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Aunque Me Odies, Te Amo

Aunque Me Odies, Te Amo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor de la infancia / Amor-odio
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Sherin VR

Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.

NovelToon tiene autorización de Sherin VR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5 – Después del silencio

La casa ya no sonaba igual.

No era que estuviera completamente en silencio… era peor.

Había ruido.

El tic-tac del reloj.

La madera crujiendo por las noches.

El viento moviendo las ventanas mal cerradas.

Pero no estaba la risa de su madre.

Emma se despertó mirando el techo, como lo hacía desde hacía dos semanas. A veces, durante los primeros segundos del día, olvidaba lo que había pasado.

Y luego lo recordaba.

Como si alguien le dejara caer una piedra en el pecho.

Giró la cabeza hacia el lado donde antes estaba la cama improvisada que había usado para dormir junto a su madre durante la enfermedad. Ya no estaba. Su padre la había guardado.

—Es mejor así —había dicho.

Pero no era mejor.

Nada era mejor.

El pueblo seguía con su rutina. La panadería abría. Los niños iban a la escuela. El sol salía.

Eso era lo que más le dolía a Emma.

¿Cómo podía el mundo seguir funcionando si el suyo se había detenido?

No lloraba tanto como los primeros días. Ahora el dolor era más silencioso. Más pesado. Como si viviera debajo de su piel.

Se levantó y caminó hacia la cocina.

Su padre estaba sentado en la mesa con los ojos rojos y una taza de café frío frente a él.

No estaba llorando.

Pero tampoco estaba presente.

—Buenos días —murmuró Emma.

Él tardó en reaccionar.

—Ah… sí. Buenos días.

La miró como si no supiera muy bien qué decirle.

Antes, su madre llenaba los silencios. Ahora, los silencios lo llenaban todo.

Gael llegó poco después.

Tocó la puerta con esa mezcla de timidez y urgencia que había aprendido en esas semanas.

Emma abrió.

Y por primera vez desde el funeral… se le humedecieron los ojos.

Porque Gael seguía viniendo.

No había desaparecido.

No había dejado de tocar la puerta.

—Te traje algo —dijo él, levantando una bolsa de papel.

Eran galletas. Las favoritas de la madre de Emma.

Emma tragó saliva.

—Gracias.

Se sentaron en el patio, bajo el árbol.

Pero Emma no subió a las ramas.

Ya no.

—No tienes que hablar si no quieres —dijo Gael en voz baja.

Ella miró el tronco. Pasó los dedos por la corteza.

—Siento que si hablo… va a ser real otra vez.

Gael no entendió del todo la frase, pero entendió el sentimiento.

Se acercó un poco más.

—Es real… pero eso no significa que estés sola.

Emma cerró los ojos.

Esa frase la sostuvo.

Un poco.

Las semanas comenzaron a volverse más difíciles.

El padre de Emma dejó de ir a trabajar algunos días. Luego dejó de ir varios.

La casa empezó a desordenarse.

Las cuentas se acumulaban en la mesa.

Y una noche, Emma escuchó algo nuevo.

El sonido de fichas.

El sonido de cartas.

Su padre estaba jugando otra vez.

Al principio fue en casa de un vecino. Luego en un local del centro.

—Solo es para distraerme —dijo cuando Emma lo miró preocupada.

Pero no era distracción.

Era escape.

Y los escapes siempre cobran precio.

Gael notaba el cambio.

Ya no encontraba al padre de Emma sentado en el sillón leyendo el periódico. Ahora lo encontraba ausente… o irritado.

Una tarde, cuando fue a buscar a Emma para caminar, escuchó la discusión.

—¡No podemos seguir así! —gritó el padre.

—¿Así cómo? —respondió Emma, con la voz quebrada.

—No tengo cabeza para esto. No puedo con todo.

Emma sintió miedo.

No por los gritos.

Sino por la forma en que su padre evitaba mirarla.

Como si ella fuera un recordatorio constante de lo que había perdido.

Esa noche, Emma volvió al árbol.

Se sentó en el suelo.

Miró hacia arriba.

Las ramas estaban quietas.

—Prometí ser fuerte —susurró—. Pero cada día es más difícil.

El viento sopló suavemente.

Gael apareció unos minutos después. Se sentó a su lado sin preguntar.

—Mi papá dice que el dolor no se va —dijo él—. Solo cambia de forma.

Emma frunció el ceño.

—No quiero que cambie. Quiero que desaparezca.

Gael bajó la mirada.

—Yo tampoco quiero que desaparezca… porque entonces sería como si ella nunca hubiera estado.

Emma lo miró.

Y por primera vez desde la muerte de su madre… sonrió un poco.

Pequeño. Casi invisible.

Pero real.

Sin embargo, mientras Emma luchaba por mantenerse de pie, el suelo bajo su casa comenzaba a romperse.

El padre perdió dinero.

Mucho más del que podía permitirse.

Pidió prestado.

Volvió a jugar para “recuperar”.

Perdió otra vez.

Emma no entendía las cifras, pero entendía el ambiente.

La tensión.

Las visitas incómodas.

Los susurros cuando ella entraba a una habitación.

Y un día escuchó algo que la dejó helada.

—Tenemos que irnos.

Se quedó quieta detrás de la puerta.

—Aquí no hay nada para nosotros ya —decía su padre.

Nada.

¿Nada?

Allí estaba el árbol.

Estaba la tumba de su madre.

Estaba Gael.

¿Cómo podía decir que no había nada?

Esa tarde, Emma no fue a buscar a Gael.

Se quedó en su habitación, mirando la carta que había empezado a escribir días atrás.

No sabía por qué la escribía.

Tal vez por miedo.

Tal vez porque algo dentro de ella sentía que las cosas estaban a punto de cambiar otra vez.

“Gael, pase lo que pase, quiero que sepas que nunca me iría sin despedirme…”

Se detuvo.

Las lágrimas cayeron sobre el papel.

Esa noche, el padre llegó tarde.

Se sentó frente a ella.

—Emma… vamos a irnos del pueblo.

El mundo volvió a romperse.

—¿Qué?

—Es lo mejor.

—¿Y Gael?

Él evitó su mirada.

—No podemos pensar en eso ahora.

Emma sintió que el aire desaparecía.

No solo había perdido a su madre.

Ahora iba a perder su hogar.

Su árbol.

Y a la única persona que la había sostenido en medio del dolor.

Subió corriendo al patio.

Se abrazó al tronco.

—No quiero más despedidas —susurró.

El cielo estaba oscuro.

Y por primera vez desde la muerte de su madre… Emma lloró como si el corazón se le estuviera partiendo en dos.

Dentro de la casa, su padre miraba las deudas acumuladas sobre la mesa.

Y en la mansión, Gael miraba por la ventana sin saber que el destino ya estaba escribiendo otra separación.

El árbol quedó en silencio.

Como si supiera.

Como si siempre hubiera sabido…

Que las raíces pueden crecer profundas.

Pero incluso las raíces más fuertes… pueden ser arrancadas.

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Milagros Guadalupe Selvan
muy buen libro espero con ansias lo demás
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