Después de sobrevivir a la masacre de Buena Suerte, Lía y Dikeet intentan encontrar un lugar en un mundo que las teme y las necesita al mismo tiempo. Pero cuando una nueva amenaza surge de las sombras de BioKal —más antigua, más poderosa y capaz de desafiar al cielo mismo—, las hermanas se ven obligadas a salir de las sombras.
Junto a antiguas enemigas y aliados inesperados, deberán enfrentar una fuerza que no solo quiere destruirlas, sino reescribir lo que significa ser humana… o algo más.
En una carrera contra el tiempo, entre selvas que devoran y ciudades que se apagan, descubrirán que la verdadera batalla no es contra una empresa cruel, sino contra lo que el poder hace con quienes lo persiguen… y con quienes lo rechazan.
Una historia de hermanas, traiciones, rabia y la pregunta que nunca desaparece:
¿Hasta dónde estás dispuesto a llegar para proteger lo que cres que es tuyo?
NovelToon tiene autorización de Au-angell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 6: La Llave
Rubén no dio más explicaciones. Tras la reunión, las llevaron directo a una nave blindada, más parecida a una fortaleza voladora que a un transporte. Los motores rugían, dejando atrás la isla flotante que se perdía entre las nubes.
Mientras subían a bordo, Rubí las seguía con el rostro serio.
—Van a Canadá. Allí está la llave que debemos proteger.
—¿Y por qué no vamos por la otra? —preguntó Lía, con tono desafiante.
Rubén, desde la pasarela, negó con calma.
—Porque esa segunda llave está fija. Ningún humano podría moverla.
La puerta de la nave se cerró con un chasquido, dejando a las hermanas sin más respuestas. El equipo de asalto, con armaduras blancas y visores rojos, se preparaba en silencio. Armas listas. Cuerpos tensos. Misión prioritaria: proteger la llave.
Mientras tanto, lejos de allí, en una base subterránea en ruinas en el interior de Canadá, un vehículo blindado se deslizaba entre la nieve.
Dentro, Hera, la mujer lobo, estaba sentada junto a Kambrio, quien parecía disfrutar del sonido del combate que estallaba afuera. El tintineo de balas, gritos y explosiones retumbaban más allá del blindaje.
Kambrio sonrió con su boca torcida y lengua alargada.
—Me prometieron una parte del mundo al llegar a la reliquia. ¿Qué te ofrecieron a ti?
Hera no apartó la mirada de la ventanilla.
—Nada que te importe —gruñó.
Sus ojos se encendieron con un fulgor violeta mientras su forma humana se desvanecía. Surgieron garras afiladas, orejas largas de lobo, colmillos curvados, y su cabello se erizó en una cola larga y morada. Con un solo movimiento, abrió la puerta y saltó fuera, desatando una ráfaga de velocidad y poder que derribó a los soldados que se interponían.
Kambrio desapareció a simple vista, dejando solo destellos cristalino en el aire. La puerta blindada del vehículo tembló bajo su patada envuelto en energía.
—A mí me prometieron más que una simple parte —murmuró Hera, recordando un rostro conocido: un chico con gafas dentro de un tanque, alguien a quien había llamado compañero. Pero su recuerdo se quebró: lo vio despedazado, sin vida.
Con un grito cargado de rabia, Kambrio derribó la puerta del muro, la energía chispeante dejó su marca como cicatrices en el metal usando su cola.
—Estoy dentro.
Avanzó por los pasillos, viendo recuerdos desvanecerse en el aire. Compañeros caídos, risas compartidas que ahora solo eran cuerpos rotos.
Arrasó con todos en su camino, lanzando golpes imbuidos en energía que hacían estallar barreras y destrozar blindajes.
La nave de la C.D.A. llegó sobrevolando la base en llamas. Desde la escotilla, Rubí observó el escenario con frialdad.
—Llegaron primero...
El fuego devoraba los techos, y cuerpos yacían esparcidos por el suelo. Todo parecía perdido.
(Lía mirando hacia abajo, con un gesto nervioso) ¿Cómo mantienes algo tan enorme… en el aire sin que se caiga?
Rubí sonríe con confianza, apoyándose en la barandilla. Abajo hay una producción constante de nubes negras, y en la parte superior… la isla fabrica nubes propias y las combina. Así generamos y redirigimos rayos. Básicamente, vivimos en el ojo de la tormenta. Una eléctrica, categoría siete.
Dikeet — (dando un paso atrás) ¿Categoría siete? Eso suena… a que no debería estar aquí.
Rubí — (arquea una ceja) Exacto. Nadie con dos dedos de frente se mete al ojo de una tormenta así. Es nuestra mejor defensa.
(cruza los brazos, con media sonrisa) Sí… pero eso debe ser un gasto ridículo de energía. Dijo Lía.
Rubí — (ríe suavemente) Lo es. Pero la seguridad nunca es barata.
Dikeet — O la locura tampoco…
( Rubí mirando el horizonte, con tono misterioso) Depende de quién esté pagando la factura.
Lía se acercó a la puerta de salto y, sin pensarlo, se colocó un paracaídas.
—Siempre quise saltar de un avión.
—¡¿Qué están haciendo?! —exclamó Rubí, sorprendida, pero demasiado tarde.
Lía saltó, extendiendo sus brazos. Un grito escapó de su boca mientras descendía en picada.
—¡Esto está muy alto!
Instintivamente, desató su transformación, su cuerpo se cubrió de pelaje negro, sus ojos brillaron, y su cola se extendió. Del pánico cortó el paracaídas y cayó más rápido. “Cuatro extremidades”
Dikeet, no queriendo quedarse atrás, saltó también, desplegando el paracaídas con una sonrisa sarcástica.
—Imprudente. Mientras sonreía en plena caída libre.
Las dos aterrizaron entre los restos humeantes. Apenas tocaron el suelo, un misil se acercó. Se lanzaron a un lado, esquivándolo por poco. Mercenarios de BioKal Industries emergieron de los escombros y las rodearon.
—Hora de pelear —gruñó Dikeet, flexionando sus músculos.
Ella controlaba cada golpe, derribando enemigos con precisión. Esquivaba disparos, rompía rifles, dejaba a los mercenarios inconscientes. Pero Lía... Lía estaba desatada. Sus garras rasgaban, su cuerpo ágil saltaba sobre enemigos, rodando y golpeando con fuerza, incapaz de contener su furia animal.
Uno tras otro, los mercenarios caían. En un tejado, el último de ellos trató de disparar, pero Lía lo derribó con un salto, rompiendo su arma con un mordisco.
Respiraba agitada, con la lengua fuera, cubierta de cenizas y sangre, manteniendo su forma bestial.
—Tarde o temprano, te acostumbrarás —le dijo Dikeet, colocando una mano en su hombro.
Lía tragó saliva, asintiendo, con sus orejas bajas.
Entonces, se escucharon pasos firmes.
Desde el fondo del pasillo ennegrecido surgieron Hera y Kambrio. Hera llevaba una llave dorada y metálica en la mano, girándola lentamente con sus garras. Sus ojos se clavaron en las hermanas.
—Nos encontramos por fin —dijo Hera con voz baja, pero cargada de amenaza.
Las miradas de todas chocaron, tensas. Kambrio sonrió, reapareciendo detrás de Hera, con los brazos cruzados y un aura púrpura destellando alrededor.