Después de una noche entera terminando el arreglo de un traje de exhibición, Julia se fue a la cama por la madrugada. Su cabeza apenas había tocado la almohada cuando su alarma sonó, y se dió cuenta de que no estaba en su habitación, ¡y alguien se había llevado el traje que tanto se había esforzado en reparar!
Un momento... ¿Quién, en nombre de su santo internet, era esa persona en el espejo?
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Después de una noche entera terminando el arreglo de un traje de exhibición, Julia se fue a la cama por la madrugada. Su cabeza apenas había tocado la almohada cuando su alarma sonó, y se dio cuenta de que no estaba en su habitación, ¡y alguien se había llevado el traje que tanto se había esforzado en reparar!
Un momento... ¿Quién, en nombre de su santo internet, era esa persona en el espejo?
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Julia Dolce era una joven treintañera con una afición muy particular: el cosplay. Durante su adolescencia había participado en cientos de discusiones sobre fandoms y personajes de ficción, todo el mundo pensó que se le olvidaría al crecer, pero grande fue la sorpresa de sus conocidos cuando se dieron cuenta que no acabó ahí. Después de graduarse, consiguió trabajo y comenzó a llenar su casa de versiones físicas de sus novelas más queridas, pósters de sus personajes favoritos y álbumes de las bandas que solía escuchar. Entonces fue cuando escaló todo, cuando la mercancía que compró se extendió de las figuras coleccionables a los accesorios y más tarde a los atuendos.
Para cuando se dio cuenta, había aprendido a coser trajes, a estilizar pelucas, maquillarse y prendió una cámara para compartir sus actividades de cosplays con el fandom.
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Después de interminables noches saliendo tarde de la empresa, buscando solidificar su posición y mantener a flote el negocio, el señor Meyer por fin se dio el lujo de salir temprano del trabajo. Pero cuando llegó a su casa y quiso tirarse en el sofá a descansar, solo encontró una figura blanca borrosa y encorvada que se movía con un vaso rosa brillante en la oscuridad, ¡y se acercaba a él a toda velocidad!
¿Qué, en nombre de su bella esposa, era esa cosa en su sala de estar?
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Al señor Meyer, lo convencieron de casarse con una chica. Debido a la persuasión de sus padres y una promesa sustanciosa, el señor Meyer, que ya había estado en edad de conseguir un buen puesto en la empresa familiar, se casó con la hija recién encontrada de los Dolce.
El primer día de convivencia antes del matrimonio, sentado sobre la cama de su habitación, esperaba tener una charla seria con la joven señorita, queriendo decir que no esperara amor de su parte y que vivieran sus vidas como buenos amigos, ofreciendo un divorcio pacífico si algún día se enamorara de otra persona. Esperaba dejarle en claro las expectativas y el comportamiento a los que tenía que prestarle atención, para que no hubiera errores. Incluso había redactado un acuerdo prenupcial para antes de registrar el matrimonio y esperaba que la chica estuviera dispuesta a firmar.
La joven salió del baño con un pijama abotonado hasta el cuello, un antifaz verde para los ojos y una cofia en el cabello. Dejó un vaso ridículo en la mesita de luz contraria a donde estaba sentado, se metió en la cama y apagó la luz.
—Buenas noches, esposo. Recuerda dormir temprano, si no a tu guapo rostro le saldrán arrugas.
El señor Meyer miró el lado oscuro de su habitación durante mucho tiempo, con el rostro en blanco. Dejó los papeles del contrato sobre su mesita de luz y se acostó.
Señor Meyer, al principio de la historia: Quiero dejar en claro que tengo algunas exigencias.
Señor Meyer, más tarde: Querida esposa, ¿estás segura de que no reúno las exigencias necesarias? Por favor, elígeme (´;ω ;`)