"Que la luna sea testigo de mi vida y de mi muerte. Que guarde mi nombre en su luz plateada hasta el final de los tiempos."
— Antiguo proverbio de Valdris
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Capítulo 22: El Baile de los Malentendidos
Todo el palacio había estado en vilo desde antes del alba. Los sirvientes corrían de un lado a otro con bandejas humeantes, los músicos afinaban sus instrumentos en el gran salón, y los nobles comenzaban a llegar desde todos los rincones del imperio, engalanados con sus mejores galas.
La ceremonia de mayoría de edad del príncipe Adrián Corvax era, sin duda, el evento más importante del año en Aurelia.
Lyra había sido despertada antes de que el sol asomara por el horizonte. Nana Elle, que había viajado con ellos, la metió en un baño caliente mientras un par de doncellas de Aurelia preparaba su vestimenta. El vestido era una obra de arte: seda blanca como la luna, con bordados de hilos de plata que representaban estrellas fugaces y lunas crecientes. El corpiño, ajustado pero elegante, estaba adornado con pequeñas perlas que brillaban con cada movimiento. Las mangas, largas y acampanadas, caían hasta sus muñecas, y la falda, amplia pero no excesiva, rozaba el suelo con un susurro celestial.
Su cabello blanco fue recogido en un elaborado peinado de trenzas que se entrelazaban como espigas de trigo, adornado con pequeños broches de plata en forma de estrella. Un velo de gasa transparente, también bordado con lunas, caía desde la parte posterior de su cabeza hasta casi tocar el suelo.

Cuando Lyra se miró al espejo, apenas se reconoció. La niña de diez años que la miraba parecía mucho mayor. Sus ojos color miel brillaban con una luz interior, y su piel pálida resplandecía como si la luna misma la hubiera bendecido.
—Estás radiante, princesa —susurró Nana Elle, con lágrimas en los ojos.
Lyra sonrió, aunque su corazón seguía pesado por la pesadilla de la noche anterior. No había hablado de ella con nadie. No podía. Las imágenes de Selene, del hombre traidor, de Nyx, seguían grabadas en su mente como hierro candente.
Pero hoy no era un día para sombras. Hoy era un día para celebrar a su amigo.
La Ceremonia
El gran salón del palacio de Aurelia estaba abarrotado. Nobles de todos los rincones del imperio, embajadores de reinos lejanos, altos dignatarios de la iglesia y caballeros de la orden imperial llenaban cada rincón. Las banderas negras y doradas colgaban de las columnas de mármol, y en el centro, sobre una tarima elevada, el trono del emperador Valerius brillaba con un resplandor casi sagrado.
Lyra estaba colocada entre Isolda y Elara, con Rafael inquieto a sus pies, tratando de escapar de las manos de su nana. El emperador Valerius había insistido en que toda la familia de Valdris ocupara un lugar de honor, justo a la derecha del trono.
—Lyra, ¿cuándo empieza? —preguntó Rafael por quinta vez.
—Pronto —respondió ella, acariciando su cabeza—. Ya verás. Adrián saldrá y será muy importante.
—¿Y luego hay fiesta?
—Sí, luego hay fiesta.
—¿Y hay pastel?
—Mucho pastel.
Rafael sonrió, satisfecho, y se quedó quieto un momento. Solo un momento.
A su lado, Elara observaba todo con sus grandes ojos azul grisáceo, su muñeca de trapo apretada contra el pecho. No decía nada, pero Lyra sabía que lo veía todo.
El emperador Valerius entró en el salón con paso firme, vestido con sus ropas de ceremonia: túnica negra con bordados dorados, capa de armiño, y la corona imperial brillando sobre su cabeza. A su lado, Adrián caminaba con una dignidad que no parecía propia de un muchacho de quince años.
Adrián vestía una túnica negra y dorada, a juego con la de su padre, pero más ajustada, más juvenil. Sobre sus hombros, una capa corta de terciopelo negro con bordados de hilos de plata. Su cabello oscuro caía ordenadamente sobre su frente, y sus ojos grises brillaban con una mezcla de orgullo y aburrimiento mal disimulado.

La ceremonia fue larga y pomposa. Hubo discursos, hubo juramentos, hubo bendiciones de los sacerdotes y aclamaciones de los nobles. Adrián recibió la espada ceremonial que lo acreditaba como adulto ante los ojos del imperio, y el emperador Valerius colocó sobre su frente una corona de laurel de oro, símbolo de su mayoría de edad.
Cuando todo terminó, los aplausos estallaron.
Y entonces, comenzó la fiesta.
El Baile
El gran salón se transformó en una pista de baile. Los músicos comenzaron a tocar melodías alegres, los sirvientes circulaban con bandejas de champán y dulces, y los nobles se mezclaron en un torbellino de colores y risas.
Lyra observaba desde un costado, con una copa de jugo de frutas en la mano, mientras vigilaba a los pequeños que correteaban entre las piernas de los adultos. Rafael había logrado escapar de su nana y ahora perseguía a un perro que alguien había traído a la fiesta. Elara, más tranquila, se había sentado en un rincón con su muñeca, observando el baile con una serenidad que desconcertaba.
—¿No bailas, princesa? —preguntó Cassian, apareciendo a su lado con una copa en la mano.
—No es mi fiesta —respondió Lyra—. Además, no conozco a nadie.
—Podría presentarle a alguien.
—Podrías, pero no quieres.
Cassian sonrió, una sonrisa que casi parecía humana.
—Es cierto. Prefiero mantenerla a la vista.
Lyra iba a responder, pero algo en el ambiente cambió. Un murmullo recorrió la sala, y ella vio cómo varios nobles se acercaban al emperador Valerius, susurrando algo al oído. El emperador asintió, y luego miró a Adrián con una expresión que Lyra no supo interpretar.
—¿Qué pasa? —preguntó Cassian.
—No lo sé. Pero algo está ocurriendo.
De repente, un grupo de nobles se acercó a Adrián, encabezado por el duque Malachai. A su lado, su hija Seraphina brillaba con un vestido rojo carmesí que dejaba poco a la imaginación.
—Príncipe Adrián —dijo el duque, con una voz que pretendía ser amable pero resultaba aceitosa—. Mi hija Seraphina le ha pedido que le conceda el primer baile. Es tradición que el homenajeado baile con la dama más hermosa de la corte.
Adrián lo miró con frialdad.
—¿Y quién decide cuál es la dama más hermosa?
—Los padres, por supuesto —respondió el duque, como si fuera obvio—. Y todos estamos de acuerdo en que Seraphina...
—No —lo interrumpió Adrián.
El silencio se hizo en el entorno. El duque Malachai parpadeó, desconcertado.
—¿Perdón?
—Que no. Yo elijo con quién bailar.
Los ojos grises de Adrián recorrieron la sala, buscando. Pasaron sobre las nobles sonrientes, sobre las hijas de los duques y los condes, sobre las princesas extranjeras que habían viajado desde reinos lejanos para la ocasión.
Y entonces, encontraron a Lyra.
Ella lo vio. Vio cómo sus ojos grises se iluminaban, cómo una sonrisa triunfal se dibujaba en sus labios. Y antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera huir, Adrián estaba cruzando la sala hacia ella, extendiendo una mano.
—Princesa Lyra —dijo, con una voz que resonó en el salón—. ¿Me concede este baile?
Lyra se quedó paralizada. A su alrededor, los nobles murmuraban. Escuchó a alguien decir "¿la princesa de Valdris?" y a otro responder "pero si es una niña". También escuchó a alguien reír, nervioso, incómodo.
—Adrián... —susurró—. ¿Qué haces?
—Elegirte a ti —respondió él, sin inmutarse—. Eres mi mejor amiga. ¿Con quién iba a bailar si no?
—No sé si es apropiado...
—No me importa.
Y antes de que Lyra pudiera seguir protestando, Adrián tomó su mano y la llevó al centro de la pista.
Los músicos, confundidos pero obedientes, comenzaron a tocar una melodía lenta.
Lyra sintió todas las miradas sobre ella. Las de los nobles, las de los sirvientes, las de su propia familia. Vio a Isolda con los ojos muy abiertos, a Rafael que había dejado de perseguir al perro para mirarla boquiabierto, a Elara que sonreía como si fuera una adulta entendiendo algo.
Y vio a su padre.
El rey Alaric Valdris, que había estado conversando con el emperador Valerius, se giró justo a tiempo para ver a su hija de diez años siendo llevada al centro de la pista por el príncipe heredero de Aurelia. Su rostro pasó de la sorpresa al horror en cuestión de segundos.
—¿Qué...? —balbuceó—. ¿Qué está pasando?
El emperador Valerius, a su lado, también parecía sorprendido, pero mucho más divertido.
—Parece que tu hija ha robado el corazón de mi hijo, Alaric.
—¡Es una niña! —protestó el rey—. ¡Tiene diez años!
—Y mi hijo quince. Ya sé. Pero no es un compromiso, solo un baile.
—¡El primer baile! —Alaric señaló la pista con un dedo tembloroso—. ¡Sabes lo que significa el primer baile!
Valerius levantó una ceja.
—¿Ah, sí? ¿Y qué significa?
—Que se están conociendo para un compromiso, o que ya están prometidos. Es tradición en Valdris. Y también en Aurelia, según tengo entendido.
—Ah —dijo Valerius, como si recién lo recordara—. Cierto. ¿Y no se lo dijiste a tus hijos?
—¡No pensé que lo necesitaran! ¡Son niños! ¡Lyra tiene diez años!
—Bueno, ya ven que los niños crecen rápido.
Alaric emitió un sonido que era mitad gemido, mitad gruñido. Isolda, a su lado, intentaba consolarlo sin reírse, aunque sin mucho éxito.
—Cariño, solo es un baile...
—¡No es solo un baile! ¡Es el primer baile!
—Ya, pero ellos no lo saben. Mira sus caras.
Alaric miró a la pista y vio lo que Isolda veía: Lyra y Adrián bailaban con una torpeza adorable, ninguno de los dos conscientes del escándalo que estaban causando. Adrián la sostenía con respeto, sus manos en su cintura y sus hombros, y Lyra lo seguía con una coordinación impropia de su edad, pero sin ninguna intención romántica.
Eran dos amigos bailando. Nada más.
—Tranquilo —dijo Valerius, dándole una palmada en la espalda—. Si quieres, mañana les explicamos el significado. Pero déjalos disfrutar. Mira qué felices están.
Alaric miró a su hija. Y vio que sonreía. Una sonrisa auténtica, de esas que apenas se le veían últimamente.
Suspiró, derrotado.
—Está bien. Pero hablaremos mañana.
—Por supuesto —respondió Valerius, con una sonrisa—. Mañana.
El Baile
Lyra no entendía por qué todos los miraban. Tampoco entendía por qué su padre parecía a punto de desmayarse. Solo sabía que Adrián la estaba haciendo girar al ritmo de la música, y que era divertido.
—¿Sabes qué significa esto, verdad? —preguntó Adrián en voz baja, mientras daban una vuelta.
—¿Qué significa qué?
—El primer baile. Conmigo.
Lyra lo miró con curiosidad.
—¿Tiene algún significado especial?
Adrián dudó un instante.
—En Aurelia, y también en Valdris, el primer baile del homenajeado es con la persona que... bueno, que se considera como potencial prometida.
Lyra se detuvo en seco.
—¿Qué?
—Potencial prometida —repitió Adrián, con una sonrisa pícara—. O sea, que ahora todos creen que vamos a casarnos.
—¡¿Qué?!
Lyra miró a su padre, que estaba siendo sujetado por Isolda para que no interviniera. Miró a los nobles, que susurraban detrás de sus abanicos. Miró a Seraphina, que la fulminaba con la mirada desde el borde de la pista.
—Adrián, ¿estás loco?
—Probablemente —admitió él—. Pero no me arrepiento.
—¡Yo no quiero casarme!
—Yo tampoco. Por eso bailé contigo. Porque sabía que no le darías importancia. Porque sabía que solo sería un baile entre amigos.
Lyra lo miró largamente. En sus ojos grises, no vio malicia. Vio a un amigo que quería protegerse de las pretensiones de los nobles, que quería pasar un momento divertido sin presiones.
—Eres un idiota —dijo.
—Lo sé.
—Pero... está bien. Terminemos el baile.
Adrián sonrió, agradecido, y la tomó de nuevo.
Terminaron el baile entre risas, girando cada vez más rápido, hasta que Lyra se mareó y tuvo que agarrarse a él para no caerse.
Cuando la música cesó, los aplausos estallaron. Pero Lyra no estaba segura de si aplaudían la belleza del baile o el escándalo.
Alaric, desde su lugar, se dejó caer en una silla.
—Necesito vino —dijo.
Isolda le sirvió una copa.
—Tómalo con calma. Solo faltan unos años para que realmente tengas que preocuparte.
—¿Unos años? ¡Ella tiene diez!
—Ya, pero crecen rápido. Mira a Eryndor.
Alaric miró a su hijo mayor, que estaba bailando con una joven noble, y sintió que la presión le subía.
—No sé qué es peor —murmuró—. Que se vayan a la guerra o que se casen.
—Las dos cosas —respondió Isolda con una sonrisa—. Las dos cosas.
Después del Baile
Lyra se retiró a un rincón a recuperar el aliento, con el rostro encendido y el corazón latiendo con fuerza. Adrián la siguió, todavía con esa sonrisa pícara en los labios.
—¿Crees que tu padre nos va a matar? —preguntó.
—A ti, seguro. A mí, me perdonará. Soy su princesita.
—Qué suerte.
—Lo sé.
Se quedaron en silencio un momento, observando el baile. Los nobles seguían girando, las músicas seguían sonando, y el escándalo que habían causado comenzaba a diluirse en el bullicio general.
—Adrián —dijo Lyra, de repente seria.
—¿Sí?
—No sabía lo del primer baile. En serio.
—Yo tampoco. Me lo acaba de decir Cassian, justo antes de salir a bailar.
—¿Y aun así lo hiciste?
Adrián la miró fijamente.
—Aun así. Porque no quería que Seraphina o cualquier otra creyera que tenía alguna posibilidad. Porque no quiero casarme por interés. Porque... porque si alguna vez me caso, quiero que sea con alguien a quien elija. No con quien me impongan.
Lyra lo miró largamente.
—Eres más sabio de lo que pareces.
—Y tú más ingenua de lo que aparentas.
—No soy ingenua.
—Lo sé. Por eso confío en ti.
Se quedaron en silencio, mirando el baile.
Al rato, Lyra habló.
—¿Vamos a tener que explicarles a todos que fue un malentendido?
—Supongo que sí.
—¿Mañana?
—Mañana.
—Bien. Porque ahora quiero pastel.
Adrián rió.
—Vamos. Hay una mesa entera solo para nosotros.
Y así, mientras los nobles seguían especulando sobre el posible compromiso entre Valdris y Aurelia, los dos jóvenes se sentaron a comer pastel y a reírse de todo el malentendido.
Eryndor, que se había acercado a ellos después de bailar con media docena de jóvenes nobles, los miró con una mezcla de diversión y resignación.
—¿Saben que papá casi se desmaya? —dijo, sentándose a su lado.
—Lo vi —respondió Lyra—. ¿Está bien?
—Ya se le pasó. Isolda le dio vino.
—Menos mal.
Eryndor miró a Adrián.
—¿En serio no sabías lo del primer baile?
—En serio —respondió Adrián—. Pero si lo hubiera sabido, probablemente lo habría hecho igual.
—Eres un peligro.
—Lo sé. Pero soy un peligro divertido.
Los tres rieron, y la noche continuó.
Afuera, la luna brillaba alta en el cielo.
Y Lyra, a pesar de todo, sonrió.
Mañana habría explicaciones. Mañana habría discusiones. Mañana habría que aclarar malentendidos.
Pero esta noche, solo había pastel, risas y amigos.
Y eso era suficiente.