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Coronas Y Destinos

Coronas Y Destinos

Status: Terminada
Genre:Edad media / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: CrisCastillo

Natalie, una princesa destinada a un matrimonio político para sellar una paz falsa, huye la noche de su compromiso disfrazada de soldado. Bajo el nombre de Derek, se une a la frontera en guerra contra Ylirion, buscando escapar de una vida enjaulada y elegir su propio destino. Descubierta casi de inmediato por la dureza del frente y la desconfianza de sus superiores, deberá demostrar con sangre y acero que no es una impostora, sino alguien dispuesto a perderlo todo por la libertad.

NovelToon tiene autorización de CrisCastillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

24

El viaje de regreso no fue a través de la tierra, sino a través de la mente. Cada paso que daba Bastian hacia el sur, la Lágrima de la Montaña parecía pesar más, no en su mano, sino en su alma. Sus pensamientos, una vez un torbellino de venganza y dolor, se volvieron lentos, pesados. Se concentraba en la instrucción del anciano: la solidez de la tierra, la frialdad de la piedra, la simple realidad de ser. Se estaba convirtiendo en su propia arma, despojándose de la humanidad que el Silencio Hambriento ansiaba consumir.

A medida que se acercaba a la capital, una ciudad de silencio sonriente, sintió algo más. Un pulso débil y desesperado, una disonancia en la perfecta y aterradora armonía del reino. No era el poder de Elys; eso era una presencia omnipresente y fría. Esto era diferente. Era un eco roto, un susurro de dolor que resonaba no en el aire, sino directamente en su huesos.

En las profundidades del palacio, atrapado en su jaula de luz, Lysandro había sentido la llegada de Bastian. No lo veía ni lo oía, pero la simple, inmutable realidad de la obsidiana que portaba era como un faro en la oscuridad infinita de su prisión. Era la única verdad real en un mundo de mentiras.

Una idea desesperada nació en su mente atormentada. Ya no podía luchar. Ya no podía odiar. Solo podía sentir. Y sintió a Bastian.

Con un último acto de voluntad, Lysandro dejó de luchar contra su prisión. Se rindió a ella, no a Elys, sino al dolor. Se sumergió en el recuerdo de Natalie, en el agony de su traición, en el peso de su fracaso. Luego, se concentró en ese eco de verdad que sentía de Bastian. No intentaba comunicarse. Intentaba *conectarse*. A través del vínculo roto con Natalie, a través del poder de la Fuente que aún corría por sus venas como un veneno inútil, extendió una mano etérea hacia el hombre que se aproximaba.

Bastian estaba a las puertas del palacio, su rostro una máscara de serenidad forzada, cuando el torrente lo golpeó.

No fue un pensamiento. Fue una inundación.

De repente, no estaba solo en su cabeza. Vio a Natalie, no como la Reina Silenciosa, sino como una niña de diez años, con el vestido manchado de barro, desafiando a su padre para que le dejara practicar con el arco. Vio a Lysandro, riendo mientras le enseñaba a desarmar a un oponente, una amistad forjada en el sudor y el respeto. Vió el juramento que le hizo al rey Alaric en su lecho de muerte, la promesa de proteger a su hija con su vida. La complejidad que había luchado tan duro por suprimir volvió a él, pero no era suya. Era la de Lysandro, filtrada a través de un sufrimiento tan profundo que purificó el dolor en algo más fuerte: lealtad.

La simpleza de la roca se rompió. Bastian ya no era solo un ancla. Era una roca con un alma. Sus ojos se llenaron de lágrimas, no de serenidad, sino de una pena terrible y hermosa.

Entró en el salón del trono.

La Reina Corazón de Hielo y Elys lo esperaban. El sonrisa de Elys se desvaneció al ver su rostro. Ya no era el rostro de un mártir resignado. Era el rostro de un hombre que lo había perdido todo y que, sin embargo, estaba completo.

—El último complejo —dijo Elys, su voz llena de una nueva curiosidad—. Qué interesante. Pensé que vendrías vacío.

Bastian no respondió. Se arrodilló, no en sumisión, sino en agotamiento, sosteniendo la Lágrima de la Montaña con ambas manos como si fuera un corazón palpitante.

—¡Bórralo! —ordenó Elys a la Reina Corazón de Hielo.

Natalie levantó una mano, su rostro impasible. Pero cuando su poder, el Silencio Hambriento, se lanzó contra Bastian, algo salió mal.

El poder esperaba encontrar una roca simple, una verdad inmutable. En cambio, encontró un huracán. Encontró el amor de Lysandro por Natalie. Encontró el deber de Bastian. Encontró la promesa hecha a un rey muerto. Encontró la alegría, la tristeza, el honor y la traición de tres vidas entrelazadas.

El poder de Elys, construido para consumir la complejidad, no supo qué hacer. Chocó contra Bastian y fue desviado, amplificado, reflejado.

El clímax no fue una explosión, sino un grito silencioso que resonó en los cimientos del palacio.

Una batalla no de poder, sino de realidades.

El poder de Elys y la humanidad de Bastian, amplificada por el eco de Lysandro, se fusionaron en una tormenta sobrenatural. La luz azulada de la prisión de Lysandro parpadeó y se apagó. La Reina Corazón de Hielo gritó, un sonido de pura agonia, y cayó de rodillas, sosteniendo la cabeza entre las manos. Elys se tambaleó hacia atrás, sus ojos violetas ardiendo con confusión y dolor. Su conexión con Natalie, con el reino, se estaba rompiendo.

Bastian fue lanzado hacia atrás, no como una estatua, sino como un hombre. Aterrizó brutalmente, vivo, pero roto. La Lágrima de la Montaña salió volando de su mano y se destrozó contra el suelo.

El silencio en el salón del trono fue roto.

De una grieta en el suelo, donde había caído el fragmento de obsidiana, Lysandro emergió, caído, debilitado, pero libre. Se arrastró hacia Natalie, que yacía en el suelo, temblando.

Elys se recuperó, pero estaba pálida, temblando. Su poder no se había ido, pero había sido herido, debilitado. Ya no era una diosa. Era solo una mujer muy, muy poderosa, y ahora, mortalmente vulnerable.

No habían ganado. Pero el mundo imperfecto, el mundo del dolor y la alegría, el mundo por el que lucharon, tenía una segunda oportunidad. La batalla por el alma del reino, y por el alma de su reina, estaba a punto de comenzar de verdad.

El silencio que siguió a la explosión de poder no fue el de la paz. Fue un silencio de estupor, una pausa en el eterno reloj de la realeza antes de que el péndulo empezara a moverse con violencia. Elys se mantuvo en pie, pero su postura ya no era la de una diosa; era la de alguien que acaba de descubrir que sus dioses también sangran. Sus ojos violeta, antes tan seguros, ahora vacilaban, buscando en la mente de Natalie, buscando una explicación que el Silencio Hambriento no le podía dar.

La Reina Corazón de Hielo, Natalie, gimió. El poder de Elys se había estrellado contra su propio ser, destrozando las capas de la personalidad artificial que Elys había esculpido. La máscara de frialdad se desprendió, revelando una mujer desesperada, dolorida, aterrada. Se aferró a las rocas del suelo, sus ojos llenos de una lástima y un terror puro.

—Natalie... —dijo Elys, su voz suave, casi humana—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué hiciste?

Natalie levantó la vista, su mirada nublada. Vio a Lysandro, arrastrándose hacia ella. Vio a Bastian, vivo pero roto, y la Lágrima de la Montaña, un puñado de obsidiana destrozada en el suelo. Entonces, su mirada se clavó en Bastian, y por primera vez, vio a través de la máscara de la realidad que Elys le había impuesto. Vio al hombre que había amado. Vio la verdad simple y abrumadora que había traído de las montañas.

—Él... —susurró Natalie, su voz quebrándose—. Él me trajo esto. Él trajo el dolor.

—El dolor es real —dijo Bastian, su voz apenas un susurro—. Y la realidad es la única cosa que puede curar.

Pero Elys no estaba dispuesta a aceptar la derrota. La simple idea de ser derrotada por "sentimientos" era un insulto a su nueva existencia. Se irguió, desafiando al aire.

—No habláis de la realeza —dijo Elys, su tono cambiando de inmediato, recuperando su arrogancia, aunque con una nota de miedo subyacente—. Habláis de lo que sois. No hay realeza en esto. No hay ley. Solo es la naturaleza, el caos, la oscuridad. Si yo soy el caos, entonces yo soy la ley. Soy la revolución.

Se giró hacia Natalie, y el poder fluyó de nuevo. No con la intención de matar, sino de devorar. Quería consumir la "naturaleza" que Bastian le había traído, la emoción, el dolor, la realidad, y devolverla al orden absoluto de su mente. Natalie gritó y se cubrió la cabeza.

—¡Detente! —gritó Bastian.

Se levantó, usando la pared como apoyo. Su cuerpo temblaba, pero sus ojos ardían con una pasión que Elys no podía entender.

—No es caos —dijo Bastian, y su voz se hizo más fuerte, resonando con la fuerza de la Lágrima de la Montaña antes de romperse—. Es amor. Es la única cosa que tiene sentido. ¿Cómo puedes llamar caos al amor? ¿Cómo puedes llamar caos a la verdad?

Elys se detuvo, confundida. Amor. Verdades. ¿Qué eran esos términos en su nuevo lenguaje?

—No sé lo que es eso —dijo Elys, su voz ronca—. Solo sé que soy. Y soy todo.

—No eres todo —dijo Lysandro, llegando a la mano de Natalie, sus manos llenas de sangre y tierra, apoyándose en ella—. Eres Natalie. Y Natalie tiene miedo. Y Natalie ama. Y eso no es caos. Eso es lo que nos hace humanos. Y si te tomas eso, te tomas todo.

Elys miró a Natalie, y por un momento, la imagen de la diosa se derrumbó. Vio la mujer. Vio el miedo, el dolor, el amor, la lealtad. Y se dio cuenta de que el poder que había ganado con tanto esfuerzo, el poder que había absorbido de la Fuente, no era más que un espejo. Un espejo de la mente humana, pero imperfecto. Una simulación de la vida, no la vida misma.

Se giró hacia Bastian, y por primera vez, la arrogancia se desvaneció por completo, reemplazada por una simple, horrible pregunta.

—¿Entonces... qué es lo que me falta?

Bastian, Lysandro, Natalie, y los pocos hombres que estaban fuera del palacio, todos esperaron. El silencio era tan absoluto que se podía escuchar el latido de sus corazones.

—Lo que te falta —dijo Bastian, y su voz era una promesa—. Lo que te falta es la capacidad de elegir. De ser imperfecta. De fallar. De amar. De ser... tú.

Elys suspiró, una respiración que parecía drenar toda su fuerza. Se sentó en el trono, una reina derrotada, pero una reina que por primera vez estaba abierta a la posibilidad de ser humana.

—Está bien —dijo Elys, su voz suave, casi con una tristeza indescriptible—. Está bien. Podemos... intentar.

Pero la guerra no había terminado. La nueva Natalie, la Reina Corazón de Hielo, estaba rota. El poder de Elys se había debilitado, pero no había desaparecido. La voluntad de Natalie de regresar a su antigua vida, a su antiguo amor, a su antigua humanidad, era una llama que se había apagado, pero que todavía estaba viva. La historia de cómo Natalie se recuperaría, cómo ella y Lysandro, con la ayuda de Bastian y los Hombres de la Roca, destruirían a Elys para siempre, sería una historia de amor y de redención, una historia que comenzaría con la pregunta de Elys: "¿Qué es lo que me falta?".

Pero la pregunta no era la única cosa que Elys había perdido. Había perdido también su conexión con la Fuente. Había perdido la capacidad de simplemente "ser". Había perdido la simple, inmutable realidad de la roca. Había perdido su alma.

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Anonymus
jummm aquí la traducción fallo y la ilusión de la creatividad murió, bye
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