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La Princesa de la Mafia

La Princesa de la Mafia

Status: Terminada
Genre:Escuela / Mafia / Autosuperación / Venganza de la protagonista / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:0
Nilai: 5
nombre de autor: Queenvyy27

Aurelia era una chica común y corriente, obsesionada con las novelas. Una noche, tras llorar por el trágico destino de su personaje favorito, despierta dentro de la historia y descubre que ahora habita el cuerpo de Aurelia Cassano: la antagonista consentida, hija del jefe de la mafia más temida del país.

El problema es que conoce el final: en la novela original, Aurelia Cassano muere asesinada a los veinticuatro años. Y el causante indirecto de su muerte es nada menos que Arsa Wirayuda, el protagonista masculino: frío, despiadado, irresistible... y el hombre del que la Aurelia original estaba perdidamente enamorada.

Para sobrevivir, Aurelia traza un plan: alejarse de Arsa, evitar los conflictos con la protagonista original y reescribir su destino. Pero la vida dentro de una novela de mafia no es tan sencilla. Entre conspiraciones familiares, enemigos que la quieren muerta, pandillas rivales y secretos oscuros que ni la novela revelaba, Aurelia descubre que cambiar la trama es mucho más difícil de lo que imaginaba.

Y lo peor de todo: Arsa, el hombre al que debería evitar a toda costa, no deja de acercarse. Con sus ojos negros como la noche, su actitud posesiva y esos momentos inesperados de ternura que derrumban todas sus defensas, Aurelia se enfrenta a la pregunta más peligrosa de todas: ¿puede reescribir una historia de amor sin caer en ella?

Entre peleas callejeras, intrigas corporativas, venganzas implacables y un romance que arde lento pero con la fuerza de un incendio, Aurelia demuestra que ser la villana nunca fue su destino. Tal vez siempre fue la heroína que esta historia necesitaba.

NovelToon tiene autorización de Queenvyy27 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17 — Silvia, la modelo

Alejandro se quedó un instante desconcertado ante la petición de su hermana. ¿Por qué de pronto quería aprender defensa personal y negocios? Antes Aurelia jamás había querido hacer deporte, y mucho menos pelear; y cada vez que le proponían que estudiara del negocio, se negaba. Lo único que le interesaba era divertirse y gastar dinero con sus amigas.

En el fondo, no importaba que Aurelia no supiera defenderse ni manejara bien los negocios: su padre y su hermano la cuidarían y la protegerían siempre.

—¿Para qué quieres aprender a pelear? Para eso estamos tu hermano y tu padre, que te protegemos. Y si es por el negocio, no voy a obligarte si no te gusta —dijo Alejandro, recordando aquella vez que intentó que ella estudiara con él y se lo rechazó de plano: dijo que era un dolor de cabeza.

—Tú y papá no pueden estar a mi lado las veinticuatro horas —respondió Aurelia.

—Pero sí puedo vigilarte las veinticuatro horas —se le escapó a Alejandro—. Eh... quiero decir, cuidarte de lejos —se apresuró a corregir.

Aurelia frunció el ceño. Sabía bien qué significaba eso de "vigilarte las veinticuatro horas": sin que ella lo supiera, Alejandro tenía hombres apostados a su alrededor. Ya no le importaba; por más que lo prohibiera, ni su padre ni su hermano dejarían de proteger a sus hombres en torno a ella, porque eran muchas las amenazas contra su vida. Así de cruel era el mundo de la mafia.

—Aun así, quiero aprender defensa personal y del negocio —insistió Aurelia, tozuda.

—Está bien, ya te buscaré un buen maestro —cedió Alejandro, sin ganas de seguir discutiendo con ella.

—Mmm... —Aurelia negó con el dedo índice y movió la cabeza de lado a lado.

Alejandro la miró sin entender.

—No te pido que me lo busques tú... Te pido que lo contrates para mí. Ya tengo candidatos —respondió Aurelia, entusiasmada.

Alejandro comprendió.

—¿Quiénes son? —preguntó sin rodeos.

Aurelia le tendió dos carpetas con los datos de las personas que quería reclutar.

—De acuerdo, entendido —dijo Alejandro.

Aurelia sonrió con tanta dulzura que él no pudo evitar enternecerse. Resultaba que su hermana también sabía ser mimosa.

—¿A dónde vas después de aquí? Te llevo —preguntó Alejandro mientras ella recogía los restos del almuerzo.

—Me voy directo a casa, no voy a ningún lado —respondió Aurelia, levantándose para tirar la basura.

—Pues vamos, te llevo —Alejandro ya se había puesto de pie, tomando el saco y las llaves del auto.

—No hace falta, puedo irme sola —rechazó Aurelia.

—Nada de negativas, Aurelia... Espera, aviso a mi asistente —Alejandro insistió en acompañarla.

Aurelia puso los ojos en blanco, fastidiada, pero ya no protestó.

Alejandro llamó a Ben.

—Ben, reagenda todos mis compromisos de la tarde —dijo en cuanto le contestó.

—Sí, señor —respondió Ben con un suspiro. Justo ahora, con todo el trabajo encima, su jefe se iba sin más. Cosas de ser asistente, hay que aguantar lo que sea —se dijo Ben, que nunca terminaba de entender a aquel jefe camaleónico, capaz de cambiar de humor cuando se le antojaba.

Aurelia y Alejandro recorrieron juntos los pasillos de la oficina. Todos los miraban: ella iba tomada del brazo de él, y los empleados cuchicheaban sobre los dos hermanos, porque en aquella empresa nadie sabía quién era Aurelia.

Una mujer de ropa provocativa que aguardaba en el vestíbulo observó su cercanía con rencor.

¿Quién es esa zorrita... que se atreve a coquetear con Alejandro? —pensó la mujer del vestido azul.

Se levantó y fue al encuentro de Aurelia y Alejandro, que se dirigían a la salida.

—Alejandro...

La voz de aquella mujer de vestido provocativo frenó a ambos.

Alejandro la reconoció: era Silvia, la modelo contratada por la empresa para publicitar sus productos. Recordaba que tenía una cita con ella, pero a las cuatro de la tarde. ¿Por qué ya estaba ahí?

Aurelia, por su parte, miró con indiferencia a aquella mujer que la observaba como si quisiera tragársela.

—Alejandro, te estuve esperando un buen rato. ¿A dónde vas? —preguntó Silvia con tono coqueto.

A Alejandro no le gustó que lo llamaran solo por su nombre, y menos alguien con quien apenas tenía trato.

En lugar de responder, contraatacó:

—¿No quedamos en vernos dentro de dos horas? ¿Por qué ya está aquí? —preguntó con la mirada afilada.

—Eh... Te traje esto —respondió Silvia, ofreciéndole una bolsa que parecía contener un pastel.

—Gracias —dijo Alejandro, tomándola. Quería mostrarse correcto con la modelo de su empresa; no le convenía un conflicto por una descortesía—. Disculpe, tengo un asunto importante. Si necesita algo más, contacte a mi asistente —añadió con frialdad. Luego tomó del brazo a Aurelia y la condujo hacia el estacionamiento.

Silvia, plantada ahí sin más, ardía de rabia, sobre todo al ver a Alejandro llevándose a Aurelia del brazo.

Ya en el estacionamiento, Alejandro le abrió la puerta del auto a Aurelia y la ayudó a entrar, cuidándole la cabeza para que no se golpeara. Cerró la puerta y rodeó el coche hacia el asiento del conductor.

—Qué dulce eres, hermanito... ¿Quién será la afortunada que algún día será mi cuñada? —lo molestó Aurelia apenas él se sentó al volante.

Alejandro le pellizcó la nariz, enternecido.

—Ay, eso duele —se quejó Aurelia, frotándose la nariz.

Él soltó una risa y se concentró en conducir.

A mitad de camino, Alejandro orilló el auto: iba a deshacerse del pastel de Silvia. Al verlo, Aurelia se lo arrebató de las manos.

—Qué desperdicio, hermano, ¿cómo lo vas a tirar? Mejor dámelo —dijo, sujetando con fuerza la bolsa.

—Ya te compraré todo el pastel que quieras... Ahora dámelo, lo voy a tirar —Alejandro le quitó la bolsa y la lanzó lejos, a un contenedor de basura.

Aurelia se quedó pasmada viendo cómo el pastel que segundos antes tenía en las manos terminaba destrozado en la basura.

Alejandro arrancó de nuevo, rumbo a la mansión de la familia Cassano.

Sin que ninguno lo notara, detrás de ellos alguien apretaba el volante con fuerza al ver lo que Alejandro había hecho con aquel pastel.

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