Jared es el alfa de uno de los clanes de lobos más poderosos del norte. Frío, dominante y fiel a las leyes de la manada, jamás permitiría que el clan rival jugara con su honor… hasta que secuestran a su hermano.
Marlene es la hija olvidada de ese mismo clan. Rechazada desde su nacimiento, nunca ha pertenecido realmente a ningún lugar.
Cuando Jared la toma como rehén para forzar un intercambio, cree tener el control de la situación.
Lo que no espera es que ella no le tema.
Ni que despierte algo que jamás debió sentir por una enemiga.
Entre clanes enfrentados, secretos, lealtades y deseo, descubrirán que algunas guerras no se ganan con colmillos… sino con el corazón.
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El beso que no debía existir
Estaba ahí, en ropa interior, nadando. Su larga melena roja parecía de un granate volcán por haberla introducido en el agua. Era ágil y rápida; Nadaba pareciendo desahogarse de lo rápido que lo hacía. Me quité la camiseta y los zapatos para dejarme caer de un salto desde la roca hasta la orilla. El agua fría golpeó mis piernas y me devolvió a la realidad por un segundo, aunque mi mente seguía anclada únicamente a ella.
Marlene debió oír el golpe contra el agua porque paró y se puso de pie mirándome tras sus desconcertados ojos verdes para después hacer lo único que podía confundirme aún más: sonreír.
–Creía que era yo la que te llamaba para que vinieras, no recuerdo haberlo hecho. –dijo divertida.
El brillo de sus pupilas creó un calor profundo en mi cuerpo que funcionaba solo ante el deseo irracional e inminente de verla así. Mi lobo se removió bajo mi piel, inquieto, atento a cada movimiento suyo.
–Quizá me estabas simplemente pensando. –La idea provocó que ella ensanchara su sonrisa.
Empezó a caminar hacia mí sin cubrirse; No mostraba signo alguno de timidez. Llegó hasta la orilla quedándose a escasos centímetros de mi cuerpo y oí el latido rápido de su corazón. Su mano mojada dibujó algo que no entendí sobre mi pecho desnudo; ¿quién era de piedra? Agarré su cintura mientras se ponía de puntillas para acercar más nuestras bocas que se entrelazaron tras unos segundos de espera en los que yo notaba su calidez y sus ganas.
Sus labios eran suaves y acariciarle el cuerpo mientras los devoraba sólo hacía que mi mente gritara la palabra “Posesión”.
Durante unos instantes el mundo desapareció. No había manadas, ni pactos, ni guerras pendientes. Solo su respiración entrecortada y la presión de sus dedos aferrándose a mí como si temiera caer. Me permití memorizar su aroma, la curva de su cuello, la forma en que su cuerpo parecía encajar contra el mío. Sentí cómo su pecho subía y bajaba con rapidez, cómo su piel erizada reaccionaba a mi contacto.
Mis manos recorrieron su espalda con cuidado, como si temiera romper algo frágil. Ella cerró los ojos un segundo, apoyando la frente en mi hombro, y ese gesto sencillo me atravesó más hondo que el propio beso. Mi lobo rugió por dentro, reclamando lo que consideraba suyo, pero yo intenté sofocar ese impulso, recordándome quién era y todo lo que estaba en juego.
Ella susurró mi nombre, apenas audible, y ese sonido me ancló al presente. Quise decirle que no era solo deseo, que había algo más creciendo en mi pecho, algo peligroso e inexplicable. Pero las palabras se quedaron atrapadas en mi garganta.
No podía pensar pero mi yo interior aullaba que había algo que no debía ser en todo aquello. Era la hija del clan de más allá del Norte, ¿y si acababa por ser un problema? Me aparté un poco, lo suficiente para ver la decepción en sus dos iris como tréboles. Aquello me golpeó más fuerte que cualquier puñetazo recibido en combate.
–¿Te has acordado repentinamente de quién es mi padre? –interrogó visiblemente ofendida mientras volaba a alguna parte a por su ropa.
Me quedé quieto, maldiciéndome por dentro.
–En realidad está prohibido cualquier tipo de contacto amistoso entre gente de distintas manadas. –contesté sintiéndome un poco idiota.
–Ya, eres como todos. –dijo pasando por mi lado claramente furiosa.
La palabra “todos” despertó algo en mí que si bien no podían ser de ninguna manera celos, se parecía bastante a esa sensación. ¿Qué pasaba con esos supuestos demás chicos? Mi pecho se tensó y mis pasos se aceleraron tras ella.
–¿Por hacer qué? –pregunté irritado siguiéndola.
¿Cómo era posible que estando en mi territorio fuese ella la que iba delante buscando irse a su habitación sin hablar nada más? No contestó y quiso cerrar la puerta al entrar pero puse el brazo en el umbral para hacerle saber que no me iría allí sin una respuesta. El silencio entre nosotros era pesado, cargado de cosas no dichas.
–Tienes miedo a las consecuencias, la hija de Patrick el alfa. Rechazada por su padre pero marcada por el miedo de los que se hacen calificar como