Grace, estancada en el desempleo y la monotonía, decide arriesgarlo todo por una conexión virtual de años. Junto a su mejor amiga, cruza la frontera para conocer a Noah, un dedicado estudiante de medicina que vive consumido por la exigencia de sus guardias hospitalarias. Aunque Noah queda cautivado al ver que ella es más hermosa en persona de lo que imaginó, no está dispuesto a comprometerse: su carrera es su única prioridad. Sin embargo, la química física y emocional pronto desbarata sus planes. ¿Podrán construir un futuro real o simplemente el trabajo consumirá a un lado?
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Parte 15
Noah
Estábamos sumidos en una rutina tan monótona que, a veces, ni siquiera parecía que viviéramos juntos. El sexo mañanero ocurría de vez en cuando, casi por inercia, pero se sentía extraño... vacío. No la sentía como pareja, mucho menos como novia.
—¿Sigues con mucho trabajo? —preguntó Grace a media noche, con su pijama puesta, mirándome desde el marco de la puerta mientras yo seguía frente al computador.
—Sí, tengo varias cosas atrasadas —respondí sin despegar los ojos de la pantalla.
—Está bien... ¿y cuándo tienes libre? Me gustaría salir.
Había pasado más de un mes desde que compartíamos apartamento, y en realidad no habíamos hecho nada. Mi vida era el hospital y los estudios, no había espacio para más.
—No tengo tiempo —contesté, cortante, sin mirarla siquiera.
—No hemos salido, no hemos hecho nada... solo... —su voz se quebró un poco, pero yo me giré irritado, cansado. Tenía sueño, estaba agotado, y mañana debía dar una conferencia importante. No podía seguir con esas "tonterías".
—No tengo tiempo —repetí, con frialdad.
—Solo pensé que podríamos salir a hacer algo juntos... —su voz bajó de tono, cargada de una esperanza frágil.
—¿Juntos? Grace... no somos nada.
La frase se me escapó de los labios como un golpe seco. En el mismo instante en que la dije, sentí el peso de mis propias palabras. Me giré hacia ella, y lo que vi me atravesó el pecho: Grace me dedicaba una mirada extraña, herida. Abrió la boca para responder, pero sus labios temblaban. En vez de hablar, forzó una sonrisa... una de esas que jamás llega a los ojos.
—Tienes razón —susurró.
El silencio que se formó después fue insoportable. Suspiré y miré la hora. Debía concentrarme en la conferencia. Me disculparía más tarde, me repetí. Ahora lo importante era mi carrera.
Cuando por fin fui a la habitación, noté que ella no estaba. La cama vacía me pareció más grande que nunca. Normalmente, por costumbre, dormíamos juntos. A veces incluso medio dormida se giraba a despedirse de mí, y eso solía terminar en un mañanero improvisado. Pero esa noche no había ni rastro de ella. Supuse que era un berrinche.
Al amanecer, la alarma sonó puntual. Me levanté rápido, pero otra vez no estaba. Ni una palabra, ni una mirada, ni ese murmullo somnoliento que solía darme antes de salir. No tuve tiempo de pensar demasiado: debía irme al hospital.
La conferencia fue un éxito. Todo salió perfecto, como lo había preparado. Mis superiores me felicitaron y no ocultaron lo satisfechos que estaban con mis avances. Era el reconocimiento que tanto había buscado, y aun así... en mi pecho había un vacío.
Regresé al apartamento más temprano de lo habitual, con la esperanza de verla, de aclarar lo que había dicho la noche anterior. Pero al recorrer el lugar, me di cuenta de que no estaba.
Sobre el comedor encontré un sobre y una nota escrita con su letra.
"Es el dinero que te debo del arriendo y la comida. Desde ahora lo pondré.
Si llegas temprano no me vas a encontrar, estoy reunida con la editorial de la sede de aquí del país.
Éxitos."
Nada más. Ni una palabra extra, ni un gesto de cariño, ni una queja. Solo frialdad, como si hubiera levantado un muro entre los dos. Y ahí estaba el sobre, con el dinero perfectamente contado, testigo mudo de la distancia que acababa de abrirse entre nosotros.
No hice mucho, porque sentía que era lo mejor. Siempre debió existir ese muro entre nosotros, y ahora parecía más alto que nunca.
Cuando llegó y me vio en el comedor, no dijo nada. No preguntó, no buscó conversación. Simplemente entró, tomó un vaso de agua y, con la otra mano, revisaba su celular.
Llevaba el cabello recogido, suelto a medias, con mechones rebeldes que le rozaban el rostro. Vestía un vestido que le quedaba impecable, resaltando cada curva, cada movimiento. Me acerqué, no pude evitarlo.
—¿Cómo te fue? —pregunté, intentando rodearla por la cintura, buscando un contacto que ella rechazó sin esfuerzo. Se apartó con una sonrisa apagada, vacía, de esas que no transmiten nada.
—Bien —contestó, sin dar más explicaciones.
Dejó el celular sobre la mesa, y justo entonces una notificación iluminó la pantalla. Alcancé a leer el nombre de un hombre. Sentí cómo la sangre me hervía, cómo algo dentro de mí se tensaba.
—¿Dónde estabas? —pregunté, mi voz más dura de lo que pretendía.
Ella se giró con el vaso en la mano, sorprendida, arqueando una ceja.
—¿Qué es esto?
—¿Te fuiste con un hombre? —insistí.
Ella me miró con una sonrisa burlona, como si mi pregunta fuese absurda. Cuando quiso darse vuelta, la sujeté del brazo, con más fuerza de la que debía.
—Grace, responde.
Ella se soltó con firmeza.
—No te importa. Como vos lo dijiste... no somos nada.
Sus palabras me golpearon como un látigo.
—¿Saliste con un hombre por un berrinche? Madura, por Dios —solté, con rabia y frustración, aunque en realidad me estaba hablando a mí mismo.
Grace se llevó la mano a la boca y empezó a reír, una risa amarga, cargada de ironía.
—Dios mío... —murmuró entre dientes, respirando hondo, intentando calmarse. Su pecho subía y bajaba con fuerza. —Bien... es mi editor.
Sentí que el aire volvía, aunque en el fondo no estaba tranquilo.
—¿Y por qué peleas entonces conmigo? —pregunté, buscando algo que no sabía ni cómo nombrar.
Sus ojos, esos ojos cafés profundos, me atravesaron fríamente. Su mirada era como un muro de hielo, distante, impenetrable.
—Lo siento —respondió con voz mecánica, sin emoción alguna. —No lo volveré a hacer.
La escuché y un escalofrío me recorrió. Recordé lo que alguna vez me contó: que en su relación anterior siempre tenía que disculparse por todo, que se había vuelto automático, una costumbre, hasta dejar de sentir.
Y ahí estaba yo... repitiendo la misma historia, convirtiéndome en aquello de lo que ella había escapado.
Lo entendí demasiado tarde. La tomé por los brazos, esta vez como una disculpa, como un intento desesperado de acercarme. Pero Grace no me miró. Sus ojos estaban fijos en el balcón, en algún punto lejano, en cualquier lugar que no fuera yo.
Ese gesto me destrozó más que cualquier palabra. Porque lo entendí: desde ese día, todo se rompió aún más. Grace levantó su muro, marcó distancia, y yo me quedé con la culpa de haber hecho sangrar cada uno de sus viejos traumas.
Y esa noche, en silencio, me di cuenta de que quizá ya no había vuelta atrás.