Dicen que la sangre de un vampiro es fría, pero la suya ardía con una maldición. La mía, tan dulce y prohibida, era su único dulce veneno... o su salvación eterna.
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Capítulo 23
El sol no pidió permiso para entrar. Aquella mañana, los primeros rayos de luz cruzaron el umbral de la ventana de la cabaña, ya no como una lanza de fuego que amenazaba con reducir a Chen Yi a cenizas, sino como una caricia dorada que prometía un comienzo. XiaoXuan fue la primera en despertar. Se quedó inmóvil, observando cómo el polvo bailaba en los haces de luz, sintiendo una vitalidad que no recordaba haber tenido jamás. Su cuerpo, que durante semanas había sido un recipiente de cansancio y sacrificio, ahora vibraba con una energía serena, un pulso compartido que le indicaba, sin necesidad de palabras, que el hombre a su lado estaba vivo y en paz.
Chen Yi abrió los ojos lentamente. Su mirada ya no buscaba las sombras; se dirigió directamente hacia la claridad del día. Se incorporó en la cama, y XiaoXuan notó que los últimos vestigios de la palidez cadavérica habían sido reemplazados por un tono vital. Incluso su respiración era más profunda, más humana.
—Es real —susurró él, extendiendo una mano hacia la luz que incidía sobre la colcha—. La sed... ha retrocedido tanto que apenas es un eco distante. Siento el calor del sol, XiaoXuan. No como una amenaza, sino como... vida.
XiaoXuan se acercó a él, rodeándole el cuello con los brazos.
—La maldición ya no tiene nada que reclamar —dijo ella, con la voz empañada por la emoción—. Lo que hicimos anoche... esa alianza de almas... ha reescrito las reglas. Ya no eres un esclavo del linaje Liu, y yo ya no soy solo una cura. Somos dueños de nosotros mismos.
Chen Yi la atrajo hacia sí, escondiendo el rostro en su cuello. Aspiró su aroma, que ya no olía solo a la "sangre dulce" que tanto lo había atormentado, sino a ella, a su esencia, a su valor.
—¿Te das cuenta de lo que esto significa? —preguntó él, separándose un poco para mirarla a los ojos—. Ya no tenemos que escondernos en este bosque. Podemos ir a donde queramos. Podemos ver el mar bajo el sol del mediodía, caminar por ciudades llenas de gente, ser simplemente dos personas más en medio de la multitud.
—Pero no seremos dos personas comunes, ¿verdad? —preguntó ella con una sonrisa traviesa, aunque con un trasfondo de seriedad—. Todavía somos... diferentes.
—Lo somos —asintió él—. Pero nuestra diferencia ya no nace del dolor o del pecado de mis ancestros. Nace de un amor que fue capaz de transmutar la oscuridad. Seguiremos necesitando este vínculo, XiaoXuan. Mi vida está atada a la tuya de una forma que la ciencia no podría explicar. Pero ya no es una carga. Es un honor.
Se levantaron y salieron al pequeño porche de madera. El aire de la montaña era fresco y puro. Chen Yi se quitó la camisa, dejando que el sol golpeara plenamente su pecho y su espalda. Cerró los ojos, inhalando profundamente. Durante siglos, su familia había vivido en una noche perpetua, alimentándose de miedos y de sangre arrancada por la fuerza. Él era el primero en romper ese ciclo de mil años.
—Siento que estoy naciendo de nuevo —comentó él, observando el horizonte donde los picos de las montañas se teñían de naranja—. Pero me aterra pensar en el mundo exterior. He estado tanto tiempo encerrado en esa mansión, rodeado de protocolos, sombras y odio, que no sé cómo ser un hombre en el mundo moderno.
XiaoXuan tomó su mano, entrelazando sus dedos.
—Yo te enseñaré. Te enseñaré lo que es comer por placer, lo que es caminar sin rumbo, lo que es ver una película o simplemente sentarse en un parque a ver pasar el tiempo. Tenemos toda una eternidad, o al menos un tiempo muy largo y hermoso, para descubrirlo todo.
—¿Y tu madre? —preguntó él—. ¿Y tu vida anterior?
—Mi madre es feliz sabiendo que estoy a salvo —respondió ella—. Y mi vida anterior... era solo un prólogo. Mi verdadera historia comenzó el día que entré en esa mansión y te vi por primera vez, aunque en aquel entonces estuviera muerta de miedo.
Chen Yi se volvió hacia ella, su expresión volviéndose intensamente seria y vulnerable.
—Perdóname por todo lo que te hice pasar, XiaoXuan. Por cada duda, por cada momento en que te hice sentir como un objeto o una medicina. No sabía cómo amar sin destruir.
—No hay nada que perdonar —replicó ella, poniéndole una mano en la mejilla—. Fuiste la víctima de una condena que no elegiste. Lo que importa es que elegiste salir de ella conmigo. Eso es lo único que cuenta ahora.
Durante las horas siguientes, comenzaron a planear su partida. No necesitaban mucho. Chen Yi tenía recursos acumulados fuera de la mansión, riquezas que su familia había guardado durante siglos y que él ahora usaría para construir una vida de luz. Decidieron que viajarían hacia el sur, hacia la costa, donde el azul del océano pudiera limpiar los últimos restos de gris de sus recuerdos.
Mientras empacaban las pocas pertenencias que tenían en la cabaña, XiaoXuan encontró el viejo diario de los antepasados Liu que Chen Yi se había llevado de la biblioteca. Se lo mostró.
—¿Qué haremos con esto? —preguntó ella.
Chen Yi lo tomó. Sus dedos rozaron la cubierta de cuero desgastado, que una vez le había parecido el libro más sagrado y aterrador del mundo. Ahora, no era más que papel viejo lleno de amargura.
—Ya no contiene ninguna verdad para nosotros —dijo él.
Salió al patio, encendió una pequeña hoguera y arrojó el diario a las llamas. Ambos observaron cómo el fuego consumía los nombres de los que habían alimentado la maldición, cómo las páginas se convertían en cenizas blancas que el viento se llevaba ladera abajo.
—Adiós a la Sombra —murmuró Chen Yi.
—Bienvenido al sol —respondió XiaoXuan.
Cuando el sol llegó a su punto más alto, cerraron la puerta de la cabaña. No echaron la llave, pues no tenían nada que ocultar ni nada que proteger. Se pusieron en camino, bajando por el sendero que los alejaría para siempre de las tierras de los Liu.
XiaoXuan caminaba con una ligereza que la hacía sentir como si estuviera flotando. Chen Yi, a su lado, mantenía un paso firme, protegiéndola con su presencia pero permitiéndole liderar el camino. De vez en cuando, él se detenía simplemente para tocar una hoja, para sentir la textura de una piedra o para escuchar el canto de un pájaro, maravillado por la nitidez de un mundo que antes veía a través de un velo de agonía.
—Mira allá —dijo ella, señalando el valle que se abría ante ellos, salpicado de flores silvestres—. Es hermoso, ¿verdad?
—Es hermoso porque estás tú para compartirlo —respondió él, besando su sien—. Antes, la belleza me recordaba mi propia fealdad. Ahora, me recuerda que todo puede ser redimido.
El nuevo amanecer no era solo el fin de una noche oscura; era la promesa de que, sin importar cuán profunda sea la maldición, siempre hay una fuerza capaz de quebrarla si hay dos almas dispuestas a arriesgarlo todo por la luz. Y así, bajo el sol implacable y benevolente, comenzaron su vida compartida.