El Amor Congelado es de un romance oscuro y fantasía que narra la historia de Arieth, una mujer que descubre la traición de su esposo justo antes de que él caiga víctima de un hechizo lanzado por una mujer malvada. Cuando los médicos no pueden salvarlo, Arieth viaja a tierras lejanas en busca de una poderosa bruja que pueda romper el encantamiento.
La obra combina amor, magia, traición y sacrificio, mostrando cómo el verdadero amor puede enfrentar incluso la oscuridad más profunda.
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Donde comienza lo inevitable
La cena no fue en un restaurante lujoso, aunque Adrián podría haber elegido cualquiera de los más exclusivos de la ciudad. En lugar de eso, la llevó a un pequeño bistró escondido entre calles antiguas, un lugar donde las mesas estaban lo suficientemente separadas como para permitir conversaciones reales.
Arithsa lo notó de inmediato.
—No parece tu estilo —comentó mientras observaba el lugar.
—Tal vez no quiero que tengas una versión ensayada de mí —respondió él con honestidad.
La frase no era un intento de seducción. Era una confesión.
Durante la cena hablaron sin interrupciones. Adrián contó cómo había comenzado su empresa con apenas dos socios y un préstamo que casi lo arruina. Le habló del miedo constante a fallar, del peso de tener empleados que dependían de sus decisiones.
Arithsa escuchaba con atención genuina.
—Todos te ven como alguien que siempre gana —dijo ella.
—Porque nadie ve las noches en las que pienso que todo puede derrumbarse.
Hubo una pausa suave.
—¿Y si se derrumba? —preguntó ella.
—No sé quién estaría ahí.
La mirada que compartieron fue distinta a las anteriores. Más profunda. Más peligrosa.
Arithsa no estaba acostumbrada a que alguien admitiera fragilidad frente a ella. Y Adrián no estaba acostumbrado a mostrarla.
Después de la cena caminaron sin rumbo fijo. La ciudad estaba tranquila, apenas iluminada por luces cálidas.
—No quiero que esto sea algo pasajero —dijo Adrián finalmente, deteniéndose frente a ella.
Arithsa sintió el peso de la decisión acercarse.
Durante años había evitado compromisos reales. Las relaciones superficiales eran fáciles. No exigían revelar demasiado.
Pero Adrián no era superficial.
—Entonces no lo hagamos pasajero —respondió con calma.
—¿Eso significa…?
Ella asintió levemente.
—Significa que podemos intentarlo.
No era una promesa eterna.
No era una declaración dramática.
Era algo más peligroso.
Era real.
Adrián levantó la mano y rozó suavemente su mejilla, como si quisiera memorizar la textura de ese instante. Su pulgar recorrió el borde de su pómulo con una delicadeza que contrastaba con la firmeza que solía proyectar ante el mundo.
—No me gustan las medias tintas, Arithsa.
—A mí tampoco.
El beso que compartieron esa noche fue diferente al primero.
No fue exploratorio ni cauteloso.
No fue un impulso nacido de la tensión acumulada.
Fue una elección.
Sus labios se encontraron con la seguridad de quien sabe que está cruzando un límite consciente. No había prisa, pero tampoco duda. Adrián la sostuvo con firmeza, acercándola a su pecho, y por primera vez ella no sintió la necesidad de mantener una distancia estratégica.
Se permitió apoyarse en él.
Se permitió cerrar los ojos sin pensar en el mañana.
El mundo exterior quedó reducido a respiraciones compartidas y latidos que poco a poco comenzaron a sincronizarse.
Cuando finalmente se separaron, no dijeron nada de inmediato. No hacía falta.
Algo se había establecido entre ellos.
Un acuerdo silencioso.
Una puerta abierta sin garantías.
Esa fue la noche en que comenzaron oficialmente.
Esa fue la noche en que ambos decidieron dejar de observar desde la distancia.
Y en algún punto oscuro de la ciudad, una mirada atenta percibió el cambio.
No hubo reacción inmediata.
No hubo intervención.
Solo una quietud fría… como el aire antes de que llegue el invierno.
Porque cuando dos personas eligen amarse, el destino también comienza a moverse.
Y no siempre lo hace a su favor.