Morí… y ahora soy la esposa omega del villano.
Según la historia, debía morir.
Según yo, voy a conquistarlo primero.
El problema…
Es que el villano empezó a obsesionarse conmigo antes de lo previsto.
Y ahora no sé quién está reescribiendo a quién.
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Capítulo 12: Después del Beso, Nada Es Neutral
Descubrí algo importante.
Besar al villano cambia la dinámica del imperio.
No de inmediato.
No con trompetas dramáticas.
Pero sí en detalles pequeños.
Como el hecho de que ahora Cassian me mira como si estuviera intentando decidir entre estrategia… o algo mucho menos racional.
Esa mañana, el despacho parecía igual.
Los papeles seguían apilados.
Las velas encendidas.
El imperio al borde de una auditoría incómoda.
Pero nosotros no éramos iguales.
—Estás distraído —comenté mientras revisaba un informe.
—No.
—Acabas de firmar el mismo documento dos veces.
Silencio.
Miró el papel.
Luego a mí.
—Eso fue deliberado.
—Claro.
Me levanté y caminé lentamente alrededor del escritorio.
—Nunca te había visto cometer un error administrativo.
—No es un error.
—Firmaste en el margen equivocado.
—Lo corregiré.
Sonreí suavemente.
—Estás distraído.
Sus ojos descendieron apenas.
—Estoy recalibrando.
—¿Eso es lo que llamas a besarme contra el escritorio?
Silencio absoluto.
Ah.
Perfecto.
Sus pupilas se dilataron apenas.
—No lo hice contra el escritorio.
—Estabas apoyado en él.
—Eso es distinto.
—Técnicamente.
Intentó mantener el gesto serio.
Falló ligeramente.
—No lo mencionemos en voz alta.
—¿Por qué? ¿Temes que las paredes escuchen?
—Temo que yo recuerde demasiado bien.
Oh.
Eso sí no lo esperaba.
El aire se volvió más cálido.
Más íntimo.
Me incliné ligeramente sobre el escritorio.
—¿Y eso sería un problema?
Silencio.
—Sí.
—¿Por qué?
Se levantó lentamente.
Demasiado lento.
Demasiado consciente.
—Porque ahora cada vez que te acercas así… tengo que decidir si sigo siendo duque… o esposo.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Y cuál eliges?
Un segundo.
Dos.
Se acercó hasta quedar a apenas unos centímetros.
—Depende de cómo me mires.
El problema con ese tipo de respuesta es que invita a probarla.
Incliné la cabeza apenas.
—¿Así?
Su respiración cambió.
Solo un poco.
Pero lo suficiente.
—No me provoques temprano en la mañana.
—¿Por qué? ¿Tu autocontrol tiene horario?
—Mi paciencia sí.
Sonreí.
—Me halaga saber que la pongo a prueba.
—No es halago.
—Un poco sí.
Silencio.
Luego, inesperadamente, su mano se deslizó hasta mi cintura otra vez.
Más natural ahora.
Menos calculada.
—No hagas que olvide que tenemos reunión en una hora.
—¿Con el consejo menor?
—Sí.
—Entonces será mejor que recuperes la compostura.
Sus dedos se tensaron apenas.
—Eres cruel.
—Soy eficiente.
Eso provocó una risa baja.
Y cada vez que Cassian reía, aunque fuera mínimo, sentía que el mundo se movía un poco.
No era frecuente.
No era fácil.
Pero ahora ocurría.
Conmigo.
La reunión fue… interesante.
Ivar estaba presente.
Demasiado atento.
Demasiado observador.
Y esta vez, no intenté evitar su mirada.
La sostuve.
Lo suficiente.
No para provocar.
Pero sí para dejar claro que no me intimidaba.
Cassian no intervino.
Eso era nuevo.
Estaba confiando.
O al menos intentando.
Uno de los consejeros habló sobre la auditoría.
Tono neutral.
Palabras elegantes.
Pero el mensaje era claro:
“Están siendo observados.”
—La transparencia es bienvenida —respondió Cassian con serenidad.
Yo añadí, con suavidad:
—Siempre que sea equitativa.
Algunas miradas se movieron.
Un consejero mayor frunció el ceño.
—¿Sugiere parcialidad?
Sonreí ligeramente.
—Sugiero equilibrio.
Silencio.
Cassian no me corrigió.
No suavizó la frase.
Solo me observó un segundo.
Y en esa mirada había algo distinto.
Orgullo.
Disimulado.
Pero presente.
Ivar intervino entonces.
—El señor Elian parece cada vez más cómodo en asuntos estatales.
Ah.
Ahí vamos.
—Me esfuerzo por no aburrirme —respondí con calma.
Algunos carraspeos incómodos.
Cassian habló antes de que el tono cambiara.
—Su participación no es improvisada.
Silencio.
No fue defensa impulsiva.
Fue afirmación sólida.
Y eso cambió la energía de la sala.
Cuando la reunión terminó, la tensión no era hostil.
Era… ajustada.
Estaban recalculando.
Nosotros también.
En el pasillo, lejos de oídos curiosos, me detuve.
—No interviniste.
—No fue necesario.
—¿Confiaste en mí?
Se giró hacia mí.
—Siempre lo hice.
—Eso no es cierto.
Silencio.
—Aprendí a hacerlo.
Mi corazón se suavizó un poco.
—Eso es mejor.
Se acercó apenas.
No tanto como antes.
Pero suficiente.
—No me hagas arrepentirme.
—Nunca.
—Prometes mucho.
—Contigo sí.
Esa frase quedó suspendida un segundo más de lo habitual.
Luego añadió, más bajo:
—No estás jugando solo conmigo, ¿verdad?
Parpadeé.
—¿A qué te refieres?
—A que esto… —sus dedos rozaron mi muñeca— no es una estrategia más.
Silencio.
No lo era.
No completamente.
Y creo que ambos lo sabíamos.
—No —respondí finalmente.
Su respiración se hizo más lenta.
—Bien.
—¿Bien?
—Si fuera solo estrategia… sabría cómo manejarlo.
—¿Y ahora?
Sus ojos descendieron ligeramente.
—Ahora tengo que aprender algo nuevo.
Eso me hizo sonreír.
—¿Qué cosa?
—A querer sin calcular consecuencias primero.
Ah.
Eso sí era peligroso.
No para el imperio.
Para nosotros.
Me acerqué un paso más.
—No tienes que dejar de calcular.
—No puedo.
—Solo no calcules conmigo.
Silencio.
Y luego, más suave:
—Déjame ser la parte que no necesita ecuaciones.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
Pero no por amenaza.
Por emoción.
—Eso es injusto.
—¿Por qué?
—Porque me estás pidiendo que confíe en algo que no controlo.
Sonreí suavemente.
—Exacto.
Un segundo.
Dos.
Y entonces, casi como si la decisión hubiera estado formándose desde el beso anterior, me atrajo ligeramente hacia él.
No brusco.
No urgente.
Pero firme.
—No te acostumbres a que ceda —murmuró.
—Nunca quise que cedieras.
—¿Entonces qué quieres?
Lo miré.
De verdad.
—Que elijas.
Silencio.
Su frente rozó la mía.
—Te estoy eligiendo.
Mi corazón dio un salto.
No fue una declaración grandilocuente.
No fue promesa eterna.
Fue simple.
Directa.
Real.
Y eso la hizo más poderosa que cualquier juramento político.
—Eso complica el tablero —murmuré.
—Lo sé.
—¿Te arrepientes?
—No.
Y esta vez no dudó.
Lo besé yo primero.
Más corto.
Más ligero.
Pero decidido.
Cuando me separé, su expresión era distinta.
Más suave.
Más viva.
—Si sigues así —dijo— empezaré a creer que realmente planeas quedarte.
Sonreí.
—Siempre planeé quedarme.
—¿Incluso si el imperio arde?
—Especialmente entonces.
Silencio.
Y luego, esa pequeña sonrisa peligrosa que tanto me gustaba.
—Eres problemático.
—Soy tu problema.
—Eso ya lo dijiste.
—Y lo repetiré.
Porque ahora ya no era solo juego.
No era solo supervivencia.
No era solo política.
Era algo más profundo.
Más íntimo.
Más arriesgado.
Y mientras el consejo movía piezas, mientras Ivar sonreía demasiado, mientras el imperio evaluaba cada paso…
Nosotros estábamos aprendiendo algo mucho más difícil que gobernar.
Estábamos aprendiendo a querernos sin convertirlo en arma.
Y eso…
Eso sí que no estaba en ningún plan. 😏🔥