas que a mí me gusta esto? -Gruñó usando sus manos para ladearle la cabeza y ver el deseo pintado en sus ojos-. Cometiste el peor crimen que puede existir al ocultarme el nacimiento de mi hijo. Pero, ¡que Dios me ayude, Rebecca, todavía te deseo, te he anhelado desde que te vi caminar ante mí en la estación de ferrocarril tan fría y elegante que agitaste el fuego en mí porque presentía lo que se ocultaba tras esa fachada -la furia de su cálido aliento le quemó la piel, obligándola a parpadear bajo una ola de placer- Y esto-su voz sombría se enronqueció al acercar su boca a la de ella-; Y es lo único que te salva, Rebecca. Haz que te desee y permitiré que conserves a tu hijo. De otro modo, te lo arrebataré y nunca volverás a verlo.

La brutalidad de esa amenaza la golpeó y gimió, sabiendo que decía la verdad y que lo cumpliría también. Jay tenía el poder y el dinero para quitarle a Kit, aunque no tuviera a la justicia de su parte. Y ¿podría atraer a Kit con promesas, deslumbrándolo con lo que todos los niños sueñan y rara vez consiguen? Conocía la vulnerabilidad de su hijo, la peor consistía en no tener padre, como sus amigos.

-Siempre te odiare por esto -exclamo, luchando contra las nubes tormentosas de pasión, mientras él asaltaba sus labios.

-Entonces, ódiame -aceptó, seco-. Porque aunque vivas cien años, jamás me despreciarás tanto como yo, en este momento.

Entonces la besó, oprimiéndola con la fuerza punitiva de su sensualidad que cesó casi tan pronto como empez6

-Ponte el abrigo -le dijo, mientras ella lo miraba con ojos muy abiertos. El ya se ponía el suyo, como un hombre preparándose para una misión que lo conduciría al infierno, pero decidido a no cambiar de rumbo.

- ¿A... a dónde? -se lamió los labios cálidos y saboreó la dulzura que él dejara con su lengua, tratando de dominarse, de dejar de temblar-. ¿A dónde vamos? -repitió, ansiosa, sin comprenderlo.

-A buscar a mi hijo - le contestó, inconmovible.

- ¡Imposible, Jay! -Rebecca regresó a la tierra de golpe-. No podemos llegar a Londres esta noche. ¡Está nevando! Nos detendremos en la carretera y... ¡Por el amor del cielo... ! -lo asió del brazo, obligándolo a mirarla-. ¡Mañana! -le rogó, con los ojos desorbitados pero la voz suave. Jay todavía no pensaba con claridad, reflexionó-. Para entonces habrá dejado de nevar y las máquinas habrán limpiado los caminos. Por favor -lo urgió-. Dejémoslo para mañana.

La miró, escuchó cada palabra y luego le ordenó, sin modulaciones:

-Ponte tu abrigo, Rebecca -intransigente, decidido, quizá un poco loco.

1
Alexandra Ortiz Posada
Me enfurece que ella se deje menospreciar de esa manera
Alexandra Ortiz Posada
Cada vez más odioso
Alexandra Ortiz Posada
Demasiado tonta
Alexandra Ortiz Posada
Odioso, y ni siquiera le pide perdón por la haberla golpeado
Alexandra Ortiz Posada
Malvado, egoísta, no se interesa en el sufrimiento de ella
Alexandra Ortiz Posada
Odio como la trata este estupido
Alexandra Ortiz Posada
Desgraciado, como se atreve a pegarle
Alexandra Ortiz Posada
Es odioso este tipo
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