Tras ser brutalmente traicionada por su compañera y su objetivo en una misión de alto riesgo, la letal agente Jannet Cayswell muere en un accidente orquestado. Despierta en el cuerpo de Zafiro Lawrence, la heredera de una Casa Noble en un imperio de corte de época antigua, con toques mágicos. Atrapada en una vida de etiqueta y política palaciega, Zafiro debe fingir la amnesia para sobrevivir mientras domina sus nuevas habilidades y el funcionamiento de este mundo.
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Capítulo 18
El Rey estaba pálido, casi transparente. Zafiro se acercó a la cama y notó algo extraño: unas finas líneas negras subían por el cuello del monarca, ocultas bajo el cuello de su camisón.
—No es una enfermedad, Ethan —susurró Zafiro, señalando las líneas—. Es un maleficio de sangre. Alguien está drenando su vida lentamente.
Ethan apretó los puños, sus nudillos volviéndose blancos.
—Lo sospechaba. Pero mis médicos no encontraban nada. Los Arryn enviaron a sus mejores sanadores y dijeron que era agotamiento.
Zafiro se giró hacia él, sus ojos brillando con determinación.
—Necesitamos a alguien que conozca las artes oscuras, pero que sea leal. Alguien como Elías de la casa Tarth. Pero antes... —Zafiro se acercó a Ethan, poniendo sus manos sobre su pecho—. Necesitamos estar seguros de que podemos confiar el uno en el otro sin reservas. No solo como aliados políticos, Ethan.
Él la rodeó con sus brazos, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello.
—No confío en nadie más que en ti, Zafiro. Me has dado una razón para no convertirme en el monstruo que todos esperan que sea.
La tensión del palacio, el peligro de la traición y la presencia de la muerte en la habitación contigua parecieron empujarlos hacia una necesidad desesperada de reafirmar la vida. Ethan la condujo hacia un pequeño salón privado adyacente a la cámara real, una biblioteca oculta tras una estantería de roble.
Allí, entre el olor a papel viejo y el polvo dorado que flotaba en el aire, Ethan la besó. Fue un beso que comenzó con suavidad pero que rápidamente se tornó salvaje. Las manos de Ethan viajaron por la espalda de Zafiro, deshaciendo los cierres de su corpiño de cuero con una destreza impaciente.
—Zafiro... —murmuró él, su voz rota por el deseo—. A veces siento que eres un sueño del que voy a despertar en mi celda de soledad.
—Soy real, Ethan. Tan real como el fuego —respondió ella, ayudándolo a quitarse la túnica.
La piel de Ethan era cálida y firme. Zafiro recorrió con sus dedos las cicatrices de sus hombros, marcas de batallas pasadas, y las besó una a una. Él soltó un gruñido bajo, tomándola por los muslos y sentándola sobre una mesa de caoba cubierta de mapas. Las piernas de Zafiro se envolvieron alrededor de su cintura, atrayéndolo hacia el centro de su calor.
Ethan enterró su rostro entre sus pechos, sus labios dejando marcas ardientes sobre su piel de porcelana. Zafiro echó la cabeza hacia atrás, sus dedos enterrándose en el cabello oscuro del Príncipe. Cada caricia, cada roce de sus cuerpos, se sentía como una transgresión deliciosa contra el destino que una vez los separó.
—Dime que eres mía —exigió Ethan, su mirada ardiendo con una posesividad que habría aterrado a cualquier otra mujer, pero que a ella la hacía sentir poderosa.
—Soy tuya, Ethan. Y tú eres el hombre que elegí para gobernar a mi lado —dijo ella, bajando sus manos hacia la hebilla del cinturón de él.
El encuentro fue una danza de sombras y suspiros. No hubo palabras innecesarias, solo el sonido de sus respiraciones agitadas y el roce de la seda contra la piel. Ethan fue cuidadoso pero firme, explorando cada rincón de su cuerpo con una devoción casi religiosa. Zafiro se sintió florecer bajo su tacto, descubriendo sensaciones que Jannet nunca había permitido que nadie despertara. En ese momento, no era la Archiduquesa ni la mujer renacida; era simplemente una mujer entregada al hombre que amaba.
Cuando finalmente alcanzaron el clímax, abrazados el uno al otro en medio de la penumbra de la biblioteca, Zafiro sintió que un lazo inquebrantable se había formado entre ellos. Ya no era solo un compromiso; era una unión de almas forjada en el fuego de la pasión y la necesidad.
...
Horas más tarde, mientras se arreglaban las ropas, Ethan recuperó su máscara de frialdad real, aunque sus ojos seguían brillando cuando miraba a Zafiro.
—Mañana iré a las tierras de los Mormont —dijo Ethan mientras se ajustaba la espada—. Hay rumores de que están reuniendo barcos. Si los Greyjoy se unen a ellos, tendremos una invasión por el oeste.
—Yo me quedaré aquí —dijo Zafiro, terminando de trenzar su cabello—. Voy a interrogar a Carlos Crane una vez más. Esta vez, no usaré palabras dulces. Usaré el veneno de la casa Bolton que encontré en su habitación. Si alguien sabe quién está detrás del maleficio del Rey, es él.
Ethan la tomó de la barbilla y la besó castamente en la frente.
—Ten cuidado. No dejes que su podredumbre te toque.
Cuando Zafiro salió de la habitación del Rey, se encontró con Marcus esperando en el pasillo. El capitán parecía nervioso.
—Lady Zafiro, ha llegado un mensaje para usted. No tiene sello, solo una pluma de cuervo negro.
Zafiro tomó el pergamino. Al abrirlo, su corazón se detuvo por un segundo. Solo había una frase escrita con una caligrafía que conocía demasiado bien de su vida anterior:
*"El segundo año está por terminar, pequeña flor. Esta vez, el puñal no vendrá por la espalda, sino desde el trono mismo."*
Zafiro apretó el papel hasta convertirlo en una bola. La sombra del dragón no solo estaba en el palacio; conocía su secreto. Sabía que ella no era la Zafiro original. O al menos, sabía que ella estaba jugando con las reglas de un tiempo que no debería conocer.
—Marcus —dijo ella, su voz fría como el hielo de los Stark—. Prepara a cinco hombres. No iremos a las mazmorras. Iremos a la torre de los archivos. Hay alguien en este palacio que sabe demasiado, y voy a cortarle la lengua antes de que pueda hablar.
El juego de tronos y venganza había subido de nivel. Zafiro Lawrence ya no solo luchaba por su vida o su familia; luchaba contra el destino mismo, que parecía negarse a dejarla cambiar el final de la historia. Pero con Ethan a su lado y el fuego de la traición quemando en su pecho, Zafiro estaba dispuesta a escribir su propio epílogo, aunque tuviera que hacerlo con la sangre de sus enemigos.
Mientras caminaba por los pasillos de piedra, Zafiro sonrió para sí misma. La verdadera guerra acababa de comenzar, y ella tenía la intención de ser la única que quedara en pie cuando las cenizas terminaran de caer.