Sin spoiled
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Capitulo 18
Narrador: Mateo Ubicación: Clínica Psiquiátrica "Reposo de los Ángeles" / Sala de Terapia / Ala Este
El tiempo aquí no se medía en horas, sino en pastillas. La pastilla rosa era la mañana. La pastilla azul era la tarde. La pastilla blanca, pequeña y amarga, era la noche sin sueños.
—Abre la boca, Mateo.
La enfermera Berta tenía una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Eran ojos de tiburón, negros y vacíos, entrenados para detectar la mentira.
Abrí la boca. Levanté la lengua.
—Muy bien —dijo ella, satisfecha—. Traga.
Hice el movimiento con la garganta. Un espasmo ensayado. Berta asintió, marcó una casilla en su tablet y empujó el carrito de medicación hacia la siguiente habitación, donde un chico que lloraba bajito esperaba su dosis de olvido.
En cuanto la puerta se cerró con ese clic magnético y pesado, escupí.
La pastilla blanca cayó en mi mano, húmeda y pegajosa. La miré con odio. Llevaba tres días haciéndolo. Tres días fingiendo que me tragaba su veneno químico mientras mi cerebro luchaba por despejar la niebla de la primera semana.
Me levanté de la cama. Mis piernas temblaban, pero ya no se doblaban. Fui al baño y tiré la pastilla por el inodoro. Tiré de la cadena y vi cómo el remolino se llevaba la sedación.
—No estoy loco —susurré al espejo. Mi reflejo estaba pálido, con ojeras oscuras, el pelo crecido y revuelto. Parecía un espectro—. No estoy loco. Soy Mateo Velázquez. Y voy a salir de aquí.
Alguien golpeó la puerta.
—Hora de socialización, señor Velázquez —dijo la voz de un ordenanza desde el otro lado—. El doctor Cabral insiste en que participe.
Respiré hondo. Me puse la bata gris reglamentaria sobre el pijama. La "socialización" era el eufemismo para soltarnos en el patio interior bajo la vigilancia de cámaras y guardias vestidos de enfermeros.
Salí al pasillo. Estaba inmaculado, blanco, con cuadros de paisajes genéricos que se suponía debían calmarte pero que solo daban ganas de arañarlos.
Caminé hacia la sala común. Había unas veinte personas. Algunos eran viejos que miraban a la pared. Otros eran jóvenes, hijos de ricos que se habían "desviado" y a los que sus padres habían enviado aquí para un reseteo de fábrica.
Me senté en una mesa de plástico, lejos de la televisión que emitía documentales de naturaleza en bucle.
—Te has saltado la dosis —dijo una voz ronca a mi espalda.
Me giré despacio.
En la mesa de al lado había un hombre mayor. Tenía el pelo blanco, largo y recogido en una coleta, y una barba de varios días. Estaba jugando al ajedrez contra sí mismo. Llevaba la bata gris, pero la llevaba con el cuello levantado, como si fuera una chaqueta de diseño.
—No sé de qué habla —dije, volviéndome hacia mi mesa.
—Te tiembla la mano izquierda —dijo el hombre, moviendo un peón negro—. El Lorazepam que dan aquí provoca un ligero temblor, pero solo cuando hace efecto. Tú tiemblas por abstinencia o por miedo. Y tus pupilas están dilatadas. Si te hubieras tomado la pastilla, estarían como cabezas de alfiler.
Me quedé helado. Miré a los guardias. Estaban en las esquinas, aburridos.
Me giré hacia el hombre y bajé la voz.
—¿Quién es usted?
El hombre sonrió, mostrando unos dientes manchados de tabaco (aunque aquí estaba prohibido fumar).
—Soy el Rey Blanco —dijo, tocando la pieza de ajedrez—. O el Peón Negro. Depende del día. Me llamo Elías. Y tú eres el chico nuevo. El "famoso".
—¿Famoso?
—Las noticias, chico. —Elías señaló con la cabeza hacia la televisión silenciada—. Aquí no nos dejan ver las noticias, pero los enfermeros hablan. Tienen teléfonos. Hablan en los descansos. Dicen que hay un tal "Cuervo" poniendo la ciudad patas arriba por un tal Mateo.
Sentí una descarga eléctrica en la columna.
—¿Qué dicen? —pregunté, inclinándome hacia él—. ¿Qué ha hecho?
—Dicen que pintó la cara de tu suegro... perdón, del padre de tu amigo, en un edificio nacional. Dicen que hay una caza de brujas. Y dicen que tú estás aquí por tu propia seguridad. —Elías soltó una risa seca—. Seguridad. Qué palabra tan divertida.
—Tengo que salir de aquí —dije.
—Ponte a la cola. Yo llevo aquí tres años.
—¿Tres años? —Lo miré con horror—. ¿Qué hizo?
—Diseñé cosas —dijo Elías, volviendo a mirar el tablero—. Fui arquitecto. Trabajaba para García Developments. Diseñé la Torre Eclipse. Y diseñé los planos de renovación de este lugar.
Abrí los ojos como platos.
—¿Usted construyó esto?
—Renové el sistema de seguridad. Hice las habitaciones insonorizadas. Y luego, cometí el error de encontrar una discrepancia en los libros de contabilidad de la construcción. Unos millones que se desviaron a cuentas en Panamá. Fui a Enrique García con los papeles, pensando que era un error de algún subordinado.
—Y él lo metió aquí.
—"Brote psicótico provocado por estrés laboral". Ese fue el diagnóstico del doctor Cabral. Mi familia firmó los papeles. García paga mi estancia. Es una jaula de oro muy cara, Mateo.
—Si usted diseñó esto... sabe cómo salir.
Elías me miró. Sus ojos eran grises, inteligentes y muy, muy tristes.
—Sé que los muros tienen cuatro metros de altura y sensores de movimiento. Sé que las puertas tienen cerraduras biométricas. Sé que la única salida es en un coche fúnebre o con el alta médica, y nadie consigue el alta si García no quiere.
—Mi amigo... Leo. Él no va a parar. Está fuera. Si supiera que estoy aquí... si supiera que no estoy "protegido", sino secuestrado... vendría.
—¿El artista? —Elías arqueó una ceja—. ¿Qué va a hacer un niño con botes de spray contra un ejército privado?
—No lo conoce. Leo puede incendiar el mundo si se lo propone. Solo necesito decirle dónde estoy. Necesito que sepa que estoy vivo y que estoy esperando.
Elías suspiró. Movió un caballo blanco. Jaque.
—Hay una manera —murmuró, sin mover los labios apenas.
Me acerqué más, fingiendo interés en el tablero.
—¿Cuál?
—Esta noche hay luna nueva. Estará muy oscuro. La clínica está en una colina, visible desde la autopista y desde los barrios bajos del este.
—¿Y?
—El sistema de iluminación exterior. Los focos halógenos que iluminan la fachada y el cartel principal. Están conectados a un circuito independiente en la sala de mantenimiento de la azotea.
—¿La azotea?
—El acceso está en el cuarto piso. Donde están los "VIP". Donde estás tú.
—Mi habitación está en el cuarto piso. Pero la puerta del pasillo está cerrada.
—El conserje —dijo Elías—. Hay un chico nuevo. Rafa. Limpia los baños del cuarto piso a las ocho, durante el cambio de turno de las enfermeras. Es joven. Lleva zapatillas de marca falsa y tararea canciones de reguetón.
—¿Qué pasa con él?
—Le he oído hablar por teléfono en el cuarto de las escobas. Es fan de tu amigo. Sigue el hashtag. Dice que el Cuervo es "la voz del pueblo".
El corazón me latía tan fuerte que temía que los guardias lo oyeran.
—¿Crees que me ayudaría?
—Creo que todo el mundo quiere ser un héroe si el riesgo es bajo y la gloria es alta. Pero no puedes pedirle que te saque. Eso es cárcel para él. Tienes que pedirle algo pequeño.
—¿La llave de la azotea?
—Exacto.
—¿Y luego qué? —pregunté—. ¿Me subo al techo y grito?
—No. Usas el panel de control. —Elías cogió una servilleta de papel y un trozo de carboncillo que guardaba en el bolsillo (probablemente robado de la sala de arte). Empezó a dibujar un esquema rápido—. Este es el cuadro. Hay tres interruptores maestros. Si bajas el primero y el tercero, y dejas el del medio subido, y luego alternas el del medio rítmicamente... los focos principales parpadearán.
—Código Morse —dije.
—Espero que tu amigo sepa leer luces.
—Es artista. Se fija en todo.
—Bien. —Elías arrugó la servilleta y me la puso en la mano—. Rafa entra en tu ala a las 20:00. Tienes cinco minutos antes de que Berta haga la ronda de las 20:05. Si te pillan, diré que me robaste el esquema. Si lo logras... dile al mundo que Elías Vance no se suicidó, como dicen los papeles.
—Lo haré.
Un guardia se acercó.
—Señor Vance, deje de molestar al chico. Señor Velázquez, el doctor Cabral quiere verle en su despacho.
Me guardé la servilleta en el bolsillo del pantalón, apretándola contra mi muslo.
—Gracias por la partida —dije, levantándome.
Elías no me miró. Siguió jugando contra su fantasma.
—Jaque mate —susurró.
El despacho del doctor Cabral olía a cuero y a mentiras caras. Tenía diplomas en la pared que acreditaban su excelencia en psiquiatría, pero yo sabía que su verdadera especialidad era la contabilidad creativa y la ética flexible.
—Siéntate, Mateo —dijo, señalando un sillón cómodo frente a su escritorio.
Me senté. Mantuve las manos quietas sobre las rodillas para ocultar el temblor.
—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó, juntando las puntas de los dedos.
—Mejor —mentí. Puse mi mejor cara de sumisión—. La medicación ayuda. Me siento... tranquilo. Lejos de todo el drama.
Cabral sonrió. Era una sonrisa paternalista y ensayada.
—Me alegra oírlo. Tu padre ha llamado. Está muy preocupado. Le he dicho que estás respondiendo bien al tratamiento de "desintoxicación emocional".
—¿Puedo hablar con él? —pregunté, sabiendo la respuesta.
—Aún no. El contacto con el exterior podría reactivar tu crisis de ansiedad. Necesitamos que te olvides del mundo de fuera, Mateo. Ese mundo te ha hecho daño. Esas amistades... tóxicas.
Se refería a Leo. Sentí una oleada de calor en el pecho, pero la reprimí.
—Lo sé —dije suavemente—. Leo... él me confundía. Me hacía hacer cosas que yo no quería.
Cabral asintió, tomando notas.
—Exacto. Eras una víctima de su influencia. Un chico de buena familia arrastrado por un elemento disruptivo. Aquí te ayudaremos a reconstruir tu identidad. A ser quien debes ser.
—Gracias, doctor.
—Puedes irte. Y Mateo... tómate la pastilla de la noche. Es importante para el descanso.
—Sí, doctor.
Salí del despacho. "Elemento disruptivo". Así llamaban al amor ahora. Así llamaban a la lealtad.
Caminé por los pasillos. Eran las siete de la tarde. Faltaba una hora para que Rafa subiera a limpiar.
Fui a mi habitación. Me senté en la cama y esperé. Miré por la ventana. Tenía rejas de seguridad y cristales blindados. La vista daba a la parte trasera de la clínica, hacia una ladera oscura llena de pinos. A lo lejos, muy lejos, se veían las luces de la ciudad como un mar de estrellas caídas.
Leo estaba allí. En algún lugar de ese mar de luz.
¿Me estaría buscando? ¿O habría creído la mentira de que yo estaba loco?
No. Leo vio el mural. Leo sabía que "La Verdad No Se Traslada". Leo sabía leer entre líneas.
Las ocho en punto.
Escuché el sonido de un carro de limpieza en el pasillo. Las ruedas chirriaban un poco.
Salí de la habitación. El pasillo estaba vacío, salvo por el chico de la limpieza que estaba pasando la mopa cerca de los baños.
Era joven, quizás un par de años mayor que yo. Llevaba el uniforme azul de servicio y unos auriculares inalámbricos blancos.
Me acerqué a él despacio.
—Rafa —susurré.
El chico se sobresaltó. Se quitó un auricular y me miró con desconfianza.
—No puede estar en el pasillo, señor. A su cuarto.
—No soy "señor". Soy Mateo.
Rafa me miró. Sus ojos recorrieron mi cara, comparándola con alguna imagen que tenía en la cabeza.
—Tú eres el de la foto —dijo en voz baja—. El que salió en Twitter detrás de las rejas.
—Sí.
—Loco, eso está viral. Dicen que te tienen secuestrado. Otros dicen que estás loco de atar.
—¿Tú qué crees? —le miré fijamente a los ojos—. ¿Te parezco loco?
Rafa dudó. Miró hacia la cámara de seguridad del techo.
—La cámara tiene un punto ciego aquí —dijo, dando un paso hacia el hueco de la puerta del baño—. Mi jefe me lo dijo para que pudiera mirar el móvil sin que me pillaran.
Entré en el punto ciego con él.
—Escucha, Rafa. No estoy loco. Mi padre y García me metieron aquí porque sé lo que hicieron. Porque mi amigo, el Cuervo... él sabe la verdad.
Rafa sonrió al oír el nombre.
—El Cuervo es duro. Ese mural en la tele... brutal. Todo mi barrio habla de eso. Hasta pintaron un cuervo en la cancha de baloncesto ayer.
—Necesito avisarle —dije, agarrándole del brazo—. Necesito que sepa dónde estoy.
Rafa se soltó, asustado.
—Ey, no. Yo no quiero problemas. Necesito este trabajo. Pagan bien y mi mamá está enferma. No voy a sacar ninguna carta ni a prestarte mi móvil. Tienen detectores.
—No necesito tu móvil. Necesito subir a la azotea.
—¿Qué? —Rafa me miró como si estuviera loco de verdad—. ¿Para tirarte? No, hombre, eso sí que no.
—No para tirarme. Para encender una luz. Solo necesito cinco minutos. Tú tienes la tarjeta maestra de mantenimiento, ¿verdad? La vi en tu cinturón.
Rafa se llevó la mano al cinturón instintivamente.
—Si me pillan, me despiden. O peor, me meten preso.
—Si no lo haces, García gana —dije—. Y el Cuervo pierde. ¿De qué lado estás, Rafa? ¿De los que construyen torres de marfil o de los que las pintan?
Rafa miró al suelo. Se mordió el labio. Escuchaba la música que salía débilmente de su auricular colgando. Probablemente dembow o trap, música de la calle, música de verdad.
—Cinco minutos —dijo Rafa—. Solo cinco. Te abro la puerta de la escalera de incendios del final del pasillo. Lleva directo a la sala de máquinas de la azotea. Pero yo no subo. Yo me quedo aquí limpiando. Si te pillan, yo no te vi. Te robaste la tarjeta y ya.
—Trato hecho.
Rafa miró a ambos lados del pasillo. Sacó una tarjeta magnética de su llavero extensible y la pasó por el lector de la puerta de servicio. La luz cambió de rojo a verde.
—Corre —susurró—. Berta viene en cinco.
Me metí en la escalera. El aire allí olía a polvo y grasa. Subí los escalones de dos en dos, ignorando el dolor en mis piernas atrofiadas por días de sedentarismo.
Llegué a la puerta superior. Estaba abierta.
Entré en la sala de máquinas de la azotea. Era un cuarto pequeño, lleno de zumbidos de generadores y paneles eléctricos. Hacía calor.
Saqué la servilleta de Elías. Mis manos temblaban, pero esta vez era de adrenalina.
Busqué el panel que Elías había dibujado. CONTROL DE ILUMINACIÓN EXTERIOR.
Ahí estaba. Una caja gris con varios interruptores industriales.
—Vale —me dije a mí mismo—. Vamos allá.
Bajé el interruptor 1. Bajé el interruptor 3. Dejé el 2 subido.
Escuché un clack fuerte afuera. A través de la pequeña ventanilla de la sala, vi cómo la luz que bañaba el patio delantero se apagaba parcialmente. Solo quedaba el circuito central, el que iluminaba el cartel gigante de la clínica.
Agarré la palanca del interruptor 2.
—Leo, mira hacia arriba —susurré.
Bajé la palanca. Oscuridad total fuera. La subí. Luz. La bajé. La subí.
Empecé a marcar el ritmo.
Corto. Corto. Corto. (S) Largo. Largo. Largo. (O) Corto. Corto. Corto. (S)
Esperé tres segundos.
Luego cambié. Elías no me había dicho cómo escribir letras complejas, pero yo sabía una cosa que Leo reconocería.
El ritmo de nuestra canción. La que bailamos en la Zona Colonial.
Ta-ta-ta... Ta-Ta...
Hice parpadear el cartel gigante de la clínica al ritmo de la bachata. Luz. Oscuridad. Luz. Luz.
Era absurdo. Era ridículo. Era perfecto.
Hice eso durante dos minutos enteros. El cartel de CLÍNICA REPOSO DE LOS ÁNGELES se convirtió en una discoteca estroboscópica en medio de la noche silenciosa.
De repente, la puerta de la sala de máquinas se abrió de golpe.
Dos guardias de seguridad entraron, porras en mano.
—¡Aléjate del panel! —gritó uno.
Levanté las manos. Sonreía. No podía evitarlo. Estaba sonriendo como un maníaco.
—Ya está hecho —dije.
El guardia más grande se abalanzó sobre mí, placándome contra el suelo. El aire salió de mis pulmones. Sentí el frío del cemento en la mejilla.
—¡Tenemos al paciente! —gritó el otro a su radio—. ¡Está en la sala de máquinas! ¡Ha saboteado las luces!
Me esposaron las manos a la espalda. Dolía, pero el dolor me recordaba que estaba vivo.
Me levantaron a empujones. Me sacaron de la sala.
Mientras me arrastraban por el pasillo hacia el ascensor, vi a Rafa al final del corredor, fregando el suelo con una intensidad sospechosa. Me miró un segundo, solo un segundo, y asintió levemente.
Me bajaron al sótano. No a mi habitación. A las celdas de aislamiento.
El doctor Cabral estaba allí, esperándome. Ya no sonreía. Tenía la cara roja de ira.
—Me has decepcionado, Mateo —dijo—. Esto es una regresión grave. Muy grave. Tendremos que aumentar la dosis. Y restringir tus privilegios. Nada de patio. Nada de visitas.
—Hágalo —dije, mirándole a los ojos—. Dógueme todo lo que quiera. Áteme a la cama.
—¿Por qué? —preguntó Cabral, genuinamente confundido—. ¿Por qué hacer este espectáculo? Nadie te ha visto. Solo has molestado a los vecinos.
—Alguien me ha visto —dije con certeza—. Y ahora sabe exactamente dónde estoy.
Cabral hizo un gesto a los enfermeros.
—Sedadlo.
Sentí el pinchazo en el brazo. Frío. Rápido.
El mundo empezó a desvanecerse. Los bordes de mi visión se volvieron negros. Las piernas me fallaron.
Pero mientras me hundía en la oscuridad química, me aferré a una imagen.
Leo, en algún lugar de la noche, mirando hacia la colina, viendo cómo la clínica parpadeaba al ritmo de nuestro baile.
Voy a por ti, imaginé que decía.
Y con ese pensamiento, me dejé caer en el pozo, sabiendo que la cuerda de rescate ya había sido lanzada.