Tercer libro de Lilith la bruja del caos.
Durante años, Lilibeth ha caminado sobre una línea tan fina como el suspiro de un alma rota: la frontera entre la luz y la oscuridad. En su interior coexisten dos fuerzas, fragmentos de una única esencia dividida desde la infancia. De ese quiebre nació Lilith —una sombra viva, su otra mitad, custodia del caos que solo una de ellas puede controlar.
A medida que la armonía entre ambas se debilita, el abismo susurra, desatando un poder ancestral capaz de arrasar con todo. ¿Podrá esa alma fracturada volver a ser una sin destruirse en el proceso? Porque a veces, el deseo de unidad puede despertar lo que estaba destinado a permanecer oculto.
NovelToon tiene autorización de Mitchell.P para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capítulo 17
De rodillas y con la cabeza baja, las dos vampiras se postraron ante uno de los demonios de sangre pura, proveniente de un linaje ancestral que les había dado vida con el propósito de servirle eternamente.
—Mi nombre es Aella Thelle. Y ella es mi hermana mayor…
—Bathilda Thelle, del marquesado Thelle, en Grecia —agregó la joven con solemnidad, mostrando la insignia de un pavo real, símbolo del linaje de su familia.
—Thelle… ¿acaso son familiares del marqués Dustin? —preguntó Erick, reconociendo el escudo.
—Sí, somos sus hijas adoptivas —respondió Bathilda con rapidez—. Para nosotras es un honor ser recordadas por un demonio tan puro y poderoso.
—Díganme… ¿quién les ordenó atacar este lugar?
—Lo lamento —susurró Bathilda con temor—, pero no podemos decir nada al respecto.
—¿Fue una orden directa?
—Así es… No se nos permite romper la orden, aunque usted lo solicite.
—Entiendo… —suspiró Erick, decepcionado. Miró al lobo, que guardaba silencio detrás de él, y le habló mentalmente:
“La orden provino de alguien por encima de mí. Un demonio más poderoso.”
“Eso no suena nada bien…” —respondió el lobo, mirando a las mujeres— “Sabes que no puedo ignorarlas.”
“Lo sé… Pero será imposible hacerlas hablar. Si intentan revelar más de lo permitido, su vida se acortará…”
“Lo tengo presente.” —añadió el lobo con molestia— “Los vampiros tienen una maldición que les impide desobedecer a sus superiores, ¿no?”
“Justamente por eso… creo que será más prudente buscar respuestas por otro medio.”
Al cubrirlas con su sombra, Erick notó que algo más residía en las sombras que acompañaban a las vampiras. Sin vacilar, cortó sus cabezas con su espada. De sus pies emergió una masa negra que salió disparada al aire.
—¿Qué fue eso? —exclamó el lobo al ver cómo aquella energía sombría abandonaba los cuerpos.
—Una marioneta de sombra. Se usa para vigilar o manipular sin que la víctima lo note. Es una de las especialidades de ciertos demonios de alto rango.
—No por nada son temidos —gruñó el lobo, observando cómo los cuerpos se desintegraban en cenizas tras el corte.
—El rastro es pequeño… pero rastreable —murmuró Erick, guardando la espada—. Los policías tienen la situación bajo control. Será mejor movernos antes de que la energía se disipe.
—Empiezas a mostrar tu verdadero ser ahora que decidí retirarme… —comentó el lobo mientras descendía de un salto del edificio.
—Tú decidiste dejar de ser cazador… para convertirte en guardián —dijo Erick sin mirar atrás—. El amor vuelve ciego.
—¿Eso te molesta?
—No exactamente —se detuvo frente a los edificios que conducían a la biblioteca—. Es solo que ni siquiera conoces a mi hermana, y aun así decidiste casarte con ella.
Erick lo miró fijamente, esta vez con una seriedad que se alejaba de cualquier burla anterior.
—¿No crees que deberías conocer mejor a la persona con la que piensas pasar tu vida… antes de cometer una estupidez?
El lobo soltó una risa irónica.
—Lo dices como si realmente te preocupara mi decisión.
—No es cuestión de confianza —replicó Erick, sin cambiar el tono—. Pero cuando se trata de Lilibeth, las cosas suelen volverse... peculiares.
Desvió la mirada unos segundos, meditando con cierto pesar.
—Ya te lo habrán mencionado, pero igual te lo diré —prosiguió, ahora con una firmeza que no admitía réplica—. Sus personalidades son distintas. No solo comparten cuerpo: son dos almas separadas. Lo que una valora… la otra puede despreciarlo. Si las tratas igual, lo único que lograrás será ganarte el odio de una de ellas. Tal vez de ambas.
El lobo frunció ligeramente el ceño, pero asintió.
—Lo tendré en cuenta —dijo con firmeza, como si el peso de la advertencia le hubiese calado hondo.
Siguiendo el rastro, este los condujo hasta un pasadizo oculto bajo la facultad de arte. A través de un acceso secreto conocido por muy pocos, los cazadores descendieron a un túnel construido mediante alquimia. Las paredes, reforzadas con símbolos arcanos, vibraban con una energía antigua que parecía respirar junto a ellos.
Allí aguardaba un grupo de muertos vivientes de categoría tres. Cubiertos con armaduras encantadas y empuñando espadas que canalizaban los cuatro elementos principales, sus figuras evocaban guerreros de una era olvidada… ahora corrompidos por el flujo del maná oscuro.
—Qué molestia… —resopló Jonathan, alzando las manos con impaciencia.
Conjuró una tormenta eléctrica que recorrió el túnel con furia contenida. Los rayos se desplegaron como serpientes de luz, incinerando a la mayoría de los enemigos en cuestión de segundos.
—Mi turno —anunció Erick, adelantándose al lobo sin vacilar.
Sus movimientos eran ágiles, precisos, casi coreografiados. Blandió su espada demoníaca con destreza, y en unos cuantos trazos los cadáveres se deshicieron en fragmentos. Curiosamente, los objetos mágicos que portaban permanecieron intactos, brillando bajo la tenue luz alquímica del lugar.
—Eso fue todo —dijo sin perder el aliento, observando los restos sin emoción.
—No eres tan inútil como ese zorro… —comentó Jonathan, con una sonrisa sarcástica que ocultaba cierta amargura. Aún recordaba con desdén aquel incidente en la cueva con el zorro blanco.
—¿Tú crees? —rió Erick, con un tono entre burla y resignación—. La verdad… nunca he visto a ese zorro hacer algo productivo. Ahora que lo pienso… si llegas a casarte con mi hermana, tendrás que soportarlo también.
—Ni me lo recuerdes… —gruñó el lobo, revolviendo los escombros con la punta de su espada.
...***...
Ziel se aproximaba con paso firme, sin apartar la mirada de su ama. Más allá del escudo, la batalla rugía como una tormenta hambrienta.
—Erick y Jonathan acaban de encontrar los pasadizos secretos —informó con voz serena, carente de emoción—. Por cómo se están moviendo, llegarán a la tumba en cualquier momento.
Dentro del refugio, la tensión comenzaba a fermentar como veneno entre los nervios. Una estudiante de clase maga alzó la voz, reflejando la incomodidad que la consumía como fuego bajo la piel.
—¿Por cuánto tiempo tendremos que esperar en este lugar?
Avanzaba con decisión hacia Lilibeth, que permanecía sentada con expresión grave, vigilando los movimientos más allá de la barrera. Pero antes de que pudiera confrontarla, Luciel se interpuso como una muralla viva.
—¡Oye, bruja! ¿Me estás escuchando? ¿Por qué no haces algo? Se supone que eres la Hija del Bosque…
—Mara, ya basta —interrumpió otra estudiante, sujetándola del brazo con firmeza—. Ella nos curó la corrupción del cuerpo, ¿lo olvidaste?
—Es cierto —asintió Luna, pálida pero serena—. Y creó este refugio para protegernos.
Pero Mara se negaba a ceder.
—¿No lo ven? Ella pudo haber planeado todo esto. Durante toda la semana no hubo alteraciones en el flujo de maná… hasta que apareció. Justo hoy crea este refugio y, convenientemente, se libra de cualquier consecuencia legal. ¿De verdad creen que es coincidencia?
Sus palabras se esparcían como espinas entre los presentes, dejando una sombra de duda que trepaba por sus pensamientos. El simple hecho de que fuera bruja la convertía, para muchos, en sospechosa inmediata.
Luciel no aguantaba más.
—¡Ya basta! —exclamó con ira contenida—. Cuida tus palabras, podrían meterte en problemas graves. Y esto va para todos… No conocen a Lilibeth, pero ya quieren convertirla en culpable de algo que ni siquiera comprenden.
Lilibeth se mantuvo en calma, con la mirada fija en el escudo mágico que la separaba del caos. Respiró hondo. Su voz brotó grave y distante, como un eco que no pedía aprobación.
—No me importa lo que crean —susurró, dejando escapar un suspiro—. Pueden decir lo que deseen, inventar razones que los ayuden a dormir tranquilos.
Giró lentamente el rostro hacia Mara, sin perder la serenidad.
—Después de todo, eso no cambiará el hecho de que los ayudé por puro capricho. No por deber. No espero nada de ustedes.
Sus palabras flotaron como bruma entre los estudiantes, Impregnando el ambiente de un silencio espeso y contemplativo. Nadie respondió. Nadie se atrevió a contradecirla. Habían comprendido que enfrentarse a alguien que no buscaba recompensa podía resultar inútil… y peligroso.
Pasaron unos minutos.
La quietud se rompió con la llegada de los policías y profesores heridos. Sus cuerpos estaban marcados por sangre, veneno y heridas abiertas. Lilibeth se levantó de inmediato, aún exhausta, mientras el hambre mágico se despertaba entre los aromas de carne y maná derramado.
Sin vacilar, se acercó a los recién llegados y comenzó a canalizar su maná. La energía fluyó desde sus manos como una corriente de luz que envolvía las heridas, tejía sanación y anulaba el veneno. El profesor Nalin observaba con fascinación.
—Increíble… —murmuró, al ver cómo su maná penetraba el cuerpo de Malen, neutralizando la corrupción y cerrando las heridas abiertas—. Es como si ambos cuerpos compartieran una sola armonía…
Una vez completada la sanación, la bruja se apoyó en Ziel, temblorosa y pálida. Él la sostuvo con cuidado.
—Deberías descansar…
—Estoy bien… —susurró, mientras se dejaba guiar hasta la mesa de piedra.
Desde allí, elevó la voz con calma, como un bálsamo para las mentes inquietas:
—El grupo frente a la biblioteca ha eliminado a los grotescos de la zona.
Sus palabras, firmes y tranquilas, sembraron un poco de paz en el refugio. Por un instante, incluso el caos pareció tener límites.