Bruno, un joven omega y estudiante apasionado por la historia china, siempre creyó que el pasado debía permanecer intacto… hasta que el pasado lo eligió a él.
Durante una excursión, descubre que el antiguo collar que ha llevado toda su vida perteneció al emperador Cheng, una joya entregada a su prometido como símbolo de un amor eterno. Un amor que, sin embargo, fue rechazado por orgullo, odio y la sombra de otro hombre.
Pero el destino le concede a Bruno una oportunidad que jamás imaginó.
Transportado a la era imperial, Bruno no solo conocerá al emperador que siempre admiró… sino que también tendrá la oportunidad de cambiar su historia, sanar sus heridas y reclamar el lugar que siempre le ha pertenecido.
Aunque el pasado guarda secretos, errores y decisiones que aún pueden destruirlo todo.
Esta vez, Bruno no huirá.
Esta vez, luchará por su emperador.
—¡Emperador, cásate conmigo!
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DENTRO DEL PALACIO CEREZOS.
Los carruajes comenzaron a salir en dirección al Palacio Cerezos, el palacio de la princesa Lee.
Las ruedas de madera resonaban sobre el camino de piedra mientras los estandartes de cada familia noble ondeaban suavemente con el viento de la tarde.
Dentro de los carruajes, los jóvenes nobles repasaban mentalmente sus modales, sus sonrisas y hasta las palabras que dirían si tenían la oportunidad de llamar la atención de la realeza.
Para muchos, aquella fiesta de té no era solo una reunión social.
Era una oportunidad.
Mientras tanto, en el Palacio Cerezos, la princesa estaba dando los últimos retoques a su palacio para recibir a sus invitados.
Los jardines habían sido adornados con linternas rojas y doradas.
Las mesas estaban cubiertas con manteles de seda.
Y los cerezos que daban nombre al palacio dejaban caer pétalos rosados que parecían nieve bajo el sol.
Su madre, el emperatriz Gao, había dejado como tradición desde su ascenso como emperatriz que cada año, al celebrarse el festival de las linternas, los nobles participarían en una “pequeña comida”.
Una reunión aparentemente sencilla.
Pero en realidad…
Era una forma de mantenerlos vigilados.
Y, al mismo tiempo, bajo la influencia de la familia imperial.
Sin embargo, desde hacía un año el emperatriz no había salido de su lecho debido a la enfermedad que la atacaba.
Lee suspiró suavemente.
Sacudió levemente su cabeza, alejando aquellos pensamientos negativos.
—Espero que nada malo suceda hoy… —dijo para sí misma mientras dejaba que su sirvienta terminara de arreglar su cabello.
El peinado era digno de una princesa.
Sencillo… pero elegante.
Cuando estuvo lista, salió al patio principal.
Los invitados comenzaron a llegar uno a uno.
Solo un número determinado de familias eran llamadas para la fiesta de té.
Las más influyentes.
Las más poderosas.
Las más útiles.
—Saludos a su alteza, la primera princesa del imperio —dijeron los invitados al verla llegar.
Ella respondió con una sonrisa digna.
Sus ropas dejaban claro su estatus.
Una túnica de seda blanca con bordados dorados de grullas y nubes celestiales.
Con la mirada comenzó a buscar entre los invitados.
Buscaba a una persona en particular.
La familia del primer ministro.
Y, entre ellos…
A Luo Lang.
Los jóvenes presentes llevaban trajes y vestidos ostentosos para su gusto.
Colores exagerados.
Joyas demasiado brillantes.
La princesa suspiró internamente.
Esperaba que Luo llevara un traje hecho con las telas dadas por el emperador.
Sin embargo…
Lo primero que vio fue a Wei.
La joven llevaba un vestido hecho con la tela de bordados nube, un bordado tan suave que hacía parecer copos de nieve flotando sobre el vestido.
Lee alzó ligeramente las cejas.
Pero cuando su mirada se movió hacia otro lado…
Se encontró con Luo.
Y por un momento…
La princesa dejó de respirar.
Para la ropa que llevaba, Luo parecía un verdadero consorte imperial.
Su cintura se ceñía delicadamente con el vestido, y las líneas bajas de la tela parecían hacerlo flotar como una deidad descendida del cielo.
Su apariencia no era exagerada.
Era natural.
Elegante.
Y peligrosamente hermosa.
Luo notó que la princesa no dejaba de mirarlo, así que caminó hacia ella.
Se inclinó levemente.
—Saludos, princesa.
Lee frunció el ceño… pero luego sonrió.
—Nada de princesa. Pronto seremos familia, puedes llamarme hermana.
Los murmullos comenzaron inmediatamente.
Ese breve momento hizo que todos los omegas y jóvenes mujeres presentes comprendieran algo.
Luo Lang se había ganado el aprecio de la princesa.
Lee guio a Luo hasta la mesa donde ella estaría sentada.
Mientras caminaban, las miradas los seguían.
—Parece que la princesa se lleva bien con él —dijo un omega dentro del grupo de jóvenes.
—Yo también quiero ser amiga de la princesa —dijo una chica con ojos brillantes.
—Ojalá mi hijo tuviera los atributos del joven Luo. No me avergonzaría salir a la calle —dijo una mujer del lado de los adultos.
—Es una lástima que ya esté comprometido con el príncipe heredero —comentó un hombre de rostro serio.
—Sí… es una pena. Mi hijo acaba de volver victorioso de una misión y quería pedirlo en matrimonio. Se le rompió el corazón cuando le dije que ya estaba comprometido con el príncipe —dijo un hombre un poco más mayor.
Los murmullos de la gente no paraban en ningún momento.
Todos estaban atentos a sus movimientos.
Vigilándolo.
Observándolo.
Evaluándolo.
Como si fuera una joya recién descubierta.
En ese momento, una voz interrumpió la escena.
—Veo que la princesa está muy feliz estando junto a mi hermano.
Era Wei.
Se acercó con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Lee la miró con calma.
—¿Disculpa? ¿Me estás diciendo que soy una lamebotas?
Wei abrió los ojos con sorpresa.
—¡No quise decir eso, princesa! ¡No ha sido esa mi intención!
—Parece que eso dijiste —respondió Lee con falsa ofensa.
Wei comenzó a agitar las manos nerviosamente.
—Hermano, lo juro, no fue esa mi intención.
Luo suspiró.
—Ya cálmate, la princesa solo está bromeando.
Lee inclinó la cabeza, observando a Wei con curiosidad.
—¿Por una pequeña broma casi te pones a llorar? ¿De verdad eres su hermana?
—Princesa… —dijo Luo con rapidez, deteniéndola.
Luego miró a Wei.
—Wei, ¿por qué no vas a probar los dulces? Escuché de los sirvientes que hay pastelillos de tus favoritos.
Los ojos de Wei brillaron.
Asintió.
Pero antes de irse, refunfuñó algo hacia la princesa.
Cuando Luo se aseguró de que ella estaba lo suficientemente lejos, habló en voz baja.
—Princesa… aunque Wei y yo no nos llevemos bien, no podría decir delante de todos que ella es adoptada.
Lee lo miró sorprendida.
—Ha crecido en la mansión como una Lang. Y aunque mis padres y mi tía suelen regañarla a menudo… muy en el fondo la quieren.
Luego inclinó ligeramente la cabeza.
—Le pido que no mencione nuevamente lo de si es o no mi hermana.
Lee lo observó unos segundos en silencio.
—Eres demasiado bueno… a pesar de todo lo que ella hace a tus espaldas.
Luo sonrió suavemente.
Pero dentro de su mente pensó:
“Lo sé mejor que nadie.”
En ese momento, un eunuco golpeó una pequeña campana de bronce.
El sonido claro se extendió por el jardín.
La comida había comenzado.
Los sirvientes comenzaron a colocar platos en cada mesa.
Dulces.
Té aromático.
Frutas exóticas.
Y delicados bocadillos preparados especialmente para la nobleza.
Pero, entre las risas elegantes y las conversaciones suaves…
Algo más comenzaba a moverse bajo la superficie.
Algo que haría que aquella tranquila fiesta de té…
Pronto dejara de ser tranquila.