Me obligaron a casarme con el duque más frío del Imperio.
Lo juré odiar… hasta que empezó a protegerme.
Un omega orgulloso, un alfa distante y un matrimonio que podría convertirse en amor.
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Capítulo 23 Lo que se queda cuando no hay ruido
La lluvia llegó sin avisar, fina y persistente, como si el cielo hubiera decidido borrar las huellas de los días recientes. En Ravenshire, la lluvia no limpiaba el conflicto; lo hacía más visible. Las calles se volvieron espejos oscuros donde la ciudad se miraba cansada, con el paso de quienes no podían permitirse el lujo de detenerse.
Caelan caminó por el muelle con el abrigo empapado. Había pasado la mañana recorriendo depósitos, escuchando a capataces que no pedían promesas, sino certezas pequeñas: qué ruta abría hoy, qué farol se reparaba primero, qué guardia estaba de turno en la esquina más oscura. Esas preguntas sostenían más que cualquier discurso.
Blaise lo alcanzó cerca del almacén del este. No traía escolta. No por descuido: por elección.
—Los auditores no volvieron —dijo—. Eso significa que están escribiendo.
—Que escriban —respondió Caelan—. El papel no carga sacos.
Caminaron bajo la lluvia sin prisa. No había necesidad de llenar el silencio. El ruido del agua sobre la madera del muelle era suficiente.
Un niño resbaló en una tabla húmeda. Caelan lo sostuvo del hombro antes de que cayera al agua. El niño murmuró un agradecimiento y salió corriendo. Blaise observó el gesto sin comentario.
—No te das cuenta de lo que haces —dijo al rato.
—¿Qué hago?
—Te quedas cuando nadie te pidió que te quedaras.
Caelan frunció el ceño.
—No me gusta que me asignen virtudes. No son armaduras.
—No te asigno virtudes —respondió Blaise—. Señalo hechos.
El viento levantó gotas frías que golpearon la cara de Caelan. Cerró los ojos un segundo. Había cansancio en ese gesto.
—No estoy aquí para ser bueno —dijo—. Estoy aquí para no huir.
—A veces es lo mismo —respondió Blaise.
Se detuvieron bajo el alero de una taberna cerrada. El agua caía en hilos continuos. Caelan tembló, apenas.
—Toma —dijo Blaise, quitándose el guante y ofreciéndole la cantimplora—. No es calor. Es algo.
Caelan aceptó sin discusión. Bebió un sorbo y devolvió la cantimplora.
—No me acostumbro a esto —dijo—. A que alguien note cuándo tengo frío.
—No te acostumbres —respondió Blaise—. Solo… permítelo.
No era una súplica. Era una invitación mínima.
Más tarde, en los aposentos, Caelan revisó su espada. La hoja estaba limpia, pero el recuerdo del filo seguía ahí. Blaise se quedó en la puerta, como si no quisiera invadir un espacio que aún no le pertenecía.
—¿Siempre te mueves como si el mundo fuera a atacarte? —preguntó.
—Siempre se mueve como si yo fuera a caer —respondió Caelan—. Aprendí a no regalarle la postura.
Blaise avanzó un paso. No más.
—Anoche soñé con la niebla —dijo—. Con el primer corte.
Caelan alzó la mirada.
—No es un sueño que quiera repetir.
—No —admitió Blaise—. Pero tampoco quiero fingir que no me importó.
Caelan cerró la mano alrededor de la empuñadura.
—No me mires como si fuera un recordatorio de tu fragilidad.
—Te miro como un recordatorio de la mía —respondió Blaise.
La frase los dejó quietos. No había ironía. Había una honestidad que no buscaba respuesta.
Esa noche, la lluvia amainó. El muelle quedó en silencio, con charcos que reflejaban faroles. Caelan se apoyó en la baranda de la muralla. Blaise se quedó a su lado, sin tocarlo.
—No te voy a pedir que te quedes cuando esto termine —dijo Caelan—. No quiero promesas que dependan del peligro.
—No te voy a prometer quedarme —respondió Blaise—. Te prometo no irme sin decirlo.
Caelan asintió. No era romanticismo. Era respeto por la verdad.
El silencio se hizo más liviano. No porque el mundo fuera más seguro, sino porque ya no era necesario fingir que cada uno estaba solo en su guardia.