Esta es la crónica de Valentina Vingut, una estudiante de medicina cuya existencia se fragmenta al colisionar con Ricardo Vidal. Él es un magnate custodiado por un imperio de poder y una familia de fachada, pero poseedor de una oscuridad magnética que arrastra a Valentina hacia un romance prohibido. Lo que ella ignora es que esa conexión eléctrica no es azar: sus linajes han estado encadenados por una deuda de sangre desde tiempos ancestrales.
Será el deseo suficiente para silenciar la moral?
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Capítulo 2: la invitación
Pero lo que más me intimidó fue el estacionamiento. Había al menos treinta coches de lujo brillando bajo las luces exteriores. Me sentí absurdamente sencilla, casi fuera de lugar, pero apreté la mandíbula y decidí que no me quitaría las gafas de sol. Solo serán unas horas, me dije. No volveré a ver a esta gente en mi vida.
El lugar era un despliegue de opulencia: una cancha de voleibol de arena a un lado y una piscina infinita al otro. Mientras Damián nos presentaba, noté de inmediato la hostilidad en las miradas de las chicas presentes. Marcaban territorio con una sutileza venenosa, aferrándose a sus novios como si mi sola presencia fuera una amenaza. Sus parejas, en cambio, resultaron ser sorprendentemente cordiales.
Para evitar la incomodidad, acepté la invitación de unos chicos solteros para jugar a las cartas. Los números se me daban bien y el juego me permitía mantener las manos ocupadas. Entre jugada y jugada, respondía con cortesía a sus intentos de conversación. Sin embargo, a mitad de la noche, una sensación extraña comenzó a treparme por la nuca. Era esa intuición animal de sentirse vigilada. Recorrí el lugar con la mirada disimuladamente, pero no logré identificar quién me observaba entre la multitud.
Mientras tanto, mi hermana y mi prima se habían mimetizado perfectamente con el ambiente. Alexandra incluso terminó lanzándose a la piscina de madrugada con su amor platónico de toda la vida, en un arrebato de locura que yo nunca me habría permitido.
Casi al final de la velada, terminé conversando con un chico de perfil bajo pero de atenciones impecables. Era dueño de una empresa automotriz, según me susurró Verónica al oído, asegurándome que era un "buen partido". Me pidió mi número y, sin verle inconveniente, se lo di. Quizás mi hermana tenía razón y debía ser más social.
A pesar de la charla amena, ese sentimiento de ser seguida por una mirada invisible no me abandonó hasta que subimos al coche a las cuatro de la mañana. Me fui de allí con una extraña mezcla de alivio y curiosidad. No me arrepentía de haber ido; al final, la realidad había superado a cualquier película de ficción. Lo que no sabía era que, entre las sombras de aquel chalet, alguien ya había decidido que yo no sería una desconocida por mucho tiempo.
Habían pasado algunas semanas desde aquella fiesta en la montaña. Debo admitir que esa salida con mi hermana fue un respiro necesario; me sacó de la monotonía de mi mundo aséptico y de las batallas de ego en el hospital. La medicina es un campo de guerra donde los especialistas parecen competir por ver quién humilla más a los residentes durante las revistas médicas. Es un entorno caótico, pero mi propósito es más fuerte que cualquier desplante: graduarme para cumplir mi mayor sueño. Quiero comprarle una casa a mi madre. Ella vive a las afueras, en casa de mi abuela, debido a su trabajo. Verónica y yo hemos sido independientes desde la adolescencia, cuando nos fuimos al interior para estudiar. Fue en aquel pueblito donde un "pueblerino" —como yo lo llamaba en mis noches de despecho— me rompió el corazón y me obligó a construir mis murallas.
Hoy es sábado y, como era de esperarse, el espíritu libre de mi hermana y mi prima Alexandra ha vuelto a la carga.
—Valentina, a las siete salimos. Noche de chicas y no aceptamos un "no" por respuesta —sentenció Verónica—. Vamos a un sitio nuevo en la zona este.
—¿En la zona este? ¿Estás segura de que será agradable? —pregunté, ya sin fuerzas para discutir.
—Una amiga de Alexandra está inaugurando un local. Iremos solo un rato.
Conocía perfectamente esos "ratos" que terminaban al amanecer. Aun así, me arreglé. Opté por unos jeans de talle alto que resaltaban mi figura, un body negro que se sentía como una segunda piel y tacones de corcho. Dejé mi cabello lacio y suelto, y apliqué un maquillaje tan sencillo que apenas se notaba.
Al llegar al local, la decepción fue instantánea. El ambiente era pesado, la gente no era precisamente la que esperábamos y la famosa amiga ni siquiera apareció. Alexandra, aunque avergonzada, no tardó en canalizar sus "buenas energías" para cambiar el plan.
—Vero, escríbele a Damián —sugirió Alexandra con una sonrisa traviesa—. Me he estado mensajeando con Víctor y me dijo que están todos reunidos en casa de un amigo.
—¡Qué! ¿Damián no me dijo nada? —rio Verónica—. Claro, como yo tampoco lo invité... Ya le escribo.
Me crucé de brazos, fingiendo molestia.
—Ustedes me van a matar. ¿Acabamos de llegar y ya nos vamos? ¿No encontraron a ningún "papacito" entre esta gente y ahora quieren huir? Odio estar recorriendo la ciudad de punta a punta.
—Pues prepárate para el recorrido, hermanita —respondió Verónica con un guiño—, porque Damián dijo que nos lleguemos a casa de su amigo, Ricardo.
—¡Lo volveré a ver! —exclamó Alexandra emocionada—. Hoy sí que no se me escapa Víctor.
Veinte minutos después, nos detuvimos en una de las zonas más exclusivas de la ciudad. El contraste era absoluto: una hilera de mansiones con jardines inmensos que parecían sacados de una revista de arquitectura. Damián nos esperaba en la entrada, indicándonos dónde aparcar.
Al bajar del coche, lo vi.
En el umbral de aquella "casita" —que en realidad era una mansión imponente— estaba un hombre que detuvo mis pensamientos de golpe. Era alto, de tez clara y una barba rubia oscura perfectamente recortada. Mis ojos, habituados a observar detalles clínicos, no pudieron evitar examinarlo. Pero lo que me descolocó fue su mirada; me estudiaba con una intensidad que me hizo sentir desnuda, como si sus ojos color aceituna pudieran leer lo que había debajo de mi armadura de hielo.
—Él es Ricardo Videla —nos presentó mi cuñado.
Resultó que los padres de Alexandra lo conocían de toda la vida. Mientras ellos intercambiaban anécdotas de la infancia, yo sentía el peso de su atención sobre mí. Cada vez que creía que no me veía, sus ojos volvían a inspeccionarme con una curiosidad silenciosa.
Nos guio brevemente por la casa hasta el patio trasero. Allí estaban los mismos amigos de la última vez, incluyendo a Marcos, el chico con el que intercambié números y con quien, afortunadamente, no había vuelto a hablar. El ambiente estaba dividido: unos jugaban a las cartas, otros bebían. Verónica y Alexandra pidieron vodka con naranja; yo me mantuve fiel a mi vaso de agua.