Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 17
Dante
Nunca pensé que besar a Vera fuera tan… gratificante.
Cálido.
Natural.
Único.
No era solo el beso. Era lo que vino después. La forma en que sonrió. Esa sonrisa tranquila, sin culpa, sin cálculos. Como si lo que había pasado no fuera un error estratégico sino una consecuencia inevitable.
Y lo peor —o lo mejor— era que su sonrisa confirmaba lo mismo que yo sentía.
No sé cuánto tiempo llevábamos besándonos cuando fruncí el ceño.
—Huele a quemado.
Vera abrió los ojos de golpe.
—¡Yo estaba cocinando!
Salió casi corriendo hacia la cocina. Yo la seguí con la dignidad que puede mantener un hombre que acaba de besar a una mujer como si el mundo fuera a acabarse.
Destapó la olla.
Silencio.
—Aquí no hacen domicilios, ¿verdad? —preguntó sin mirarme.
—No que yo sepa. ¿Tan mal está?
Me acerqué.
El espagueti estaba negro. Pegado. Carbonizado. Aquello no era pasta, era un experimento fallido de arqueología volcánica.
La miré.
Ella me miró.
—Vamos a ver si hay algo abierto en el pueblo —dije con solemnidad.
—Sí… o debemos empezar a mentalizarnos para sobrevivir a punta de sopa instantánea.
En el pueblo, la lluvia seguía cayendo con esa terquedad regional que parecía contrato permanente.
Me bajé primero.
—Quédate ahí —le dije—. No necesito que te resfríes por culpa de un espagueti asesinado.
Entré a la tienda y compré lo básico: sopa, pan, algo de embutidos, café, agua. Cuando volví, ella tenía más bolsas en las manos.
La miré.
—Aproveché antes de que cerraran.
—¿Planeas abastecer una guerra?
—Prevención, Dante. Se llama prevención.
Sonreí.
—Necesitamos gasolina.
—No sé si siga abierta la gasolinera…
Pasamos por mera curiosidad.
Para nuestra sorpresa, estaba abierta.
Cargamos los galones de combustible mientras la lluvia golpeaba el techo metálico con violencia.
—Nos están citando a reunión —dijo Vera mirando su teléfono.
—¿Qué pasó?
—No sé. Creo que es por lo del oro. Pero deberíamos hacerla en la sala de televisión del segundo piso.
Asentí.
—Estoy de acuerdo. Es más privada.
De regreso en la finca, Vera calentó la sopa mientras yo organizaba todo para la videoconferencia.
La reunión empezó puntual.
Los abogados informaron que ya se habían radicado oficialmente los documentos para la licencia de explotación del oro. Explicaron que el proceso incluiría:
Estudio de impacto ambiental actualizado.
Consulta con la comunidad local.
Plan de manejo hídrico supervisado por la autoridad ambiental regional.
Compensación forestal por cada hectárea intervenida.
Luego intervinieron los encargados del programa social.
Presentaron un plan de inversión para el crecimiento del pueblo:
Creación de un fondo comunitario financiado con un porcentaje de las utilidades.
Becas técnicas para jóvenes en minería sostenible y gestión ambiental.
Modernización del sistema de alcantarillado y tratamiento de aguas.
Microcréditos para pequeños comerciantes.
Capacitación en turismo rural como alternativa económica paralela.
Escuchaba atento.
No me interesaba solo extraer oro. Me interesaba hacerlo bien.
Mi celular empezó a vibrar.
Miré la pantalla.
Marcela.
Rodé los ojos y lo silencié, dejándolo boca abajo.
Fui por una cobija para Vera; la noche estaba fría y la reunión se extendía más de lo previsto. Se acomodó a mi lado. Apoyó la cabeza en mi hombro.
Entrelazamos los dedos.
Natural.
Como si siempre hubiera sido así.
—Podemos parar media hora —propuso ella en un momento.
Todos estuvieron de acuerdo.
Me miró.
—Contéstale. Tu reloj vibra como si estuviera teniendo una crisis existencial. Puede ser algo urgente.
—Si fuera urgente, llamaría Tobías.
Aun así, tomé su rostro con delicadeza y la besé sin prisa. Esta vez fue distinto. Más consciente. Su cuerpo cedió suavemente bajo el mío.
El teléfono volvió a sonar.
Vera suspiró.
—Debe ser importante.
Nos acomodamos. Ella fue por sus productos de cuidado facial y se sentó a mí lado, aplicándose cremas con una concentración casi científica.
Yo tomaba cada envase.
—¿Para qué sirve esto?
—Ácido hialurónico.
—¿Y esto?
—Niacinamida.
—¿Y esto?
—Dante, no intentes entenderlo. Solo acepta que funciona.
Contesté.
—¿Estás en la casa? —preguntó Marcela al otro lado.
—No.
Rodeé a Vera con el brazo y la acerqué más a mí. Besé su cabeza mientras escuchaba la queja interminable de Marcela sobre su matrimonio.
—Marcela, soy tu cuñado. Eso no me compete. Habla con una amiga, con tu mamá… no sé. Estás cruzando una línea.
Silencio.
—¿Puedo ir a San Rafael?
—No.
—Es por ella, ¿verdad?
—Sí. Es por ella.
Vera levantó la mirada. Le besé la cabeza otra vez.
—Marcela, resuelve tus cosas. No me metas. Madura. Cuídate.
Colgué.
Vera me miró con una mezcla de triunfo y preocupación.
—Ella está enamorada de ti.
—Claro que no.
—Claro que sí. ¿Por qué te llamaría a ti?
—No lo sé… pero es agotador.
La reunión continuó hasta pasada la medianoche.
Hablaban. Presentaban cifras. Proyecciones.
Yo asentía.
Pero en realidad solo podía pensar en una cosa:
No quería que Vera se sintiera insegura por culpa de Marcela.
Y tampoco quería tener que hablar con Tobías.
Porque si Marcela estaba confundiendo las cosas…
Mi hermano no lo haría.
Y Tobías no era un hombre que reaccionara con diplomacia.
La reunión terminó.
Cerré el portátil.
La casa quedó en silencio.
Vera seguía a mi lado.
Entonces mi teléfono vibró otra vez.
Pero esta vez no era Marcela.
Era un mensaje.
De Tobías.
Leí la pantalla.
“Tenemos que hablar. Ya sé que estás en San Rafael.”
Marcela, 30 años