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Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Despreciada por su Hermana, Desposada por un Millonario

Status: Terminada
Genre:CEO / Maltrato Emocional / Sustituto/a / Juego de roles / Amor eterno / Completas
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: uutami

Valentina nunca fue suficiente.

Coja desde un accidente que nadie quiere explicar, vive como sirvienta en la casa de su propio padre, humillada a diario por su media hermana Diana y su madrastra. Cuando un joven conductor de mototaxi llamado Mateo llega a pedir la mano de Diana y es rechazado con desprecio, la familia decide deshacerse de dos problemas a la vez: obligan a Vale a casarse con él.

Lo que nadie sabe —ni siquiera Vale— es que Mateo esconde un secreto que lo cambiará todo.

Detrás de la moto destartalada y la chaqueta de conductor se oculta el heredero de una de las fortunas más poderosas del país. Y detrás del matrimonio apresurado, una promesa que Mateo juró cumplir a cualquier precio.

A medida que Vale descubre que su marido no es quien dice ser, una red de mentiras comienza a derrumbarse: el hombre que la amaba en secreto pierde la memoria, su hermana finge un embarazo para atrapar al novio equivocado, y un padre biológico que Vale creía inexistente aparece con una prueba de ADN y una fortuna que le pertenece.
Pero la verdad más devastadora aún no ha salido a la luz. Porque la persona responsable de que Vale camine con muleta lleva años en coma... y acaba de despertar.

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Capítulo 17

En la sala familiar, ya casi en silencio, Diana estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, la espalda apoyada contra el sofá. Marta iba y venía, enroscándose distraídamente las puntas del cabello entre los dedos.

—¿Estás segura de que esa foto era la única? —preguntó Marta al fin.

Diana asintió de inmediato. —Revisé toda la habitación. Era la única. Y está claro que Ricardo la guardaba a escondidas.

Marta resopló. —Ese muchacho. Todavía pegado a esa mujer insignificante.

—Mamá, no podemos confiarnos —dijo Diana; el tono le bajó, teñido de inquietud—. Si un día le vuelve la memoria...

—Por eso —la cortó Marta con firmeza—. Antes de que eso pase, tienes que ser legalmente su esposa.

Diana se quedó callada un instante. —¿Casarnos?

—Sí. Atarlo. Que ante la ley y ante la religión, estés protegida —prosiguió Marta—. Cuando un hombre siente que tiene una responsabilidad, le cuesta mucho soltar.

La puerta lateral se abrió. Don Ernesto entró con el rostro agotado, la camisa de trabajo todavía puesta. Alcanzó a oír el final de la conversación.

—¿Casarse? —frunció el ceño—. ¿Quién se casa?

—Ricardo y Diana —respondió Marta sin demora—. Es el momento justo.

Don Ernesto dejó el maletín con cuidado y se sentó. —Ricardo todavía está enfermo. No ha recuperado la memoria. ¿No sería mejor esperar a que se cure del todo?

Diana giró la cabeza de inmediato. —Papá, justamente quiero acompañar a Ricardo en este momento difícil.

—Acompañar, sí. Pero casarse en estas condiciones... —don Ernesto suspiró—. ¿Es justo para él?

Marta se dio la vuelta con los ojos afilados. —¿Cómo se te ocurre, Ernesto? ¿No quieres que tu hija sea feliz?

—No se trata de ser feliz o no...

—¡Se trata de que siempre dudas de Diana! —la voz de Marta se elevó—. ¡Como si solo otra mujer fuera digna de Ricardo!

—Siempre has sido igual. ¡Nunca piensas en la felicidad de tu propia hija! ¡Haces sufrir a tu propia familia!

Don Ernesto calló. Aquellas palabras eran como cuchillos. Miró a Diana, que ahora agachaba la cabeza, aparentando fragilidad; demasiada fragilidad para alguien que acababa de tramar un plan.

—Está bien —murmuró al fin—. Si ya lo decidieron... no puedo hacer nada.

—¡Pues claro que tiene que ser así, Ernesto!

Diana sonrió apenas. Marta asintió satisfecha.

Mientras tanto, en la pequeña casa alquilada, tibia bajo la luz amarillenta de una lámpara, Mateo acababa de cerrar la puerta. Dejó el casco en un estante improvisado.

—¡Mateo!

Vale apareció desde la cocina apoyada en su muleta, con el rostro iluminado. —¿Por qué tan tarde?

Mateo sonrió ampliamente. —Tuve muchos viajes hoy.

—Debes estar agotado.

—El cansancio se me quita de golpe cuando me recibes así.

Vale sonrió; las mejillas se le tiñeron de rosa. —Báñate primero. Ya preparé la cena.

Cenaron algo sencillo: arroz, caldo de verduras y tortilla de huevo. Nada especial, pero el silencio entre ellos se sentía cómodo.

—Yo lavo los platos —dijo Mateo, poniéndose de pie.

—No hace falta, Mateo...

Mateo ya había tomado los platos. —De vez en cuando, un mototaxista también puede ser cocinero.

Vale soltó una risita. Cuando todo estuvo limpio, Mateo se sentó en el suelo, recargando la espalda contra la pared. Vale se acercó y comenzó a masajearle los hombros y los brazos con suavidad.

—Están durísimos —murmuró Vale.

—Anduve todo el día trabajando. Hay cada pasajero raro... —Mateo se rio entre dientes—. Hoy uno me pidió que diera vueltas porque todavía no estaba listo para llegar a su casa.

—¿Y qué hiciste?

—Pues lo llevé. Total, me pagó. —Mateo se echó a reír; Vale lo acompañó hasta que los ojos se le achicaron.

Mateo sacó la billetera y le entregó unos billetes. —Toma. Para ti.

Vale negó con la cabeza de inmediato. —Todavía me queda bastante dinero.

—Ese es tu dinero —dijo Mateo—. Esto es para los gastos de la casa. El mahar... no lo toques.

Vale puso cara de confusión. —Tampoco sé en qué usarlo. Es demasiado. Si no se usa, se lo van a comer las polillas.

Mateo soltó una carcajada. —Ay, mi esposa es de lo más inocente.

La contempló largo rato, con el pecho rebosante. Había un amor que crecía sin escándalo, sin presión.

Mateo se acercó. De pronto, besó los labios suaves de su esposa. Vale se quedó inmóvil, tensa, rígida, pero esta vez no fue como las anteriores.

—Ya aprendiste —la elogió Mateo cuando sus rostros se separaron. La cara de Vale se puso roja como un tomate—. Me gusta.

Vale agachó la mirada.

—Vale...

Vale alzó la vista, armándose de valor para mirar a su esposo.

—Todavía no te he visto sin esto... —dijo él, rozándole el jilbab—. ¿Puedo?

Vale asintió despacio.

Le retiró el jilbab con delicadeza. El cabello de Vale cayó suelto, sencillo; su rostro se veía más suave. Mateo se quedó mudo un instante.

—Eres hermosa —dijo con sinceridad.

Le besó los labios. Aquel beso fue cálido, lleno de seguridad. Mateo sentó a Vale en su regazo; ella soltó un gritito y por reflejo le rodeó los hombros y el cuello con los brazos.

Las miradas de ambos se encontraron. Se sostuvieron. Como una señal para sumergirse más hondo. Mateo caminó hacia la habitación, recostó a Vale en la cama y le acarició el cabello y el rostro.

—¿Puedo ir más lejos?

Vale volvió a asentir. Mateo sonrió y la tocó con más ternura, más profundidad.

La mañana llegó con aroma a tempeh frito.

Mateo despertó y encontró a Vale ya arreglada. El jilbab de vuelta en su lugar.

—Oye, ¿por qué ya te lo pusiste?

Vale se sobresaltó y volteó. Las mejillas se le encendieron al recordar que la noche anterior se habían fundido el uno en el otro. Tenía el cabello todavía húmedo y ya se lo había cubierto con el jilbab.

—¿Te levantaste hace rato? —preguntó Mateo, acercándose. Vale seguía petrificada—. ¿Qué cocinaste?

—Solo tempeh frito.

De pronto, Mateo le besó la mejilla. Luego actuó como si nada, tomó un plato, sin saber que Vale ya estaba hecha un manojo de nervios.

—Cuando estés en casa conmigo, no te pongas el jilbab —dijo Mateo mientras se sentaba.

—Está bien.

—¡Ven aquí!

Mateo dio unas palmaditas en su muslo. Vale se puso colorada de la pena.

—¡Ven! ¿Ya terminaste de cocinar, no? —insistió, palmeando de nuevo para que Vale se sentara en su regazo.

Pero Vale, que no estaba acostumbrada a sentarse en el regazo de nadie, prefirió proteger su corazón. Jaló una silla al lado de Mateo y se dispuso a sentarse. Sin embargo, Mateo le dio un empujoncito a la muleta de Vale con el pie y la joven perdió el equilibrio. La muleta repiqueteó contra el suelo.

—¡Aaah! —Vale gritó por instinto.

Con rapidez, Mateo la jaló del brazo hasta que quedó sentada sobre sus piernas.

—¡Eres necia! Te digo que vengas y vienes, ¡no que jales una silla! —la regañó Mateo, abrazándola.

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