Irene Blanch era una señorita proveniente de una familia tranquila, ella igual era alguien de muy bajo perfil, fue por eso por lo que Ezra Markov la eligió como su esposa luego de ser rechazada por su primer amor, Lina Lewel. Irene lo sabía, y acepto de todas formas, porque tampoco estaba enamorada de Ezra, solo vió los beneficios de ese matrimonio y los del divorcio en el que pensaba antes incluso de estar casada.
Irene nunca previo el cambio de actitud de su esposo ni tampoco los de ella misma. Menos aún que el primer amor de Ezra mostrara tanto interés en sus vidas.
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Capitulo 2
Ezra tardó apenas un segundo en comprender lo que estaba haciendo.
Sus dedos rodeaban la muñeca de Lina.
La soltó de inmediato, como si el contacto lo hubiera quemado.
—Lo siento, su alteza… me he sobrepasado.
Retrocedió un paso y realizó una reverencia impecable, rígida, casi arrepentida.
Lina lo observó en silencio un instante. Luego, su expresión se suavizó en esa sonrisa amable que parecía no haber cambiado desde los días en el cuartel.
—Cuando eres tan formal, eres gracioso, Ezra —dijo, soltando una pequeña risa—. Te dije que me llames Lina. Todos esos títulos son algo agobiantes.
Ezra desvió la mirada.
—Sí… perdona. No quise incomodarte.
—No sigas disculpándote —respondió ella con dulzura—. Pero aun así creo que debo retirarme. Parece que interrumpí algo importante.
Las palabras cayeron con ligereza, pero Ezra sintió cómo se tensaba por dentro.
Había escuchado.
Tragó saliva.
Antes de poder detenerse, preguntó.
—Sobre mi matrimonio… ¿qué piensas?
La pregunta quedó suspendida en el aire. Incluso Rohan, que permanecía discretamente a un lado del despacho, sintió que aquello había sido impulsivo.
Lina parpadeó, sorprendida por la franqueza. Después, su sonrisa se amplió con naturalidad.
—Felicitaciones —dijo con sinceridad—. Es bueno saber que estás dando un paso tan importante en tu vida.
El corazón de Ezra se contrajo con una fuerza inesperada.
— ¿Qué era lo que esperaba oír?— , se preguntó.
¿Que lo detuviera?
¿Que frunciera el ceño?
¿Que dijera que estaba en contra?
Pero Lina era una mujer casada. Casada con Eliott. Su amigo. El príncipe heredero.
No tenía derecho a esperar nada.
Su mirada descendió entonces hacia la caja que ella sostenía entre las manos. Lina notó el gesto y alzó el paquete con entusiasmo.
—¡Tadán! —exclamó con una chispa infantil en los ojos—. Venía a darte esto. No pude felicitarte el día de tu cumpleaños porque no te vi. Feliz cumpleaños, Ezra.
Su sonrisa era luminosa, genuina. Como si el mundo fuera sencillo.
La expresión de Ezra se suavizó por completo. Frente a ella, desaparecía el comandante severo, el duque distante.
—Gracias, Lina… —murmuró con una voz más baja de lo habitual.
Ella asintió satisfecha, sin notar —o fingiendo no notar— la tormenta silenciosa tras sus ojos.
Desde el fondo de la habitación, Rohan acomodó sus lentes con gesto pensativo. Había observado cada matiz, cada pausa, cada respiración contenida.
— Y así piensa casarse con alguien más…
Su mirada se volvió seria.
— Pobre señorita. Vivirá condenada a ser el reemplazo de alguien que nunca se fue del todo...
Algunos días después, una carta con el sello del Ducado Markov llegó al condado Blanch. En ella se expresaba el deseo formal del duque de solicitar la mano de la señorita Irene Blanch.
Por supuesto, cada palabra había sido cuidadosamente redactada por Rohan.
La fecha para la reunión quedó pactada sin demora.
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La mañana del día señalado, en el Ducado Markov, Ezra realizaba su entrenamiento habitual en el patio interior. El sonido metálico de la espada cortando el aire se repetía con disciplina casi mecánica.
Rohan, como cada día, se presentó a primera hora para leerle la agenda.
—A las diez, reunión con el consejo militar. A las trece, inspección de suministros. A las dieciocho… —hizo una breve pausa significativa— es la hora pactada para acudir a la mansión Blanch.
Ezra detuvo el movimiento de su espada y miró a Rohan con desconcierto.
—Espera… ¿qué se supone que debo hacer ahí? Te dije que te encargaras de todo.
El fastidio en su voz era evidente.
Rohan inhaló con paciencia forzada.
—Duque, ¿acaso debo pedir formalmente la mano de la señorita Blanch yo mismo?
Ezra guardó silencio. Sabía que tenía razón. Aquello era un deber que no podía delegar.
Aun así, no dejaba de resultarle molesto.
Cuando llegó la hora de partir, Ezra se dirigió al carruaje con expresión imperturbable. Antes de que subiera, Rohan extendió una pequeña caja hacia él.
Ezra frunció levemente el ceño.
—¿Qué es eso?
Rohan se acomodó los lentes, claramente frustrado.
—Entiendo que nunca antes se haya comprometido, mi señor… pero es evidente que debe entregarle un anillo a la señorita.
Ezra tomó la caja sin añadir comentario alguno y la guardó en el bolsillo interno de su chaqueta.
La mansión Blanch los recibió con la calidez de la luz del atardecer filtrándose por los ventanales. El conde Thomas y la condesa Katlin aguardaban en la sala principal.
Los saludos fueron formales, medidos.
—Debemos admitir que nos sorprendió la prontitud de su propuesta, duque —comentó el conde con diplomacia.
Ezra sostuvo su mirada.
—No es algo que deba sorprenderlos. Su hija posee todas las cualidades necesarias para convertirse en la próxima duquesa.
La frase pretendía ser un halago. Sin embargo, los condes intercambiaron una mirada cargada de duda.
En ese momento, voces ligeras descendieron por la escalera.
Irene y Adrián aparecieron conversando en tono bajo, pero el murmullo cesó en cuanto vieron al visitante.
Adrián frunció el ceño sin disimulo.
Irene, en cambio, avanzó con serenidad.
—Duque —saludó con una leve inclinación.
Ezra tomó su mano y besó el dorso con elegancia impecable. Era un gesto protocolar, frío. Ambos lo sabían.
Adrián no.
En un impulso, apartó bruscamente la mano de su hermana.
Ezra lo miró con curiosidad más que con enojo.
—¡Adrián! —reprendió Irene en voz baja.
Luego se volvió hacia Ezra.
—Le pido disculpas, duque. Él es Adrián, mi hermano menor.
—No me gusta para mi hermana —declaró Adrián con desdén.
Los condes lo reprendieron de inmediato y se disculparon apresuradamente. Pero Ezra, lejos de ofenderse, esbozó casi una sonrisa.
—No hay nada que disculpar. Me agrada alguien con carácter —dijo con calma—. Aún así, aunque no le agrade, es la señorita quien decide.
—Desgra… —empezó Adrián.
Irene cubrió rápidamente su boca, impidiendo que terminara la palabra.
—La cena está lista —anunció con una sonrisa forzada, mientras Adrián enrojecía, mitad por rabia, mitad por falta de aire—. Podemos pasar al comedor.
La cena transcurrió en relativa calma. Irene murmuraba palabras tranquilizadoras a su hermano cada vez que este tensaba la mandíbula. Adrián, por su parte, no apartaba su mirada feroz de Ezra.
El duque permanecía imperturbable.
Finalmente, de regreso en la sala principal, llegó el momento esperado.
Ezra se puso de pie. Su postura era recta, casi militar.
—Conde, condesa —comenzó con formalidad impecable—. He venido hoy para solicitar oficialmente la mano de su hija, la señorita Irene Blanch.
Sacó la pequeña caja de su bolsillo y la abrió. El anillo era hermoso, de diseño refinado y evidente valor.
Irene lo observó.
Sabía, con absoluta certeza, que él no lo había elegido.
A pesar de las protestas ahogadas de Adrián, el conde y la condesa dieron su consentimiento.
Ezra tomó la mano de Irene una vez más y colocó el anillo en su dedo.
El compromiso quedó formalizado.
Los aplausos fueron suaves. Las sonrisas, tensas.
Y mientras todos celebraban el acuerdo, Irene sostuvo la mirada del duque por un breve instante.
No había emoción en sus ojos.
Solo cumplimiento.
Hay Ezra m imagino tu cara de celos
estos celos me hacen daño me enloqueceeeen~🤣🤣
pobre ezra la cara que debe de tener